Crónicas de Torsos Huérfanos

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9/04/2010

ESCALERAS, ASCENSORES Y ABISMOS (p/Carlos Montero en revista RELACIONES de octubre)

Del homo erectus, al hombre vertical, a los seres voladores

 

La conquista del punto de vista más alto inició lucha por el poder de previsión

 

ESCALERAS, ASCENSORES Y ABISMOS

por Carlos Montero (*) nota III de LA LUZ, EL MEDIO TOTAL

 

Del homo erectus, al hombre vertical, a los seres voladores

 

 

Dos borrachos caminaban de noche a gachas en fila india, entre las vías del tren, mientras sudor vaporoso de vagoneta manaba de sus poros como señal de humo que sólo alertaría a los durmientes echados.

-"¡Qué escalera tan larga!" exclama el beodo que iba atrás.

Mientras se tomaba de la dolorida cintura, su compañero retrucó jadeante: "no me molesta tanto la extensión, sino lo bajos que están los pasamanos".

 

Desde que supera a los homínidos de pose cuadrúpeda con mirada a ras o más cercana al piso, los ojos dominan la postura del bípedo semoviente luego parlante (homo erectus), que asume el desafío de desplazarse con menos apoyo por una topografía irregular riesgosa. No era sólo el reto de la montaña pues no había horizontalidad siquiera en el piso del valle sino, en el mejor caso, sinuosidades sobre suelos variables. La adaptación mental a vivir uno sobre otro (del hombre vertical) -por la economía de extender hacia arriba las ciudades para ahorrar servicios públicos y reducir distancias del transporte- conlleva como herramienta logística a las escaleras. Esta técnica con varias generaciones tecnológicas impacta originalmente en nuestros cuerpos al patronizar (luego igualar), en escalones, los pasos cambiantes a dar por los senderos abiertos en la pendiente. En más, podrá subirse por hábito en un terreno normalizado, dedicando el foco de la atención a mejor destino. Desde una cuesta, el órgano -estimulado por lo que deja ver la luz y estimulando a su vez sentidos en el cerebro- busca mayor profundidad de campo desde un punto de vista más alto o con menos obstáculos. Los medios para dominar la altura serán la liana como versión de un hilo en zona boscosa, loma o rampa en área escarpada, escalera de asalto o puente móvil ante las murallas, ascensor, montacargas y escalera mecánica, aerosilla o funicular hacia o entre cerros, avión, satélite y nave espacial, que  jalonan estadios genealógicos de adaptación a su función: ¡facilitar el ascenso y descenso con menos esfuerzo, aunque genere otros peligros!

 

Para dominar el miedo subjetivo (vértigo) o el riesgo objetivo (abismo), el humano dará a las escaleras diferentes diseños (vertical, inclinada y caracol) en versiones fijas o con diferentes grados de portabilidad. Y las complementará con técnicas para marcar límites o aferrarse ante el riesgo de caída desde peñascos, miradores, terrazas y balcones. Con las barandas el humano se mantiene erecto apoyándose a nivel de la cadera, a la vez que libera la vista del medio tecnológico (la escalera) para observar el medio ambiente (entorno). En la variante del pasamanos -al mismo nivel del escalón como la escalera del pintor y albañil- el humano se moviliza con soltura hoy en una postura cuadrúpeda igual a la de los primates aunque no lo advierta pues sigue un sendero vertical, como creían nuestros borrachos del inicio. La pose la reproducen los alpinistas y escaladores urbanos, cual el famoso spiderman francés que enfrenta su terror a las alturas (y parálisis de partes de su cuerpo) trepando sin permiso los edificios más altos del mundo, para terror de los agentes de seguridad y solaz de las cadenas de televisión: ¡La caída y muerte siguen siendo un show rentable desde el circo romano, al circo de carpa, al circo multimediático, siempre que sea desmovilizador y no tome el sentido político que motivó la censura de la emisión del 11-S!

 

Meterse en las entrañas de la tierra hasta la caverna horadada por el agua en la piedra, las  catacumbas de las que sacaban el material de construcción para Roma (donde se escondían los cristianos huyendo de la persecución fundacional), los túneles afganos o abrir galerías hacia las minas, garantizó la supervivencia física y económica de unos, a la vez que las puso en riesgo para otros, como los 33 mineros chilenos atrapados a 700 metros de profundidad a los que bajaron un teléfono (citófono) y una cámara antes que la comida. El uso de esas voces e imágenes rozó un Gran Hermano. Subir la montaña hasta la cueva a imitación del nido de las grandes aves de rapiña, trepar los árboles y mimetizarse con el bosque cual los hiperbóreos (conocidos luego como celtas); ascender de la playa a la polis y -cuando venía el ataque- refugiarse en la acrópolis helénica, el atalaya del fuerte, el mirador del vigía, torres que admiré como la Het Belfort que domina Brujas tras 366 escalones erigidos desde 1240 o campanarios, castillos, palacios y rascacielos. Las batallas más encarnizadas fueron por la altura, como la termal Montecatini desde los Médici hasta los aliados en la Segunda Guerra Mundial. Descubrimos que se potencia el alcance del ojo si conquistamos el punto de vista más alto para ganar poder de anticipación (de ver, se pasa a pre-ver para pre-venir) y proyección hacia abajo (lanzar piedras, flechas o balas de cañón). No en vano esta bahía fue elegida por los hispánicos para instalar Montevideo desde 1724:  el Cerro les permitirá controlar y defenderla del enemigo terrestre portugués o naval inglés. ¡Ni es casual que, en la Guerra Grande, Oribe ubicara las baterías sitiadoras en el Cerrito!

 

Piedra angular del filósofo Paul Virilio es que toda tecnología conlleva su accidente. Como caballo de Troya, el regalo trae escondidos a sus enemigos. La escalera agrega a la caída –accidente ya posible en la loma- los dientes sólidos de escalones que no admiten rodar sino cortes o traumatismos abruptos. La escalera mecánica agrega, a los otros dos accidentes, el del sedentarismo como involución para el cuerpo. El ascensor suma la posible caída al abismo. Virilio destaca la revolución postural "porque la escalera, en arquitectura, es la gran revolución", pues "te trabaja el cuerpo como un profesor de ballet". Pregunta "¿por qué la arquitectura entró en decadencia? Porque abandonó la escalera por la escalera mecánica y el ascensor; todo lo que nos queda es el suelo, todo es liso" por la vertical abismal en un rascacielos al cual uno sube manteniéndose horizontal, pues horizontales permanecemos en el ascensor (aunque sea vertical) o la escalera mecánica (aún inclinada). ¡La diferencia de la escalera tradicional o de caracol es que ejercita hacia arriba y abajo!

 

LA ESCALERA TRADICIONAL

 

El arquitecto francés Jean Nouvel mantuvo extensas charlas ("Los Objetos Singulares: Arquitectura y Filosofía", FCE 2006) con ese prestidigitador de la reflexión comunicacional que fue Jean Baudrillard. Enfatizaba –como Virilio con la dromología- "nociones tales como la de desplazamiento, la de velocidad, la de memoria en relación con un recorrido impuesto o con un recorrido conocido, (que) nos permiten componer un espacio arquitectónico, no sólo a partir de aquello que se ve, sino a partir de aquello que se memoriza en una sucesión de secuencias que se encadenan sensitivamente. Y a partir de allí hay contrastes entre lo que se crea y lo que estaba presente en el origen en la percepción del espacio". O sea que no vemos ingenuamente un espacio recién construido sino que conservamos mentalmente su historia, si ya lo conocíamos. Para mi el Shopping Center estará siempre arruinando las rampas para saltos mortales en skate del Parque Fermín Ferreira, pero para mi abuelo habrá mejorado el predio del antiguo leprosario homónimo cuya entrada nadie deseaba escalar. ¡Quizás, para nuestros nietos, multiplicará las torres del World Trade Center como tapia que arruine la profundidad de campo -vía el punto de fuga al horizonte- sobre el Yacht Club de Buceo!

 

Visto su reto, en la memoria sensible empecé a recapitular espacios y recorridos escalados desde que nací en el muy obrero barrio de La Teja, nombre que viene de la cobertura del techo inglés que trajo el industrial Samuel Lafone. Vivíamos en Ameghino, a cinco cuadras de mi jardinera en la escuela Washington Beltrán esquinada con la fábrica Bao, sobre la avenida Carlos María Ramírez, a mitad de camino entre el Cerro y Belvedere. Accedía con mis padres -por una escalera de bloques pintados a la cal- a uno de los apartamentitos humildes pero dignos que bordeaban cantero mediante a un largo corredor sin techo. Aún huelo el aroma a gas lacrimógeno luego de subir apurados la escalinata del 546, para cruzar en ómnibus una protesta obrera reprimida a fin de los 60. ¡Lloraba, pero no de emoción!

 

El inicio de primer año, tras el divorcio, nos lleva a vivir en la casa de la abuela materna en la calle Carlos de la Vega, que estaba unida sin tener que cruzar aceras, a una cuadra de la escuela del Parque Bellán, con salida hacia la avenida Agraciada por el otro lado. Mientras estudié alli seis años, dos hechos quedaron marcados: la mordedura durante saltos de recreo por el perro de un vecino (gracias al cual me inyectaron por precaución once vacunas antirábicas, pues éste escondió a su querido can) y el aciago día en que otro perro callejero hidrofóbico bloqueó la salida en la escalera escolar hasta ser sacrificado.¡Obvio que no salí!

 

Salvé una niñez plagada de negligencias temerarias en juegos y colegio. Suma la memoria rampas del club Olimpia hacia vestuarios y piscina de Colón; carreras precipitadas por los escalones calados del templo Calvario o hacer tobogán en el pasamano de las escaleras de mármol del Instituto Anglo entre los niveles 'Children' que hacíamos filas. El día en que mataron, a pocos metros, al entonces viceministro del Interior Armando Acosta y Lara, nos evacuaron por la escalinata de Médanos. ¡Bajábamos al pantano por una década y media!

 

En aquella casa antigua -en donde mis bisabuelos rodeslíes Levy y Meriam tuvieron a sus tres hijos o abuela Reveca crió a mi madre y tía tras la muerte temprana del abuelo Moisés- teníamos dos claraboyas, azotea y sótano, que los militares vendrían a inspeccionar, ametralladora en mano, durante la dictadura. Mi cama ocultaba la tapa de la entrada a la escalera que bajaba hasta el sótano. ¡Así que arriba, de pijamita, sin protestar ni entender!

 

También sobrevivía un altillo (buhardilla) adonde los dos tíos abuelos de solteros escalaban para refugiarse de su barullenta familia sefaradí. No era sólo leer un libro, sino el estar cobijado por tomos casi cual el borgiano libro de la arena. ¡Malacostumbre que me legaron!

 

Ellos subían esa escalera de material con baranda de hierro para escribir en cuadernos sus sueños y viajes, o redactar comentarios de films que luego publicaban en "Cine, Radio, Actualidad", revista adonde en los 30 se inició Homero Alsina Thevenet de pantalón corto. Isaac firmaba como 'An Old Friend'. Alberto (Abraham) ¡'el hermanito de An Old Friend'!

 

En sentido inverso, mis sueños se precipitaban por esa escalera con la repetición periódica de la misma pesadilla durante más de media década. Hasta que nos mudamos, cada pocas semanas, de abajo veía caer mi cama chica del antiguo hogar desde el altillo hasta la planta baja de la nueva casa. No había que ser Freud para interpretar que había un mundo que se derrumbó al mudarnos. Despertaba ahogado -justo antes de estrellarme- por el vértigo de sentir que no sólo miraba sino que ¡venía adentro del bólido en picado sobre escalones!

 

Cuando en el Año del Sesquicentenario (1975) se venía la libre tasación de alquileres, una familia ya feriante salió a buscar una casa accesible para comprar y dejar de ser inquilinos. La emigración liberaba casas en barrios impensables como Buceo, pues los urgidos por irse venden como hereje necesitado que escapa de la hoguera y quema sus bienes. Abuela sólo fijó un criterio: no comprar casa con escalera, ni adentro ni afuera. No era por mis sueños, sino con sapiencia pensaba en su vejez ¡o en apagones, aunque hubiera dos ascensores!

 

En el viejo liceo Rodó estudiamos mi abuelo paterno y yo con medio siglo de distancia, entre la dictadura gestada en el Cuartel Centenario (en marzo de 1933) y la dictadura gestada en el comando de Boiso Lanza (el febrero amargo de 1973) combinada al Batallón Florida, en donde operaban los uniformados que ascendieron las escalinatas del Palacio Legislativo en la mañana del 27 de junio, luego que en la madrugada anterior los senadores las habían bajado. ¡Pero se cumplió la norma de que todo lo que sube baja… o es bajado!

 

En el concurso televisivo "El Tren del Saber" ganamos viajes de AFE para llevar a la clase liceal hasta Piriápolis sobre la escalera horizontal del ferrocarril. En invierno y con viento, que no hubiera permitido utilizar la aerosilla aunque hubiera estado habilitada, decidimos escalar el cerro San Antonio –traviesos campo traviesa- surfeando resbaladizo canto rodado y no por la ruta asfaltada que envuelve la falda. Caminamos la ladera pedregosa siguiendo las columnas de esa aerosilla. Más nos hubiera valido subir el Cerro Pan de Azúcar que tiene escalera hasta su cruz. ¡No importa tanto la altura, sino los medios para vencerla!

 

Hoy aquel espacio de estudio se transformó en un párking. Ya en 1979 caía en forma profética el polvillo de escaleras malpintadas. Luego se precipitaron trozos de mampostería dentro de la clase, que casi dieron en la cabeza del profesor de Matemáticas. Al final del siguiente año, poco después del plebiscito de 1980 que marcó el punto desde el cual el régimen de facto empezó a bajar la cuesta, Secundaria anunció el cierre. Hubo que recorrer escaleras y rampas del Dámaso Larrañaga o el IBO Batlle y Ordóñez. ¡Fin al bachillerato!

 

ASCENSORES

 

La educación fue la escalera que permitió el ascenso social de los orientales hijos de inmigrantes. Atestiguan la Historia las escalinatas del Palacio Legislativo, del Estadio Centenario y la Universidad de la República, conectadas para quien hacía mérito en unas para llegar a las otras. Estaba también el ascensor panorámico hasta la cúspide del palacio municipal de Montevideo, evitando una carrera de interminables escalones como la de la maratón anual para subir al Empire State. ¡Cuántos buscan subir a la tumba de los cracks!

 

Para los que no encontraban espacio para realizarse y practicar sus capacidades dentro de su patria, la capacitación era como las escaleras de Leonardo Da Vinci que llevaban a ningún lado en el Palacio de Amboise, descanso del rey de Francia. Para otros la metáfora de la vida rutinaria era la de la escalera de caracol, puesta de moda como acceso a torretas de las catedrales, sin saber los obispos que eran símbolo plantado por sus albañiles constructores masones; que representaban la existencia humana material circunvalando un eje central inmaterial sagrado. De un punto de vista práctico, este diseño evitaba el pánico de la altura y reducía el perjuicio si se producía una caída. Sin más vuelta, la alternativa de decenas de miles fue subir la rampa hacia barcos o escalerilla de aviones. "¡Me voy, quiero triunfar en mi país!" rezaba el irónico comic del diario Clarín que hacía reir en la época verde en que bajaban marcianos de escalerillas de OVNIs, color dólar por las nubes triplicándose con la tablita quebrada. ¡No fue gracioso recordarlo al hacer las maletas para seguir carrera afuera!

 

Escaleras que me hicieron mal y sin embargo las quiero. Los escalones se cruzan mientras escucho escalas de Led Zeppelin en su "Escalera al cielo" y repaso tres décadas de viaje. La del Cristo Redentor adonde subimos en Rio de Janeiro apenas nos conocimos (que hoy es mecánica), la escalinata del Palais de Justice en la isla fundacional de París, 1.789 escalones de la Tour Eiffel que subimos en ascensor hasta el segundo nivel, la escalinata extenuante del romano Palacio Venecia que usaba el Duce o las escaleras mecánicas londinenses casi paradas de varios pisos hasta el Underground. La recreación de la huída de la multitud en 1905 por las escaleras de Odesa, mientras la acribillaban las ametralladoras refrigeradas a agua del zar, nos deja congelados y al cine revolucionado. También los maravillosos nueve ascensores de chapa de Valparaíso o el cuadrado elevador hasta el muelle de Salvador muestra al hombre integrándose al paisaje. La nieve no pudo enfriar la pasión en el restaurante giratorio del Cerro Otto ni en sus funiculares para dos con una pesa que reduce el bamboleo por el viento. Las escaleras de los museos vaticanos hasta la mismísima Capilla Sixtina, las que subían entre mazmorras en Venecia hasta el Puente de los Suspiros, los pasadizos ascendente y descendente en 'caleyicas' de Rodas o, desde la Playa de la Buena Ribera a la suiza Plaza Milán, ¡sudar aceras cuasiparadas en Lausanna detrás de las manifestaciones antiglobales de tutti-neri contra la cumbre del G-8 de Evian!.

 

ESTACIONES Y CAIDAS

 

Cargado con 39 kilos de papeles en la maleta gigante con ruedas, que me acompañó en la última gira por diez países europeos, varias veces me costó encontrar lugar seguro para llevar bien afirmado el equipaje en las escaleras mecánicas. Casi me caí bajando en la parisina Gare du Nord rumbo a tomar el Eurostar, mientras que otra vez ella me tuvo que sostener por la espalda para que no cayéramos ambos en la estación central de Amsterdam mientras subíamos contrareloj hasta el andén que nos llevaría en tres horas hasta la estación Bruselas-Midi. Todo no había pasado de anécdotas hasta que el tour de force llegó al extremo este en Varsovia y ya había vuelto a Alemania, haciendo parada en la Zoo Garden Station de Berlín, a espera de embarcar rumbo a Holanda, donde me esperaban en Radio Nederland para hacer el análisis del efecto en América Latina del triunfo de George Walker Bush como presidente de EEUU. Más hubiera valido caminar, haciendo honor al segundo nombre del hijo de la familia real estadounidense. ¡Su ascenso coincidió con mi caída, en la ciudad donde acababan de estrenar en cine el film "El Hundimiento" o "La Caída" nazi!

 

Tras transmitir desde un cybercafé prusiano la crónica sobre los actos en homenaje a los muertos, del 1 y 2 de noviembre en Polonia, que había escrito en las 5 horas de tren, volví a la estación del barrio del zoo berlinés casi en la céntrica Ku'Damm, cerca de donde efigies gigantes en tercera dimensión de dos elefantes flanquean la entrada principal de la exposición de fauna. El error de principiante de poner delante la gigante maleta, malestacionada entre dos escalones de la escalera mecánica, se sumó a la poca libertad de movimiento que me producía llevar en el hombro una notebook de casi dos kilos que, por salvarla, terminó con mi esmirriada humanidad cabeza abajo mientras ésta seguía subiendo. Una quíntuple fractura fue el resultado de un largo proceso de deconstrucción, cinco tornillos y dos clavos incorporados como prótesis de por vida y una recuperación cuesta arriba que pasó por todas las muletas, bastones, yesos y férulas imaginables. Esas prótesis parecían zancos no sólo al subir una escalera sino apenas el cordón de la vereda. Desde la primera escalera mecánica en Angenscheidt, adonde jugaba en los 70, hasta las espaciales de la Terminal 1 del Charles de Gaulle -renovado por Miterrand- jamás hice tal burrada. ¡El día que dejé el bastón, un año exacto después, fui derecho a subir una escalera mecánica!

 

Desde su primer vida nómade -recolectora, cazadora y pescadora- hasta su creciente sedentarización –con el cultivo y las ciudades- hasta la vuelta a recorrer el planeta –en busca de un mejor ecosistema natural, para extender el imperio de una civilización, por misión, aventura, investigación, turismo, emigración, desplazamiento o refugio-, los humanos debieron aprender a subir y bajar alturas a pie, en animales o transportes rodantes, usando cuerdas, escalando con hacha o girando hacia la luz de faros por  escaleras de caracol, excavadas o sobresalientes, usando ascensores mecánicos, eléctricos o inteligentes. La escalera mecánica restó ejercicio al ser contemporáneo y es compatible con el reto de los rascacielos o los subterráneos, descenso de varios círculos del infierno como la cueva de muchas bocas en que se transforma Châtelet-Les Halles para embocarle a la salida más cercana del Metro para llegar al Museo del Louvre. Sin embargo, es allí en París en donde, desde mitad de los 60, ¡la rampa artificial resucita el favor de los arquitectos por la loma de ascenso gradual contra la vida de subida y caída vertical a que obliga escalera o ascensor!

 

El francés Paul Virilio fue uno de los arquitectos movilizados en el mayo de 1968. Dos años antes, en Architecture Principe, fundamentó la función oblícua, que se "basaba en los planos inclinados y no en los verticales" al decir de Sylvere Lotringer, quien le entrevista ("Amanecer Crepuscular", 2003, FCE), sobre su "una nueva forma psicofísica de arquitectura" mediante renovar las bases de la disciplina, pasando "de la estabilidad y el equilibrio, que favorecen la pasividad y el sedentarismo. Por el contrario, el grupo recomendaba al arquitecto cultivar el desequilibrio y la fluctuación para aumentar la movilidad humana". Para el urbanista, la verticalidad "es el colmo del artificio": "la idea del rascacielos: es Babel, la gran catástrofe", citando a Le Corbusier en que "Nueva York es una catástrofe en cámara lenta" y por eso en su generación del 68 "nos oponíamos sistemáticamente a la Torre. La Torre es una aberración, mida dos mil metros de alto o doscientos". No recarga el suelo, "pero a menos que tengamos hombres voladores, no hay comunicación" directa. Así, dentro de "un mundo cada vez más invadido por vehículos dinámicos", ¡otra vez se impone el "poner el cuerpo en movimiento" cuanto antes!

 

Contra aquel "hombre vertical" se opone Virilio, quien en 2004 publica "Ciudad Pánico" (en 2006 llega al castellano gracias a Editorial El Zorzal, cuyos extremos resumimos en revista Relaciones: "De la Polis a la Teratópolis"). Recapitula el entrevistador que reducir "el movimiento del cuerpo" llevó a una crisis y hasta una mutación de nuestra especie. Las "nuevas habitaciones oblícuas de la metaciudad postindustrial debían ser pensadas para poner obstáculos ante sus usuarios, como rampas y planos inclinados a distintos grados, con el objeto de obligarlos a moverse". Se debe restaurar la motricidad en el ámbito doméstico y "liberar al cuerpo de las múltiples prótesis, del automóvil al ascensor". Para él podemos no ser más discapacitados motorizados y hasta llegar a inventar "una nueva sociedad", aunque la biotecnología insista –en sentido contrario- con convertir la ciencia prometeica (que robaba el fuego del conocimiento a los dioses) en ciencia fáustica (que pacta con el diablo en busca de eterna juventud) ¡trepando o saltando escalones al manipular la escalera torneada con que se representa el modelo de genoma humano decodificado del ADN!

 

Virilio considera a Nueva York "la culminación del segundo orden urbano" rumbo a un tercer orden fluyente que incluya "la circulación mecánica con la pedestre, movilizando el hábitat mediante la apertura de espacios de transferencia". Alli el piso horizontal es "mueble e inmueble. Es a la vez móvil y estacionario. El piso es la superficie que contiene toda la vida de la casa: los conductos, los muebles, incluso la televisión. Porque la televisión es un objeto que se mira entre las piernas, en el cual uno se sumerge, como una pileta o un acuario. Ahí, como en la realidad planetaria, el suelo contiene la vida". En la funcion oblicua, "la estructura es autoportante, lo cual quiere decir que no hay otra cosa más que suelo. La estructura está en todas partes. Hay una multiplicación de superficies y, a la vez, la posibilidad de intercomunicación. Además estas superficies inclinadas son muy buenas para la energía solar. La energía solar funciona con ángulos". Se aprovechan incluso las paredes, al romper con el ángulo recto, ¡recuperando el ángulo inclinado como la loma!

 

Pero no caigamos en la novelería, parece invitar a parafrasear cacofónicamente Nouvel al advertirnos que "una de las grandes dificultades de la arquitectura es que debe a a la vez existir y rápidamente ser olvidada. Es decir, que todo espacio vivido no ha sido hecho para ser contemplado en forma permanente". La misma construcción es escultura como arte, monolito artesanal, símbolo de status para ser visto, punto de vista desde el que mirar, oficina y casa para refugiarse e invisibilizarse. El pent-house es su versión de lujo, balcón de casa o apartamento para clase media-alta y el monoambiente con ventanal en la media. La función de la antigua subida de la colina se incorpora a la vivienda -con efecto benéfico para la salud- contra la pasividad en la habitación oscura fragmentada del resto del hogar, que cumple el rol de cueva iluminada por la luz del televisor proyectada en nuestros ojos (MANDER, Jerry:1977/2004) en vez de la del fuego (libro VII de "La República", Platón). La escalera fue el primer paso rumbo al abismo vertical del ascensor, pero el ascenso gradual puede ser adaptado y salvado para la interacción en las sociedades (post)modernas. ¡No sea que se cumpla el absurdo de un hombre tan poco dinámico que finalmente pueda quedarse inmóvil en medio de una escalera mecánica cuando lo agarre un apagón!



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Carlos Daniel Montero Gaguine cel  (096) 481 931 y (099) 538 673
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