Crónicas de Torsos Huérfanos

Crónicas de Torsos Huérfanos
Haga CLIC en la arena y verá online "Amor a toda Costa: CRONICAS DE TORSOS HUERFANOS" (lea lo escrito en la arena, antes que el agua lo borre de la orilla, como a su autor)

4/30/2009

UNA NIÑA LLORO A MIS ESPALDAS (...Y FUE ESTA TARDE) por Carlos Montero

Esta tarde vi llorar, vi gente correr...y no estabas tú

UNA NIÑA LLORO A MIS ESPALDAS (...Y FUE ESTA TARDE)

por Carlos Montero

En estos tiempos radiantes de noticias urgentes sin contexto y actualizaciones permanentes del ansia por la Web, insisto en que en nuestros reportes "real-time" -primer borrador de la Historia en estado de nacimiento- sigue comprobándose el viejo estribillo de Joaquín Sabina referido a los periódicos de hace dos décadas: "en los diarios (y en los medios en general) no hablan de ti ni de mi", o sea de lo que realmente nos pasa. Debemos darnos lugar para ello: no es lujo sino obligación. No es 'nota de color' sino dar opacidad a lo transparente: hacer visible al hombre y mujer invisibles que protagonizan la Historia y las historias.
Por eso creo que vía Internet existe un perfil de crónicas que no se aprovecha que es el que atestigua y busca representar a la brevedad -usando estos más actuales medios tecnológicos- las pequeñas peripecias donde se representan los universales de la condición humana -en situaciones límite, de riesgo o significativamente anodinas- que de otra forma se perderían en el universo de comportamientos emergentes, que revelan lo que subyace en los seres que habitan (habitamos) estas concentraciones hiperurbanas, hábitat antinatural donde (sobre)vivimos unos encima de las cabezas de los otros.
Hace un año compartí con Uds -apenas vivido en un cruce de avenidas y aún con el impacto emocional que me dejan los detalles líricos que uno cree fenecidos- el episodio del joven 'plancha' limpiavidrios que conquista la sonrisa de su liceal 'julieta' pintándole un efímero corazón, con su lampazo enjabonado, enmarcando su carita en la ventanilla del ómnibus que arrancaría en segundos, dejando atrás al 'romeo' en su faena vintenera. Son historias que, como ésta, no terminan en la redención, en la conquista o en el resultado perenne, sin mayor huella para la historiografia de bronce ni la de las Mentalidades de Braudel o de Hobsbawn.
Llegaba a la tarde de la víspera de este 1 de mayo en medio de la vorágine de anticipos de nuestros corresponsales, que hace de los reporteros unos insaciables consumidores de vidas, en cuya tarea devoradora dejamos nuestra propia salud y cuerpo consumidos para la comunión en la que los espectadores participan al asistir al rito y vicio que se oficia en el altar de noticieros y programas periodísticos.
Allá por Artigas un ex intendente que pasó a diputado desaforado termina procesado con prisión. En Maldonado, Rocha y 33 los colegas se concentran con sus intendentes y gobierno en Aiguá para lanzar un proyecto de desarrollo en donde la Unión Europea promete regalarnos el 60% de 30 millones de euros: cohesión social es el latiguillo políticamente correcto con el que nos animan (siempre que dejemos de lado los secretos bancarios con que se beneficiaron sus empresaurios), mientras la sequía promete golpearnos con más duras restricciones energéticas y falta de alimento para el ganado. En Tacuarembó y Durazno los policías ya no tienen que cuidar a la gente común, sino dedicarse a cuidar a los inspectores de tránsito de la 'gente común' que los agarra a golpes si les aplican una multa por no usar casco; a la vez que en Rivera doce policías pasan al otro lado de las rejas, pero el Jefe de Policía se solidariza con ellos dejando sin custodia al mismo juez.
Y, mientras las alas divididas de la central obrera 'única' se dividen los minutos en el estrado del acto oficial del 1 de mayo (y para no codearse visiblemente le dejan a los otros el discurso por cadena nacional), la paranoia de buena parte de la población es por la gripe porcina (que no transmiten los chanchos ni los chacinados) que provoca filas para inocularse contra la gripe agotando las existencias de vacunas en Rocha, 33 y San José, además de trifulcas y colas de una cuadra en la Terminal de Tres Cruces. Y hasta el propio gobierno le echa la culpa de su futuro 1,8% del PIB de déficit fiscal a la gripe porcina, cuando a la vez asegura que no hay casos, según la misma ministra que acaba de llegar de México y se convierte en destacada miembro del grupo de riesgo.
En el litoral, Salto, Paysandu, Rio Negro, Soriano y Colonia, reportan que es cada vez más inminente la llegada del dengue, y  hay tantas ovitrampas tendidas que sorprende que ningún 'boludo' haya quedado enredado en alguna comisión que agradezca a los ambientalistas de Gualeguaychú por colaborar en mantener el estatus sanitario de un Uruguay que tendrá previsiones, pero sólo depende de un pasajero de avión para registrar la entrada del primer caso con dengue o con gripe porcina. Pero, aunque la vacuna antigripal tampoco sirve para la nueva cepa -que yo sepa-, en el Aeropuerto Internacional de Carrasco ya todos los funcionarios de Aduanas están vacunados.
¡Paren el mundo que quiero bajar a la playa! Sí. No es todavía 1 de mayo, Día de los Trabajadores, pero ya mi neurona está cansada de trabajar o aún se sienta afectada por el impacto emocional de los medios al ver a José Mujica de saco y corbata en el Palacio Legislativo, porque no se acuerdan de sus mismas imágenes desde Nueva Zelanda casi de frac en su gira junto al presidente. El recuerdo está lleno de olvido, mis periodistas queridos, llenando y vaciando bolsas de aire hasta el cierre, en una remake de "La Colina de la Deshonra".
Y ya estoy a jueves de tarde con el termo y el mate con yerba "compuesta" contra la acidez, un paquete de galletitas dulces sin azúcar por la diabetes y otras saladas de salvado "sin sal" por la presión alta. Pasé a comprarlas antes por el hipermercado, donde la promotora me ofrece una Hiper-card. "Gracias" le contesto, "ya tengo hipertensión e hiperglucemia". Superada la prueba mediática y consumista, avanzo a mi encuentro con la naturaleza, en la costa, a dos cuadras de mi monoambiente (nicho para vivos o apart/office al que le digo hogar).
Aunque molesten mis tímpanos el rugir de los caños de escape de todos los montevideanos que huyen en auto de Montevideo por la rambla -para el fin de semana largo-, resisto el negarme el regalo masajeador del suave suspiro de las olas pociteñas, esta playa que el ingenio popular -sensibilizado por el inminente 1 de mayo- ha borrado letras de sus carteles y convertido PLAYA DE LOS POCITOS en "PLAYA DE L P IT", u otros más futbolísticos procaces en "PLAYA DE LOS P ITOS".
Vengan y comprueben. Se los cuenta alguien que ha vivido un tercio de siglo sentado en idilio con el horizonte frente a esta orilla, o extrañándola de lejos y soñándose de vuelta en esta arena con la mujer que fuera amada afuera. Aquí he visto gatear y aprender a caminar a jóvenes a los que luego vi dar sus primeros besos y abrazos. He visto a generaciones dragonear con sus futuras novias y criar hijos, vi separaciones al sol y nuevas oportunidades al atardecer, me aburri de predecir cómo se acercarían los lobos y lobas que, con pretensión de conquistadores, bajan de la rambla hasta el agua como quien recorre un coto de caza. He bancado gritos de madres convocando a sus chiquillos perdidos (yo mismo me desesperé buscando a mi hermanito que hoy mide un metro 90 centímetros), o participé de los aplausos para alertar a los padres que un mocoso se perdió y hasta un día, uno solo, vi a un anciano -que se resistía a la vejentud- consolar a una joven que se olvido del qué dirán y se puso a llorar sentada (viejo baboso pensé entonces a lo uruguayo).
Pero, sobre todo, además de las ruedas de amigos, correr y jugar volley, leí, leí, leí y leí voraz y necesitadamente en un entorno digno para aprender y reflexionar, como acostumbraban los helenos, en la arena y mirando el mar, cuando no estaban en el ágora o matándose entre ellos o contra los medos y persas. Vaya caldo de cultivo compatible para sembrar la semilla de la cultura judeo-cristiana greco-romana de la que somos tributarios, más allá de galicismos, anglicismos y charruísmos aniquilados varios.
Pero este jueves de tarde la playa estaba para mi, aún temprano para empezar el feriado largo, aún muy fresco y ventoso para que alguien se bañara, con muchos escolares recorriendo los estertores de la muestra de fotografías de obras del Museo del Louvre, con un pescador osado a una cuadra, dos o tres trotadores cumpliendo su rutina aeróbica y el esqueleto tubular del estadio de 'beach-soccer' en el que la selección uruguaya viene de clasificarse para el mundial de futbol playa.
Para completar el mate, galletitas, horizonte y olas, agregué dos toques que aderezaran el plato vespertino: los dos últimos capítulos que me faltaban leer de los 18 de "El Pequeño Tratado de las Grandes Virtudes" del filósofo André Comte-Sponville y, en el celular, froté los lugares adecuados para dar el calor suficiente y que entrara en ambiente la 'genia' Amy Winehouse que -haciendo honor a su apellido de 'casa del vino' y alguna droga- entonaba con sensualidad y medio perdida una de sus cuatro versiones de "Love is a loosing game": el amor es un juego a perder.
En media hora, ya no existía el ex diputado Signorelli, ni los policías de Rivera, ni los intendentes en Aiguá, ni los frenéticos candidatos a ser vacunados de Tres Cruces, ni las ovitrampas ni los piqueteros ni el déficit fiscal. Estaba leyendo sobre el Amor y sus manifestaciones que construía Comte-Sponville, mientras Amy lo deconstruía con su interpretación: "para un hombre como tú que eres un jugador (de naipes), el amor es una mano perdedora" y repite cada dos frases "el amor es un juego a perder", que termina siendo coherente con la visión del filósofo para quien, aunque ganes y sostengas el amor, siempre hay una sustancia radical de falta de egoísmo por el cual prefieres perder algo de lo que tienes, sin pesar y sin sacrificio, para compartirlo o entregarlo a aquella persona con la cual te completas, lo que finalmente es un ganar. "Es un juego a perder", en una interpretación pesimista, sería creer que el amor siempre es traicionado, siempre termina mal o nunca puede perfeccionarse. Sin ilusión y lejos de la esperanza, Comte apuesta a la dicha de ese perder que es entregar y entregarse, sin ilusiones y en desesperanza de no pretender más que el presente. Y en el medio de sus trazos (de él) con reflexiones y de sus blue-notes (de ella) con el estribillo, un llanto...
Un sollozo desgarrante creció entre el ruido de olas, la performance del MP3 y la atención a la lectura. No, no era yo. La última vez que lloré así fue hace década y media, cuando comprobé que me había ido a otro país por una mujer que no valía la pena y opté por seguir mi vida allí como una oportunidad hacia la que la vida me había llevado por decisión mía pero por esa entrega a la que me refería: perder tu país, para ganar la vida en común que vale ser vivida, completándote en la Otra no deja de ser una gran opción en la vida, donde perdes para ganar. Lo jodido es cuando te queda el cambio de destino pero el motivo para haberlo hecho en cinco días te muestra el error de la ilusión y de la esperanza, así como la distancia con el amor y la traición a la confianza.
La siguiente vez que lloraría así sería hace seis años al llegar a Roma Termine, la estación central de trenes de la capital italiana. Otro tipo de llanto, pero no por ello menos desgarrador cuando terminaba mi viaje nocturno desde Milán hallando que me habían robado la computadora portátil con medio año de los originales de mi cuarto libro, irrecuperables más allá del valor del equipo, y me senté en el andén sobre mi equipaje, entre completos extraños para los que no era más que un posible ilegal con cara semítica. Nunca mejor dicho, por mi ascendencia judía y bautista, lloré como un "marrano" sin que nadie se acercara (ni yo lo deseaba). Otro tipo de pérdida, dura, en tierra ajena, sin solidaridades de la Polizia Ferroviaria, lo que no quitó que saliera a luchar mis entrevistas y conseguirlas bajo ese sofocante calor húmedo (incluida con el filósofo Giovanni Sartori).
Miro levemente hacia mi izquierda, paneando del foco puesto en Trouville hacia Kibón, y me encuentro que la cuadra de distancia con el ser humano más cercano, no era tal. Apenas cuatro metros atrás, esta misma tarde (y lo juro), tenía una niña llorando a mis espaldas. Cabe aclarar que para este barbado de 45 años, la categoría niña se aplica a todas las que no han completado las tres décadas. En esta generación de Peter Pans, la juventud comienza con los 30. Y allí estaba llorando sentada con los ojos tapados por sus dos manos y sus dos rodillas sirviendo de apoyo a sus codos, a una distancia nada prudente en una playa casi vacía. Y Amy empezó a entonar con su nueva acompañante no invitada que no cesaba, aunque difícilmente ninguna de las dos escuchara a la otra como para entonar acompasadamente.
Se preguntarán qué hacer en esa situación. Yo me pregunté lo mismo. Lo primero, pensar. ¿Qué tiene que hacer llorando una adolescente al aire libre? Simplemente, no puede hacerlo en su hogar pues la escucharían quienes podrían preguntar y ella no quiere contarles. Segunda pregunta, ¿y por qué llorar a cinco metros detrás de la espalda de un total desconocido que está leyendo y mirando el horizonte? Por el sentido contrario, para ser escuchada. ¿Para dialogar? ¿Para ser contenida? Nunca supe qué hacer ante una mujer que llore. A la mujer que más amé la preferí mil veces discutiendo que una sola vez llorando. Soy absolutamente inútil. Casi como la Declaratoria de la Independencia del 25 de agosto en Florida, me declaro "írrito, nulo y de ningún valor" ante una dama que lagrimee. Puedo discutir con ellas sin contemplaciones ni demagogia, pero me paralizan esas situaciones que requieren de ciertas virtudes de empatía apaciguadora a costa de ilusionar a otra persona sobre sus propias perspectivas ante realidades que pueden ser desconsolantes. Y, sobre todo, me aterra que se pueda malentender el consuelo, cuando se trata de desconocidos, pudiendo ser tomado como un baboso màs o como un convidado de piedra que nadie invitó ni tiene vela en el entierro del duelo de una ajena..
Mirando al borde entre el cielo y el agua de la playa, me acordé cuando surcaba esas mismas aguas en un velero, durante la regata de la Prensa, un cuarto de siglo atrás. Había desayunado en el Yacht Club del Puerto del Buceo apenas dos bizcochos y un café con leche. Más tarde, sacando medio cuerpo de la embarcación para un lado y el otro durante la competencia, me di cuenta tarde del grave error de que un hombre acostumbrado a las carreras de atletismo de fondo haya participado de una regata. El barco va trazando en el agua surcos, como finos ochos ovales. Cuando el propietario del velero vió que el invitado miraba con cariño su piso de lustrosa madera calafateada, me dictó la primera clase para crisis de zafarrancho: "Levantá la cabeza y mirá el horizonte" me ordenó, "porque aunque todo se mueva, el horizonte siempre está fijo y recto, lo que te sirve de referencia".
Esa era la lección que ella merecía que compartiera. Decirle que estaba bien que se desahogara y, si ya lo había hecho, que levantara la cabeza y aprovechara esa privilegiada ubicación -a diez metros de la orilla- para mirar el horizonte pues, aunque todo se esté moviendo -adentro o afuera- y parezca derrumbarse, el sentido (quizás la ilusión) de que hay un horizonte firme por delante, puede servirnos de referencia para empezar a discutir con uno mismo el cómo llegar hacia un futuro cierto.
Lento y tímido lo mío, pero me pareció prudente, por lo que giré sin brusquedad para preguntarle si estaba mejor, pues ya no la escuchaba llorar. Inmediatamente le repetiría la parábola reflexionada y recordada. Pero ella ya no estaba más allí. Ni tampoco eran visibles en la playa ni su calzado deportivo, ni su delicada campera celeste, ni su pelo rubio. Quizás esté llorando en algún hombro, quizás se aburrió, quizás se venía la sombra que me alcanzó y me trajo el frío que me trajo hasta la note-book para contarles que este jueves de tarde, víspera de primero de mayo, ya cuando la tensión del trabajo iba cediendo, una niña lloró a cinco metros de mi espalda, y fuí inútil para ayudarla. Se preguntarán, ¿de qué cuernos me sirve leer un tratado filosófico sobre las virtudes si no puedo ejercer la compasión, la misericordia o la empatía en el momento exacto en que es necesario? Será una respuesta que deberé trabajar durante el día en que los trabajadores merecen descansar. Sobre todo porque alguien, que se precia de pagar los costos de ser sincero, antes de escuchar el llanto juvenil venía leyendo el capítulo sobre LA BUENA FE como virtud esencial del intelectual.
"La veracidad, aunque sea en el lecho del moribundo, continua por lo tanto teniendo valor. Pero no es la unica virtud que tiene valor, repito: también tiene valor la compasión, también tiene valor el amor, y más. Asestar la verdad a quien no la ha pedido, a quien no puede soportarla, a quien la verdad desgarra o abruma, no es tener buena fe; es ser brutal, es ser insensible, es ser violento. Por lo tanto, hay que decir la verdad, o la mayor cantidad de verdad posible, puesto que la verdad es un valor, puesto que la sinceridad es una virtud; pero no siempre, pero no a cualquiera, pero no a cualquier precio, pero no de cualquier manera" reza el texto que venía leyendo cuando comenzaron los sollozos de sirena. Quizás por eso, también fui precavido, pero la lección del maestro tomó para el alumno cuerpo de niña y un reto a la humildad aún para quienes crean que puedan poseer alguna verdad o aprendizaje que compartir.
Les deseo un feliz día y que descansen los que puedan
Vuestro amigo
Carlos Montero

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Carlos Daniel Montero Gaguine
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Carlos Daniel Montero Gaguine
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