Crónicas de Torsos Huérfanos

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5/25/2009

Clasico en la niebla: LOS ANGELES Y LOS DEMONIOS, por Carlos Montero

Niebla, antes y después del clásico de todos los tiempos

LOS ANGELES Y LOS DEMONIOS

por Carlos Montero

Esta nota fue escrita luego del estreno del clásico de Dan Brown -autor del "Código Da Vinci"- que llegó al cine con el nombre "Angeles y Demonios" donde Hanks lidia en El Vaticano entre ambos equipos locales.
Esta nota fue escrita antes del pitazo inicial del clásico en castellano más antiguo de todos los tiempos, que -según la FIFA- es entre los uruguayos Peñarol y Nacional (70 veces ganó uno y 50 veces el otro).
Pero este texto nada tiene que ver con uno ni otro, sino va dirigido a quienes sinceramente se sorprenden por la violencia en el deporte ("sin antecedentes") que revelaría que algo ("nuevo") nos está pasando.
Intentaré demostrar que nos pasa lo que nos pasó siempre, con los estilos propios de ahora pero con la inacción de siempre y que la sorpresa responde a una construcción consolidada en el imaginario colectivo:
la actitud responde a la ilusión muy uruguaya de que -por el centro del siglo XX- su país era un Edén, aunque la hipercrítica generación del 45 (incluida en dicha fauna idílica) repitiera todito lo contrario. 

¿Qué hace un hincha aurinegro a la tarde del domingo de niebla en que se juega el clásico ante los albos? Conociendo el antecedente inmediato (N.de R: el autor se refiere eufemísticamente a la última década),
si quiere sobrevivir emocionalmente, no arruinarse el fin de semana y que su orgullo salga intacto -antes que el lunes sea masacrado por sus compañeros-, este ser tomará un libro sobre Borges y un semanario.
Sin radio, dirigirá su silla hacia la playa donde la visibilidad apenas superaba unos 150 metros aguas adentro del Río de la Plata y el Sol a tientas atravesaba el aire polar oscurecido. Eso hizo para pensar.

El título/pregunta "¿Ya estamos muertos?" del estimado Claudio Paolillo me llevó hacia su columna/página: "En poco tiempo (20 o 30 años, no mucho más), la sociedad experimentó un cambio de una brusquedad...".
Ante "...la pregunta de 'qué nos está pasando' que se repite en estas semanas...", halla que "...no se ha podido transmitir una explicación del nuevo paradigma que parece caracterizar a la sociedad de hoy...".
Yendo de la droga a las "familias inconclusas", la violencia y Tinelli, saca la conclusión de que "aquella 'civilización uruguaya' está progresiva y persistentemente siendo sustituida..." ¿Sustituida por qué?
Contesta Paolillo: "Por lo que alguna vez catalogué como una cultura de la ordinariez". Le duplico el diagnóstico: hiper-ordinariez, como dije en el discurso del Ateneo cuando el premio de Comunicación 2008.
Pero no puedo acompañar la recreación en el presente de un pasado que desproporcionadamente se tipifique de civilización uruguaya. Volver al país deja ver nuestra mesocracia y no lo singulares que nos creemos.
No podemos dejar que la niebla o nubarrones nos hagan perder ni la perspectiva sincrónica de lo que nos está pasando ni la perspectiva diacrónica de dónde venimos como humanos y uruguayos (esa civilización...)

En 1968, con 4 años (cuatro décadas atrás) era hijo de padres separados. O sea que ya había divorcios y "hogares monoparentales" desde que (creo que) me conozco. Era de Huracán por el Topo Gigio, luego crecí.
Pero no maté a nadie ni por la "separación de cuerpos" de mis progenitores ni por la separación de hogares. Quizás la respuesta no esté por ahí, aunque sea signo de sociedades industrializadas segun Fukuyama.
Por lo tanto, la visita a lo de mi padre tocaba los domingos (en que venía) y marchábamos a casa de mis abuelos, cancha de por medio del arroyo Miguelete (tan poluído como lo está unos cuarenta años después).

Recuerdo caminar tres cuadras por aquel borde, paralelo al costado de los cantegriles hasta la Av. Propios (igual a 40 años después sólo que el eufemismo en este caso lo nominó Bulevar José Batlle y Ordóñez).
Ibamos a una final de segunda o tercera división hasta la cancha del club "La Luz", tarde en que me sacaron a rastras mientras policías de casco montados a caballo, mientras corría con sables a las hinchadas.
En ese paradisíaco país todos sabían (como mafiosa hermandad del silencio) que los clubes contrataban o bancaban el alcohol de boxeadores que reforzaban a las barras con entrada gratis (como 40 años después).
Los partidarios de cada equipo se habían abalanzado sobre los alambrados y varios grupos se agarraban a puñetazos -como lo hacen hoy o lo hacían aún antes-, pues el fútbol exhibe reglas con modelo de batalla.
Hay dos ejércitos frente a frente, con banderas y escudos, cantan himnos nacionales cuando se enfrentan sólo asociaciones de clubes, mientras los pueblos a sus costados aullan de modo nacionalista o xenófobo.          
Por aquí quizás esté alguna de las respuestas para los problemas de siempre: el deporte fue una modalidad aliviada para regular las viejas guerras entre bandas de un mismo barrio, ciudad, de pueblos o estados.

No es que estén llegando a nuestra costa 'maras' centroamericanas de hoy, ni de ayer pandillas 'mau-mau', mafias, Camorra o "Pandillas de Nueva York" del siglo XIX (actuadas por Daniel Day-Lewis y Di Caprio).
Mi padre contaba -al sentarnos a almorzar con el abuelo- las palizas que los muchachos le pegaban a los novios de fuera del barrio que llegaban a visitar a las muchachas de la cuadra. Sólo por no ser de allí.
Era una de las diversiones de los "muchachos de la barra callejera" de mitad de siglo, así como la de agarrarse a cascotazos usando como trinchera a las zanjas en donde se colocaban los caños del saneamiento.
Luego vendría la acusada televisión que evitó muchas piñatas pues los fanáticos contrarios estaban rodeados de gente del mismo equipo mirando su aparato en el living e insultando a voz en cuello sin molestar.
Esa fue la forma adelantada de separación de hinchadas, en vez de sentados en las dos puntas de las mismas gradas de la misma Amsterdam como cuando era adolescente y en cada extremo dominaba un color diverso.
Un clásico llegué a mi sitio del segundo anillo tras el arco y comprobé a derecha e izquierda que todos eran de Peñarol. El desinformado no supo de la separación de tribunas o no estaría redactando esta nota. 

La cancha que nos separaba del fétido aroma del Miguelete del 68 (dicho en todos los sentidos) -aunque cuarenta años después le pongan perfume, música, libros y poesía- pertenecía al barrial club Los Angeles.
Estaba ubicada a los fondos de la casa de abuelo, donde moría -a dos cuadras de Av. Millán- la calle "Paso del Rey" y moría el paso de todos los atacantes de clubes de barrio visitantes, llegados en camiones.
Paradojalmente, la camiseta de Los Angeles era de un rojo fuego rabioso (digno de los demonios) aunque mantuviera el color blanco de los angelitos solamente para los números pintados sobre camisas malteñidas.
papá no tenía zapatos de fútbol de tapones pero calza 46 (ahora un poco más al borde de los 70 años), así que se ponía dos pares de medias gruesísimas y se hacía al barrial campo de juego del club del barrio.
La mitad de las veces la cancha era un lodazal, porque en aquellas épocas en Uruguay llovía de verdad como 40 años después es infrecuente. Al climático, realmente considero "cambio de brusquedad" cualitativo.

Caigo en cuenta que mi debilidad por ubicarme en el Estadio, justo atrás del arquero, viene de aquellas tardes domingueras embarradas, que pasaba aburrido mirando el partido (como me aburre 40 años después).
Mis recuerdos son cuadriculados, por la red apretada con piedras contra el piso, que era mi pantalla que tenía como límite un arco de horizontal y parantes de madera cuadrada. No tubos de caño cual hay hoy.
Por ubicarme allí recuerdo haberme comido un bombazo de pelota de tiento mojado endurecido, en vez de un balón sintético como el actual que no arruina el cerebro del jugador. A eso llamo cambio cualitativo.
Pero ese golpazo achata-ñatas era apenas un mimo si lo comparo con las tamañas trifulcas que se armaban contra las 'pesadas' de otros clubes que llegaban con bullicio a dominar el perímetro de Los Angeles.
Pero no sólo se transformaban en demonios a la menor protesta contra los jueces o los adversarios, sino con la misma hinchada donde los padres de los players insultaban a sus hijos por los horrores técnicos.
No olvido jamás al 'Peneca', héroe del cuadro que vivía en el último edificio de Paso del Rey, corriendo por las costas del Miguelete a su propio padre, que le gritaba desde afuera. Divertido, pero bestial. 
Hoy se habla de que la violencia en el fútbol está engarzada con el rapaz profesionalismo (que en Uruguay es por definición "de alpargatas" desde su fundación) pero el club era de un amateurismo franciscano.
Hasta jugarían con carmelitos descalzos (como mi padre) pero igual exhibía una violencia indefendible que estaba a centímetros y centésimas de segundo de cobrarse una vida por negligencia o intencionalmente.

El abuelo, que para protegerme me sacaba de un tirón de la cancha al fondo de su casa, contaba que cuando iba a ver a Peñarol en los 40 (época en que ganábamos) había un juez que arbitraba armado con revólver.
No sólo que tenía el 'fierro' en el cinto, sino que este apacible hombre conocido como el 'Turco' Marino, a un jugador que le protestaba y hacía frente, lo agarró del cuello y lo puso de cara contra el piso.
¿Estamos ante un fenómeno nuevo o a una adaptación de viejas tendencias humanas subyacentes que son canalizadas por algunos en beneficio de su poder o no alcanzan a ser controladas por otros desde el poder?
Otro cambio cualitativo, señalado por Michel Foucault, es la transición desde una sociedad del disciplinamiento hacia una sociedad del control, paralelo al de la sociedad industrial hacia la de la información.
Es la acción y la reacción, el instinto y la cultura, el desorden y el control, la fuerza del poder institucionalizado frente al poder de la fuerza que desafía. Es un nudo permanente a enfrentar o retirarse.

Es la violencia adaptada a los tiempos. Le echamos con razón la culpa a los franceses en Argelia por desarrollar la tortura como mecanismo de extraer información para el cual entrenaron luego a tropas de EEUU.
Una década después con la "Teoría de la Seguridad Naconal", desde la Escuela de las Américas se entrenó a las fuerzas especiales latinoamericanas de los futuros dictadores y nuestros aprendices de latorritos.
Pero exactamente iguales técnicas (con tecnologías 400 años más viejas) usaba el pirata Morgan al atacar la vieja Ciudad de Panamá y torturar a los que no querían informar donde escondían el tesoro familiar.
Muchos se enfurecieron cuando el británico Paul Johnson establecía paralelos en la Historia: "Napoleón, un monstruo, como Saddam Hussein", agregando que "Stalin, Hitler y los integristas son sus discípulos".
Según el origen o interés de quien escriba, el hilo de violencia podría retroceder a Carlos XII de Suecia, Luis XIV de Francia, Isabel I de Inglaterra, Carlos V de España, Tamerlán, los Cruzados y los Assasin.
Seguramente, según el derrotado, no se salvarían Carlomagno, Atila, César, Alejandro Magno, Ciro ni Darío, cuya Historia enseña que la violencia del poder sirve más para dar muerte que las muertes que evita.
Los millones de muertos (contrarios y de los propios) que ellos dejaron en el pasado y las potencias sucesoras siguen dejando en la primer década del milenio, advierte de encontrar novedades donde no las hay.

La niebla y el frío no me dejan leer más, por eso vuelvo a la notebook y al site de FIFA que anuncia aún el clásico como el de más historia fuera de las islas británicas. Punto para la "civilización uruguaya".
Deberíamos recordarle a la gente del suizo Joseph Blatter que hay un clásico con más Historia que los de la 'rubia Albion' -como llamaban nuestros mayores a los de la reina Victoria cuando inventaron el fútbol.
Ese clásico más clásico de todos los clásicos -jugado en la nebulosa del Tiempo- es el de los ángeles y los demonios. No los "Angeles y Demonios" de Dan Brown; ni de los bíblicos ángeles y demonios celestiales.
No hablo de los que, bajo sus respectivos inmortales "super-capitanes", se disputan las almas; sino de los ángeles y los demonios muy terrenos que se debaten en la mente de los mortales en los momentos límite.
Esos precisos instantes -determinantes de las historias minúsculas o de la Historia con mayúscula- en que el instinto o la pasión de un individuo superan a la Razón o las razones con que su entorno lo normaliza.
Más que lado oscuro del corazón, es el ecosistema neblinoso en que se hunden los impulsos exteriores para asegurar la incertidumbre de lo que puede emerger en la acción de un ser que no logre dominar su reacción.
Es el instinto procurando liberarse de su corsé cultural que sólo se autocontrolará si tiene ajustada la escala de valores. Pocos ángeles, muchos demonios e incluso ángeles que -actuando en patota- se endemonian.

Cada tiempo disfraza o exhibe su violencia de forma diversa. No vamos a aplaudir pocas muertes en los estadios de hoy, porque sean infinitamente menos que las que las espadas y las dagas provocaban en el Coliseo.
Como aquel artista que sufría la persecución nazi contra sus escritos. Ironizaba que, de cualquier forma, la Humanidad había avanzado porque quemaba libros cuando, 400 años antes, en la Inquisición quemaba autores.
Tuvo que esperar un poco y muchos escritores llegaron a morir en cárceles o campos de concentración. Así que no conforman las muertes de hoy ni idealizo un 68 entre "fierros" ni "30 años atrás" en la era de hierro.   
Ninguna de esas épocas me representa una "civilización uruguaya", ni siquiera si fuera aceptado que en algún momento de la Historia hubiera existido, como tanto otro mito fundacional, "Orientalidad" o charruísmo.
"El hombre lobo del hombre" era la locución latina que retomó la Filosofía casi dos milenios después. Son los mismos aprendices de predadores con diferente collar, lo cual no es justificación ni de hoy ni de antes.

Imaginemos sólo un momento a la tripulación sobreviviente de Juan Díaz de Solís, en 1516, minutos después que los antropófagos mataran e ingirieran a su jefe.
¡Qué mala imagen se habrán llevado de la garra charrúa! Quizás se consolaron con que su alma se iría con los ángeles, mientras su cuerpo lo comían los demonios.
Cuando Borges relata el choque del soldado argentino y el británico en Malvinas dice que: cada uno fue Caín y cada uno fue Abel. Ya nos llevó casi al principio.
 
Abrazos de vuestro amigo,
Carlos Montero
C.I.1.764.846-5


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Carlos Daniel Montero Gaguine
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