Crónicas de Torsos Huérfanos

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8/24/2009

Reflexiones ante la Noche de la Nostalgia, por C. Montero

¡ POR SUERTE QUE ME HABIA DIVORCIADO !

 

por Carlos Montero

 

Siempre me cuesta abrir la puerta de los habitáculos que cada banco adapta para albergar al cajero automático, adjetivo eufemístico que oculta lo nada automático del proceso de digitación y claves que requiere para funcionar la red destinada a reducir puestos de bancarios (que se irán), tarea de bancarios (que se quedan) y aumentar el "hágalo Ud. mismo" de clientes (que tardan y no terminan de salir de ese laberinto o bricolage financiero).

 

El primer paso es el P.I.N. o clave numérica de acceso a nuestra cuenta, que tanto nos recomiendan cambiar periódicamente pero que, si de verdad lo hiciéramos, quedaríamos periódicamente congelados ante la pantalla sin recordar si usamos la fecha del cumpleaños propio o el número de puerta del edificio. La elección del "santo y seña" –como llamaban en la colonia a la frase que franqueaba el ingreso nocturno a la ciudadela sitiada- llegó a los extremos de Artigas el 26 de mayo de 1815 cuando, en honor a la inauguración por Dámaso A. Larrañaga de la Biblioteca Nacional, ordenó el password "Sean los Orientales tan ilustrados como valientes". Por suerte que en la puerta vieja de la actual Plaza Independencia, frente al foso, había guardias gallegos y no lectores ópticos pues, tras una serie de ruidos y pitidos, hubiera contestado el cajero que "su clave excede el número de dígitos, sírvase repetirla". O, más trágico aún, en esa época cuando los facones brillaban extramuros: "Vaya hasta el próximo puente levadizo".

 

Tal falta de precaución terminó fundiéndole el negocio a Alí Babá -quizás por tratar con tantos ladrones- alguno de los cuarenta indiscretos le habrá  contado a algún conocido, en pleno beberaje, lo de "Abrete Sésamo".

Hoy la cosa es más sencilla, siempre que no tengas que consensuar dicho código secreto y que tu media naranja tenga no sólo un alma sino memoria gemela. Allí hay una fórmula única y sabia para la convivencia, ante una elección mucho más permanente que la de un DVD, habrá que dividir las tareas: ella mantendrá el PIN que usaba de soltera en la cuenta y tú buscarás la forma de recordarlo, huérfano de asociaciones de ideas de tu mundo conocido. ¿Por qué no usar la fecha de casamiento o en que se conocieron? Forma parte de los misterios de la vida que ellas se llevarán a la tumba por lo que habrá que evitar la batalla de antemano o asumir el riesgo que ella perderá cualquier nueva cifra -entre sus múltiples objetos de atención- como la llave del auto en su acogedora cartera (si es que no la olvidó sin sacar del volante, lo que recordará cuando vea la puerta cerrada).

 

¿Yo sometido? Para nada. Por eso me divorcié… pero hoy, Noche de las Nostalgia, entro al cajero y me acuerdo que los muy pornográficos números que se transforman en X-X-X-X son los mismos que sigo usando desde que nos instalamos y me cambió la combinación. Reparo en que sigo usando hoy (no sé por qué y ese misterio lo llevaré al fondo del Cementerio Británico) sus propios dígitos, aunque no roce más su mano porque seis años atrás le pedí por amor que volviera a su país. No encontraba el PIN para recuperar la alegría de su alma que se apagó angustiada en tierra ajena, a distancia de su familia y país de origen. Llamémoslo nostalgia, ella saudade. Para mi se hizo la noche. Los humanos somos cajas negras insondablemente complejas: difícil esperar que salga algo idéntico aunque digites lo mismo. La red estará caída y te darás un porrazo sin contención.

 

Salgo del cajero y cruzo a la farmacia a comprar Musk. En un tren por la costa irlandesa rumbo a Dublín, me encaró una griega que trabajaba de burócrata en Bruselas, y me dijo en inglés "qué rico perfume". Mientras caminábamos por la peatonal y me sacaba una foto junto a la escultura de bronce de James Joyce, le confesé que no sabría cómo conseguirlo pues lo traía mi novia de Brasil. "Es que yo lo quiero para mi novio en Bruselas" me revela ella entre risas. Cada uno vivía su nostalgia como parte del equipaje que sacaba de la maleta y abría sobre la cama de hotel de paso, para volar de allí en la maleta de humanos que es el avión para la Logística. Nada que ver con la Lógica griega, ni la lógica de la griega. Yo extrañaba a la uruguaya, entrenando de short por la costa, sobre arena calcárea, pero rodeado de muros que ocultaban las residencias y bajo cero grado. Sarthou aún me recuerda entrar manando humo de los poros. Es que extrañaba en esa noche dublinesa de nostalgia que el aroma del eau de toilette devuelve.

 

Paso por el peluquero y aprovecho un bache entre dos clientes que marcaron hora. Sólo quiero que me deje prolija la barba. Nos acordamos de los década ya en que soy cliente, desde que venía periódicamente de visita cuando estaba de corresponsal de agencia de noticias en el exterior. Cada vez que pasaba por Montevideo, sólo o con ella, antes de partir me pedía que pasara por ese peluquero que me "dejaba más joven". Era coiffeur, no mago, pero el amor es ciego o dado a la ilusión.  Salgo y reparo en que de la clave del cajero automático al perfume, al peluquero, todo lo digitó ella.

 

Voy camino a casa escuchando el informativo del atardecer con la mini radio digital negra, de auriculares pequeños, que le compró para mi cumple a aquel coreano de la calle Palma de Asunción. Entro al apartamento y –aunque hace 6 años encajoné todas las fotos que nos recordaban de viaje del cuarto al primer mundo- sobre el modular esperan las banderas de los países del Mercosur que mandó hacer en ñandutí -imitación indígena del tejido de las arañas- sabiendo que tanto yo lo amaba. Me rodean el reloj –regalo de boda- que acompañó cada mudanza, los sobrevivientes parlantes de la primer computadora de nuestra  microempresa que bien funcionan en la actualizada notebook, el saxo andino que nunca logré que sonara y la colección de CDs de saxo que ella alimentaba, así como yo lo hacía con la suya de baladas románticas. En este rincón el batik de la luna de miel en Rio de Janeiro, enfrente el óleo de un italiano de Brasilia, más acá tres grabados que elegimos en Paraty junto a una luna a lápiz color gracias a la que añoraba volver a la bahía de Montevideo. La tela carmesí de las cortinas de nuestro primer cuarto –que ella trajo de Cataratas- hoy es forro de almohadones y mantel de las mesas del living. Los archiveros de madera lustrada –que facilitan el trabajo bajo mi escritorio- los diseñamos juntos y encargamos, a medida, para aquella oficina hogareña. El cartel con mi nombre, ahora lejos del cartel con el suyo -que sé que está en su habitación-, salieron juntos por encomienda –a través de medio continente- desde la feria de Villa Biarritz.

 

Me voy a vestir y elijo la camisa rosa pálido con el traje oscuro de noche. Recuerdo que esa camisa me la regaló para la noche en que recibimos el premio anual de ADEC a La Síntesis Económica Mercosur. Lo recupero en el VHS de aquella transmisión que me regalaron los compañeros del canal. Al ponerme el saco caigo en cuenta que es el último traje que compramos juntos, aunque no me lo puse por 3 años, como el duelo. Abro el placard en busca de la gabardina y cae una bolsa. Allí están los dos tapa-orejas rosado y verde pastel que nos compramos en Bariloche para hacer el ridículo pero que el frío no taladrara los tímpanos el día que una casaco negra me mordió la lengua en la Isla Victoria junto al Nahuel Huapi. Y el recuerdo del dolor hoy sólo me hace reir. Me refiero al dolor que provocó dicha especie de abeja carnívora que venía adentro del choripán, pero no al del duelo que atropelló mi vitalidad hasta ponerla en riesgo. Y se acumulan las blue notes corporizadas en cosas concretas o recicladas o embolsadas o encajonadas que hacen a la nostalgia más de cómo nos sentíamos, que de la misma persona que entonces provocaba que uno así se sintiera. Lo que nada resta el agradecer la entrega mutua ni lamentar los proyectos truncos.

 

Ya somos otras personas tanto por lo que hicimos por el otro, por lo que hicimos en el otro y lo que no hicimos en el tiempo pasado que no es menor. Pero, aún cuando fuéramos adecuados estamos en el lugar inadecuado, diría el cínico periodista de "2046: Los secretos del Amor", aunque valoremos con nostalgia profunda cuando luchábamos contra todo lo demás para converger la coordenada espacio-temporal. El resto no es relativo sino absoluto: el mundo se acababa al límite de las almas fraguadas al calor del molde del cuerpo amado. Del Pacífico al Atlántico, del Canal de la Mancha al Mar del Norte, ella fue tu patria y uno quiso haberlo sido.

 

Antes de salir a apagar con ruido superficial el silencio profundo, admití –rumbo a una Noche de la Nostalgia sin rumbo- el error de creer que, por suerte, me había independizado sin rastros del Pasado que no volverá. Si ni el río que pasa a través de nosotros será el mismo en un rato y si nosotros tampoco seremos –pasado un lapso- el mismo ser que atravesó la anterior corriente, entonces ¿podemos creer que seguiremos siendo los mismos luego que la Otra nos pasó por dentro, por arriba o se hizo una sola masa amorfa de carne, huesos, latidos, sangre, sudor, llanto, gemido, discusiones, mimos, silencio? Si se pudo escribir Recuerdos del Futuro, alberguemos Nostalgias de un Porvenir en el cual volver a pertenecer, no sólo a poseer.

 

Vuestro amigo,

Carlos

 




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Carlos Daniel Montero Gaguine
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