Crónicas de Torsos Huérfanos

Crónicas de Torsos Huérfanos
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10/07/2015

Hoy Carlos Montero en revista RELACIONES de octubre junto al antropólogo francés David Le Breton

RELACIONES/pág 20-3

(RECUADRO)

 

RELACIONES

con David

Le Breton

 

"El mundo es la emanación de un cuerpo que lo penetra. Entre la sensación de las cosas y la sensación de sí mismo se instaura un vaivén. Antes del pensamiento, están los sentidos" advertía David Le Breton en la introducción de su libro El Sabor del mundo: Una antropología de los sentidos (Métailié, 2006). Revista RELACIONES aprovechó su presencia en Montevideo para confrontarlo con los proyectos que -por separado y con la mayor reserva- desarrollan Suiza, Unión Europea y Estados Unidos para simular el funcionamiento del cerebro humano. Se trata de un mapa neuronal y de relaciones sinápticas -versión más compleja que lo hecho con el genoma- que reproduciría informáticamente, en el horizonte de 2025, los procesos de la percepción, razonamiento y reacción, con repercusión desde la computación predictiva hasta experimentos cuestionables bioéticamente de hibridar o sustituir humanos con máquinas. No será simple. Entre otros obstáculos no menores, se deben resolver requerimientos energéticos mayores a los de toda una ciudad para mantener en funcionamiento al cerebro-ordenador.  

Sr. Le Breton, proyectos en curso por más de diez mil millones de dólares para simular informáticamente procesos cerebrales, ¿pueden tener éxito si los potentes ordenadores carecen de un cuerpo con órganos que capten los estímulos como sensaciones, antes de ser transmitidos al cerebro para ser interpretados como percepciones de los sentidos? O sea que les faltaría el efecto sistémico de vaivén de los humanos…

Para mí la simulación del cerebro no será nunca más que un simulacro porque permanentemente nuestro cerebro está en movimiento y está inacabado. Mientras yo le estoy mirando a usted, al mismo tiempo veo el sol, veo la gente, pienso en muchas cosas. Quiere decir que hay una inmensidad de estímulos que atraviesan mi cerebro y que se traducen en movimientos neurológicos que yo no conozco. Realmente, no sé cómo uno podría simular, cómo uno podría traducir la infinidad de cosas que pasan en nuestro cerebro.

En otras palabras, para mí estamos ante una ideología de la información que quiere reducir todo el comportamiento humano a información, olvidando la dimensión del sentido. Para mí la información es absolutamente contradictoria con el sentido; es opuesta al sentido. Porque en el sentido está la ambivalencia y también la polisemia y una cantidad de cosas, mientras que la información es única, es dominable, es controlable. Por el contrario, uno no controla el sentido: nos supera, nos absorbe.

Por lo tanto, pienso que sin duda habrá éxito en una especie de "robotización" ‑entre comillas‑ de lo humano, pero en ningún caso habrá una duplicación de lo humano. Porque, para empezar, nosotros no somos nuestro cerebro, sino lo que nosotros hacemos de nuestro cerebro. Somos lo que hacemos de nuestro cerebro.

Por lo tanto, ¿usted cree que está destinada al fracaso toda esa inversión, así como en el pasado la Lógica quiso reducir las reglas del razonamiento, dejando afuera lo físico y emocional con sus consecuencias sobre lo intelectual?

No habrá fracasos con respecto a los objetivos de los investigadores. Pienso que bien pueden crear un simulacro pero, evidentemente, el simulacro no es la vida (traducción Christine Wilson).


Oooooooooooooooooooooooo


(NOTA CENTRAL)


David Le Breton por Montevideo

"El cuerpo es una abstracción, en realidad

no existe. Somos personas, no cuerpos"

 

La visita a Montevideo del antropólogo David Le Breton, profesor de Ciencias Sociales de la Universidad Marc Bloch de Estrasburgo, le permitió realizar dos exposiciones en el lanzamiento del IX Congreso de la Asociación Psicoanalítica del Uruguay a inicios de setiembre de 2015. En su ponencia sobre Individualización del sentido, personalización del cuerpo, realizó abordajes no exentos de polémica. A su entender, "el cuerpo no es una materialidad sino una proyección" y, en materia de género, "lo natural es un pretexto, es cultural". Este sociólogo, autodefinido "compañero de ruta" de los psicoanalistas, define su tarea como "antropología de los mundos contemporáneos", validando su aporte incluso a áreas como la Comunicación.

 

Por Carlos Montero (*), especial para RELACIONES

 

La Antropología será el ángulo por el cual la Comunicación podrá nutrirse y avanzar para modelar la resonancia entre los humanos de un globo multicultural interpenetrado más que nunca por seres en movimiento (desplazados, migrantes o turistas) y por medios de transporte que nos traen cargas y mensajes cifrados en otros códigos que no son los compartidos por nuestra aldea o comunidades de origen. Llego a esta convicción tras un tercio de siglo de lecturas en la materia, hoy lejos de sus inicios estimulados por la Teoría de la Información que el desarrollo informático fomentó y formateó antes y durante la Segunda Guerra Mundial.

La primera señal fue en los 80 cuando el antropólogo uruguayo Renzo Pi Ugarte, nuestro cálido profe formado en La Sorbonne durante el mayo francés de 1968, nos contaba de "Margarita Mead" –como gustaba llamarla- en la ex sede de la Facultad de Humanidades en la calle Tristán Narvaja. Luego pasó cuando leíamos en la morgue del ex Hospital Pedro Visca -adonde fuimos a dar con nuestras humanidades los desheredados universitarios de Comunicación a inicios de los 90-, a un lingüista como el búlgaro Tzvetan Todorov, quien nos regalaría estudios de profundidad antropológica como "El Problema del otro" o "La Vida en Común", donde permitía descubrir cuánto había perdido la conquista y colonización de la riqueza cultural trascendente de los pueblos que "evangelizó" con la cruz y la espada en América, radiando de su esfuerzo de traducción letrada para el modelo mental europeo, toda la interpretación de las relaciones no verbales de los indígenas con el Cosmos, el medio ambiente y su comunidad, de los cuales se sentían parte inseparable y no "individuos".

Un tercer paso fue haber "descubierto", en la primera década de este milenio, al antropólogo francés David Le Breton con un maravilloso libro que recomendé hasta agotar sus existencias locales ("El Sabor del mundo: una antropología de los sentidos", Ed. Metailié, 2006, París). Ese trabajo por cada uno de los sentidos y la sinestesia, que le llevó quince años, ordenó las lecturas en las que estaba embarcado fragmentariamente en un recorrido propio por autores que guiaran a través de los diversos niveles sistémicos de lo no verbal, hasta llegar a las percepciones que interpretamos por los sentidos y, aún antes, a las sensaciones que provocan los estímulos físicos en nuestros órganos. Cada vez más llevaron a evolucionar desde el concepto de la Comunicación entre individuos -presentes o separados- a la de resonancia entre partes de un universo común en el que se construye la ilusión cultural de otredad.

Hubiera dicho otra década más tarde, antes de cubrir la visita a Montevideo de este catedrático del Laboratorio Culturas y Sociedades en Europa que, la condición humana es el cuerpo, entendido como expresión material orgánica fenotípica y accidental de un genotipo perteneciente a un halogrupo (del cual pueden derivar varias razas) condicionado ambientalmente por un entorno natural dado y por los significados compartidos de quienes lo habitan, allí actúan y se mueven. La capacidad simbólica de la especie nos diferencia de la condición compartida con otros seres vivos -fauna y flora- de la biósfera y del sistema ecosférico llamado Tierra, tan bien definido por Fritjof Capra en la "Web de la Vida", dentro del Cosmos que es un universo-individido, según David Bohm al conciliar filosóficamente la ontología de la Física relativista y la Mecánica Cuántica.

Lejos de la dependencia exacerbada del determinismo que albergan quienes descifraron el mapa del genoma humano y ahora procuran lo mismo con el mapa neuronal del cerebro para reproducirlo informáticamente en su funcionamiento (ver recuadro) -aspirando a reducir la conciencia al cerebro-, la condición humana común se hiperpluscuamsegmenta (¿por qué no decir que hasta se personaliza?) haciendo muy difícil extraer regularidades estocásticas que, como pasa con la Estadística, no están plasmadas en ningún ejemplo concreto de ser humano, y lejos de la probabilidad, se manifiesta por patrones de conducta y modos de organización.

Pero a la conferencia sobre "Individualización del sentido, personalización del cuerpo", con la que la Asociación Psicoanalítica del Uruguay lanzó el sábado 5 de setiembre su IX Congreso de 2016, "EL CUERPO - encrucijadas", en el anfiteatro del edificio José Luis Massera de la Facultad de Ingeniería, llego con la edición recién impresa de RELACIONES de setiembre 2015. Y tomo a beneficio de inventario de su "Tributo a Ezra Heymann", el alerta de no caer en considerar a los humanos como con "capacidades de desempeño para las cuales el mundo es sólo un objeto que está para que dispongamos de él para ser trabajado con nuestras habilidades". El yo no es más "el centro del mundo" donde usar percepciones y memoria para generar experiencias de desempeño y aprendizajes a ser comunicados, según conceptos compartidos con nuestra comunidad para obtener mejor performance, dentro de la sinergia que permite la interacción y el diálogo, como el traslado intergeneracional por medio de sistemas mnemónicos (como la poesía, los archivos manuscritos, impresos o hipermediáticos). La confianza que sustenta nuestra condición humana entonces no radica sólo en nuestro cuerpo y en "nuestras propias fuerzas, sino en que el mundo, aún bruto como es, es el lugar apropiado para nosotros".

Se deriva que la Comunicación no es ya problema de individuos desconectados naturalmente que se conectan artificialmente sino la resonancia en un todo preexistente natural que las redes e Internet imitan artificialmente. Cada ser procesa el mundo con todo su cuerpo y sostiene relaciones intersubjetivas entre conciencias que comparten y difieren en algunos sentidos: lo que hace a la especificidad o diferencias de culturas con tradiciones, costumbres, usos y hábitos, formas de reacción inteligente y de proaccción creativa, con nuestros ciclos o aconteceres físicos, emocionales e intelectuales propios de la materia con que está compuesto nuestro ser, los medios que disponemos para expandir nuestras capacidades ontológicas y el entorno, lo que se traduce en el yo y mi circunstancia, así como en el aquí y ahora. No actuará igual el mismo ser humano formado en culturas del tiempo circular o con el sentido de flecha.

Si Pierre Bourdie exponía en su primera clase en el College de France sobre el rol de la Sociología diciendo que el ser humano no se justifica por si mismo ni aislado, parecía coincidir con Einstein en que estamos "para los demás". Pero si entendiéramos al conjunto de humanos como suma de partes, sería una tautología que nos llevaría a una peripecia sin sentido, lo que para el sabio judío alemán era igual a considerarnos desgraciados que no mereceríamos vivir.

Para David Le Breton, el Otro no sólo nos reconoce, como dice Todorov, sino que nos salva del silencio, o sea de la falta de significado. No juzga los contenidos. Es un relativista cultural. Cree que el humano salva al otro humano con el diálogo, aunque más no sea con el ruido, como los tuaregs, que en el desierto no dejan al prójimo que esté lejos de su tierra a la caída del sol a merced de los esuf, esos vientos que atacan a quien esté sólo, exiliado del diálogo, alienándolo en el mutismo o perdiéndolo en la locura. "Un hombre cae en poder de los esuf si está sólo al atardecer o por la noche, alejado de los suyos, a merced de la tristeza o de la melancolía de un lugar desolado. No hay salvación fuera de compartir palabras con los hombres" dice. Pese a tal convicción, el antropólogo se concentra en los cuerpos que las engendran y las responden.

 

Cuerpo obsolescente cual mercancía

Confrontando el viejo dualismo cartesiano de alma y cuerpo, el cuerpo sustituye al alma en nuestra sociedad secularizada "en un contexto de individualización del sentido y de mercantilización del mundo, no es más el tronco identitario inflexible de una historia personal, sino una forma a reencontrar incansablemente según el gusto de moda. Se cambia su cuerpo para cambiar su existencia", según dijo Le Breton en el anfiteatro de Ingeniería, ateniéndonos a la traducción de  Elena Errandonea. Así el cuerpo pasa a ser "la materia prima de un sentimiento de identidad siempre provisorio, que engancha sus signos por la modalidad de su apariencia". El libre albedrío se limita a "personalizarse" eligiendo entre las góndolas de hipermercados o shoppings "más que poner en práctica o trabajar su existencia".

Para el antropólogo, el repliegue "en el cuerpo y la apariencia es un medio de reducir la incertidumbre" pero, como efecto contrario complementario,  "la obsolescencia de la mercancía es también la del cuerpo", causando que la era "del individualismo desemboca en la individualización del sentido, y más allá, en la individualización del cuerpo. Importa entonces tener un cuerpo en sí, un cuerpo para sí. El sueño es inventar su singularidad personal. El cuerpo ya no determina más la identidad, está a su servicio", haciéndonos como marcas en el mercado para diferenciarnos y subir nuestra cotización.

Se va perdiendo así la "irreductibilidad del cuerpo como herencia de una historia comprometida con los otros, comenzando por los genitores. Las tecnologías contemporáneas dan el sentimiento de un poder de acción simbólica sobre su cuerpo y sus orígenes", dejando de "ver su cuerpo como una raíz identitaria o un destino". Eso lo convierte en accesorio "a modelar según el ambiente del momento". Esto hace que "numerosos contemporáneos devienen los diseñadores de su apariencia y les dan a sus cuerpos un armado acorde a las circunstancias. Se lo personaliza a imagen de otros objetos de lo cotidiano. El cuerpo se disuelve como verdad para transformarse en fórmula manipulable y transitoria. La versión moderna del dualismo difuso de la vida cotidiana opone al hombre a su propio cuerpo y no, como antes, el alma o el espíritu al cuerpo. El cuerpo es una construcción personal susceptible de muchas metamorfosis".

Para Le Breton, el cuerpo "es el lugar siempre insuficiente de un bricolage identitario, de una puesta en escena provisoria de la presencia. Tiene el estatuto de un borrador. Es algo a acabar, a "reapropiarse" como dicen los jóvenes, como si fuera diferente de sí o indigno de interés sin el añadido de una marca propia para tomar posesión. La transformación del cuerpo es en primer lugar una manipulación simbólica del sentimiento de sí, traduce un juego sutil entre lo público y lo privado. Al modo de los artesanos cosméticos  millones de individuos devienen bricoleurs inventivos e incansables de su propio cuerpo. En la sociedad del espectáculo, es necesario imponerse a los otros por su apariencia, salir bien parado, que quede vistoso".

Describiendo el fenómeno, pero negándose a criticarlo, entiende el conferencista que "para numerosos contemporáneos la identidad se disuelve en la pura exterioridad de los signos exhibidos y del estilo de presencia en el mundo en la voluntad de conjurar toda interioridad y de poder controlar lo que se es. El individuo entonces tiende a definirse en función de informaciones que da a ver. Él es lo que muestra, y modifica el sentimiento de sí según sus puestas en escena. El cuerpo deviene la prótesis de un yo en búsqueda de una encarnación provisoria para asegurar una traza significativa de sí".

Como efecto, "la intimidad se borra ante la extimidad" dice citando a Serge Tisseron (L'intimité surexposée, Pluriel, 2001) usando una categoría similar a la de la académica argentino brasileña Paula Sibilia que describía a los primeros blogs (bitácoras personales online) como diarios éxtimos. Ya Le Breton había dicho en 2002 que "sobresignificar su presencia en el mundo es una tarea que exige sin cesar volver a poner al cuerpo en tema en una carrera sin fin para adherir a sí, a una identidad efímera pero esencial en un momento del espacio social" en donde la persona busca en lo físico y en redes ser aprobado ante su vacío interior.

"El primer imperativo lanzado al individuo es volverse sí mismo, es decir saber finalmente elegir correctamente en la tienda de accesorios un producto que le revele a sí mismo. Como si desde la eternidad fuera un encuentro anunciado, pero sometido a su sagacidad en el laberinto de propuestas. No se es más sí mismo por el pulido de sus relaciones con otros y un camino personal, sino alimentándose de sí y por el milagro del hallazgo del producto especial" dijo el autor galo en su ponencia de Montevideo.

No omitió al fisiculturista, metrosexual o body builder (constructor del cuerpo) que erige "límites físicos, los afronta diariamente para una ascesis fundada en los ejercicios repetidos. En un mundo incierto, construye paso a paso una especie de refugio para mantenerse dueño de sí o al menos dar el aspecto de estarlo. Se baña en el fantasía del autoengendramiento. Lleva su cuerpo como una segunda piel, un sobre cuerpo en el que se siente a gusto. Su fuerza es inútil, pero solo importa una estética de la presencia y el sentimiento de estar en concordancia con una imagen interna" de estos hombres que despliegan su cuerpo más que habitarlo. Y, al tiempo que "el cuerpo del hombre se sexualiza, el cuerpo de la mujer se muscula. Los signos tradicionales de lo masculino y lo femenino se intercambian y alimentan un tema andrógino". Transformar el cuerpo se hace bajo la égida de la coacción. Hay que trabajar su cuerpo para alejarse de la insignificancia. Material de una producción deliberada de sí…".

Identidad performativa de género

Cita que "Margaret Mead sobre todo, desde los años veinte, muestra que "hombre" y "mujer" son construcciones sociales, los "géneros" cuyos atributos y roles son infinitamente variables, transmitidos por la socialización, y en ningún caso esencias" (Mead, 1963).  Para Le Breton, "las nociones de "hombre" o de "mujer" no son esencias, se disuelven bajo las ficciones más o menos compartidas que las ponen en escena", aprendidas "en el curso de su infancia por la socialización y su confirmación  releva del juego ordinario de la existencia". De esta forma, "el género construye la inteligibilidad del cuerpo y de los comportamientos en el espacio público. Lo masculino o lo femenino no existen más que a través de las repeticiones como normas de comportamiento y no como absolutos. El género no está aprisionado en el sexo, y por añadidura el sexo es más complicado que una simple polaridad masculino-femenino".

Según el autor, el género deviene "de una decisión propia y de una representación en la escena social apoyada en una cosmética adaptada para producir una identidad de hombre o de mujer, u otra, independientemente de su sexo "biológico" de origen, este último no es más que un pre-texto. La identidad de género, inmersa en el sentimiento de identidad del individuo, es maleable, móvil, múltiple, simple propuesta eventualmente revocable. Todo individuo, con su estilo propio pone teatralmente en escena, con total evidencia y sinceridad, a lo largo del día y del tiempo, los modos de presencia y de comportamientos propios al sentido común de su género. Con excepción de aquellos que se esfuerzan justamente de domesticarlos pues son tránsfugas en busca de credibilidad para sí mismos, venidos del otro sexo o de individuos que se sienten mal en su propia piel y género". Esta frase provocó en la pausa la reacción erizada de alguna académica local que expresó su discrepancia en forma de pregunta, en la segunda parte de la jornada, sobre la omisión del autor acerca de las relaciones de poder vinculadas al género. Le Breton –sin entrar en polémica- lo resolvió, cortándolo como nudo gordiano, con su respuesta: "Yo no soy un director de conciencias, sólo quiero comprender y no denuncio". A su entender, "no existe la naturaleza" y la Biología como la Fisiología "son construcciones culturales".

Quedó flotando en la exposición acerca del cuerpo su visión de que "la identidad performativa de género no es solamente la repetición de un modelo ya dado, sino una improvisación teatral a través de un cañamazo que cada actor se apropia a su antojo desplazándolo según su estilo propio. El género no es más que un recurso, una caja de herramientas a disposición de los individuos. No es una obligación, sino una propuesta al modo de un rol desempeñado por un comediante en la escena teatral". Y se refirió a los transgénero como inventores de "la indiferenciación de los sexos y los géneros en el juego entre los dos sexos o más allá. Subvierten la diferencia", permaneciendo "en el pasaje, el entredós o más bien el entre-toda la liminalidad, son múltiples, cambiantes, nómades de su cuerpo y de su deseo. Viajero de su propio cuerpo, cambian a su antojo de forma y de género, estimulando a su vez el estatuto de objeto de circunstancia de un cuerpo modulable, devenido una pura propuesta a retomar".

De esa forma la gradación se amplía, pues "los transgénero llaman a un tercer género, otros sostienen la posibilidad de una multitud de géneros".  Estos trans reivindican  un "librarse de las categorías preestablecidas socialmente para definirse justamente en lo trans, el pasaje, una transición que no termina más, subvierten los límites del género". Estos son hoy "analizadores de las convenciones sociales en torno a la naturalidad de lo masculino y lo femenino que justificaba la heterosexualidad y la asignación a un cuerpo destino para toda la existencia. Con el sostén de las tecnologías, la producción del cuerpo, aún si no menoscaba en modo alguno el binarismo dominante de lo masculino y lo femenino, ha aflojado el principio, y abre más allá. El cuerpo se construye a partir de una anatomía furtiva y de un nomadismo aun hoy insólito…".

Entre las respuestas fue abordando el mismo concepto de variadas formas: "El cuerpo es una abstracción, en realidad no existe. Somos personas, no cuerpos", por lo que "el hombre y la mujer son una convención social" y "el cuerpo no es una materialidad sino una proyección", pero "si alguien quiere vivir un cuerpo inédito, debemos protegerlo". En definitiva, concluyó Le Breton, "para mi lo natural es un pretexto, es cultural".


(*) Carlos Montero es Licenciado en Ciencias de la Comunicación (UDELAR) con diplomado del Instituto Tecnológico de Monterrey (México), corresponsal internacional y escritor
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Carlos Daniel Montero Gaguine (corresponsal Mercosur)
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