Crónicas de Torsos Huérfanos

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2/08/2011

La evolución del fuego desde la cueva (al asalto de ayer a un supermercado) por Carlos Montero

La evolución del fuego desde la cueva al asalto a un supermercado
 
ADVERTENCIA: COMER MANZANAS

ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD

por Carlos Montero, (lunes, 7 de febrero)

 

Dicen que a las armas de fuego las carga el Diablo, a diferencia de las armas blancas… que siempre están cargadas. La experiencia personal con disparos –salvo por dos balas que sonaron hoy tras mis omóplatos- parte de una aversión cuasi genética. Desde niño me negué a alzar alguna de las armas de caza de Carlos Montero (ni el de CNN ni yo, sino mi único tío) para su frustración. Y una sola vez acepté disparar un cargador entero de pistola 22 milímetros (negué probar con la de 9 mm) en el polígono de tiro del Comando del Ejército. Con todas las medidas de seguridad y tras varias amables negativas acepté la "prenda de paz" que nos ofrecían los oficiales, tras un almuerzo con los medios de comunicación ya recuperada la democracia. Guardo la foto (con ojo cerrado y auriculares que protegían los oidos del estruendo) de una de las seis veces en que jalé aquel gatillo.

El ser humano dominó el fuego para emular en parte la iluminación solar, extendiendo a la noche la información visible del entorno. Primero lo descubrió causado por la naturaleza (rayo que cae sobre el árbol), luego inventó las tecnologías primitivas para conservarlo (guardias y sacerdotes que custodiaban que la llama controlada se mantuviera encendida o pasara de tea a tea), más tarde para provocarlo (chispa de piedra contra piedra, efecto lupa de la luz natural atravesando cristales sobre la hojarasca y hasta con agua reflejando al sol). Prometeo le robó el fuego a los dioses, el conocimiento del bien y del mal, busca científica de hallar o difundir cómo funcionan las cosas y secreto del ansioso de poder sobre su transformación.

De ser un método (1) para iluminar (quieto desde el fogón en la caverna o móvil para alumbrar el camino) pasó a ser una forma (2) de calentar (cuerpos para enfrentar al frío o carne animal para hacerla digerible), se transforma en (3) un sistema para defenderse (alejar peligro de animales), (4) un arma para atacar y (5) un sistema para enviar mensajes a distancia. Hernán Cortes quemó sus propias naves para decirle a los suyos que no había otra opción que avanzar sobre los aztecas y ya era imposible volver, el incendio de lo conquistado como mensaje para infundir temor al siguiente enemigo (como Atila o Tamerlán), la quema del propio hogar por el que se fuga para que no sea ganancia de los saqueadores (táctica de los orientales al sumarse en 1811 al Exodo) o señales con fuego que se prendía, tapaba o apagaba por el mismo Artigas desde el Cerro Pan de Azúcar para alertar a los españoles que la armada inglesa ya había salido de su cuartel en Maldonado por agua e iba camino a sitiar Montevideo.

Del uso de fuego extendido como arma, la tecnología evolucionará al arma de fuego concentrado 

Si piedras, lanzas y finalmente flechas fueron armas blancas de proyección, no hay que ser Sun Tzu para asumir que el humano llegó temprano a la conclusión futbolística de que "la mejor defensa es un ataque" y que el disparo a distancia ahorra vidas (de los nuestros). Catapultas y flechas encendidas sirvieron para lanzar fuego al lado interno de murallas sitiadas, sin olvidar que fogones a leña sirvieron a los civiles para poner hirviendo al agua y vertírsela desde los tejados a los atacantes, como sucedió en Buenos Aires durante las invasiones inglesas. La proyección de las balas (desde las de cañón militar, arcabuces, escopetas o revólveres de vaquero de western) multiplicaron el valor de la pólvora de origen chino, que dejó de ser tan artística para fuegos artificiales y sirvió de cañitas voladoras tierra-aire-tierra, desde los U2 hasta los misiles o la bomba nuclear desde el Enola Gay. Ni hablemos de granadas de fragmentación, minas antipersonas, lanzallamas o proyectiles que se expanden al atravesar la piel de la víctima.

Por la corrida general de consumidores esta mañana, mientras bajaba la escalera de salida del supermercado Disco, me doy cuenta que las dos bombas brasileñas -que sonaron desde mi espalda- eran balazos. No me dio el tiempo para silogismos y actué por analogía, recordando la máxima de Huckleberry Hound: "huyamos hacia la derecha". Apelando a la mímesis, que ha servido como método de aprendizaje y de supervivencia para la Humanidad, corrí hasta dar vuelta la esquina en donde se refugian vecinos, vendedores ambulantes y hasta cajeros del supermercado, que habían salido a fumar a la calle durante su media hora de descanso. Nos enteran ahí que 4 bandoleros, en dos motonetas, habían herido a un remesero del cambio de moneda extranjera ubicado en el supermercado sito en la esquina de casa.

Como en rápido trailer, el subconsciente proyecta en mi mente recuerdos, con forma de imágenes, de las veces en que me topé con las armas:

-un chofer de Cutcsa, en atención psiquiátrica por la pérdida de su esposa, apunta con un revolver a las costillas de mi padre, mientras este me tenía en brazos. Era tarde en la noche y esperábamos el ómnibus en el largador debajo del Viaducto de Paso Molino. Yo venía de  correr al inefable Fosforito atrás del tablado de carnaval del Bella Vista (el club) ubicado en donde está el monumento a La Diligencia. "O sube usted o subo yo" le dijo aquella voz que no olvidaré. Ni discutimos, que subiera él. Tomamos un taxi hasta la comisaría, donde los agentes salieron a buscar el ómnibus, bajarlo y detenerlo.

-dos años después estudiaba en la esquina de Médanos (Javier Barrios Amorin) y San José, cuando a media cuadra del Instituto Anglo un comando tupamaro asesinaba al ex subsecretario del Interior, Armando Acosta y Lara, acusado de alentar a los escuadrones de la muerte

-espero de noche el ómnibus para volver de Mercedes y Río Negro a mi hogar. De golpe una luz como de fulminante se nota en la planta baja vidriada del entonces Ministerio de Transporte. Un guardia de seguridad se había dormido sentado y al caer su mano rendida accionó su revolver sin seguro que se disparó contra el piso, provocando la chispa que vi desde la parada. Susto el mío y mayor susto el del feo durmiente.

-en un ómnibus urbano de Rio de Janeiro, desde el céntrico barrio de Tijuca (no la barra) al turístico Copacabana donde estaba mi apartamento, hace 20 años me rodean tres ladronzuelos y uno sentado al lado me apunta en la cintura, ocultando su arma bajo la remera (por la sensibilidad era el caño de pistola, pero no pidan que diga si era cuchilla o canilla pues entonces mi portugués era muy malo para preguntar

-en cobertura periodística había estado dos veces en los alzamientos de 1987 y 1990 contra el gobierno argentino. Recuerdo llegar en Alíscafos a la dársena norte en manos de los leales (con un pañuelo blanco) que se enfrentaban ante comandos Albatros. Luego avanzamos hasta Casa Rosada por Paseo Colón, ocultándonos como los policías detrás de las gruesas columnas, pues los carapintadas disparaban desde el Edificio Libertador (sede del Ejército) a los soldados que querían asaltarlos.

-En la ancha Alameda de Santiago, en 1989, tuvimos que cruzar durante el enfrentamiento con disparos entre activistas del izquierdista MIR –habían puesto barricadas en la principal avenida chilena- y la represión desde los guanacos (como se llama allí a los roperos lanza agua). Nos dejaban salida sólo hacia Paseo de la Ahumada, peatonal donde nos gasearon (no se salvó ni un ciego con su puesto) y nos esperaban los pacos con sus palitos (carabineros con bastones de reglamento)

-En Perú, los sinchis (fuerzas antiterroristas) con sus pasamontañas y tartamudas nos vigilaban a cada paso en Lima, adonde Sendero Luminoso empezó a concentrar sus acciones de alto impacto a principios de los 90, cuando Fujimori gana la elección a Mario Vargas Llosa y suple a Alan García. De noche estoy en el Campo de Marte cuando una bomba voló el muro perimetral de la embajada de EEUU.

-Cada vez que atravieso el portal del shopping, recuerdo los disparos en la represión de la última (supuesta) rebelión en la Cárcel de Punta Carretas, a mediados de los 80. Mataron a dos presos y la versión era que fueron rematados ya rendidos en el piso. Las mujeres de reclusos golpeaban furiosas a la guardia de choque que las alejaba de la entrada y adonde nos dejaron entrar para tener la versión ministerial de que la cárcel se evacuaría momentáneamente para reparaciones. Nunca más. Se hizo un concurso y se pagó premios a las mejores ideas, que jamás se concretaron. El shopping y un hotel 5 estrellas rimaban mejor con el barrio, que en época colonial era zona de lavanderas en La Estanzuela.

-Una madrugada entera nos pasamos en mi subsecretaría de Redacción del diario, para ganarle a la competencia la confirmación de la posible renuncia del ministro de Defensa Nacional, Mariano Brito, durante un llamado a sala parlamentario (interpelación). Mantuve a un compañero de cada sección de La República para cerrar la edición, mientras los gráficos esperaban para imprimir. Felices por confirmar la primicia, invité a desayunar a los cinco sobrevivientes al conocido bar "Los Pipi". Sentados, mientras esperábamos entre lagañas que nos trajeran el pedido y comentábamos el 'scoop' (anglicismo para primicia) atraviesa el mozo el vacío salón e increpa: "¡Yo no puedo creer que tengo a 5 periodistas en el restaurante que no se dieron cuenta que nos acaban de asaltar y me pegaron con la culata de revólver en la cabeza!". Es verdad que vimos entrar a dos motonetistas con casco que se fueron rápido luego en una moto. Pero a los únicos comensales no nos robaron. En ese caso, el arma de fuego se convirtió en arma blanca contra el querido mozo para no hacer ruido. Las páginas policiales se hicieron la astilla con nosotros.

 

¡Fuego! Ordena el capitán del pelotón de fusilamiento, luego de ordenar a sus subordinados "¡dénle fuego!" para que el condenado en capilla fume su último cigarro. Salvo en las chanzas, nadie confunde la orden sino que interpretamos los tonos distintos. ¿Por qué les llaman armas de fuego? Será pues portan "cápsulas de humo de un fusil" dirá Eduardo Darnauchans. Quizás por ahí debe estar la razón de que los asaltantes usen el latiguillo "si no me das la guita, te quemo" y el elegido de la (mala) suerte no se imagina que se estén refiriendo a la hoguera que terminó con la vida de Juana de Arco por brujería, aunque hoy se la considere santa. Yo simplemente obedecí el consejo médico: fui al supermercado a comprar manzana verde y una Coca Zero, pero me podrían haber matado "sin comerla ni beberla". Por eso, aunque sean centro de mi dieta en esta licencia, abandonaré el fruto del conocimiento del bien y del mal pues, desde el jardín del Edén, ha sido perjudicial para la salud.

 

Vuestro amigo,

Carlos Montero



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Carlos Daniel Montero Gaguine
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