Crónicas de Torsos Huérfanos

Crónicas de Torsos Huérfanos
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3/14/2009

La Ilusion, mas alla de la Soledad (versión 25 ¿y final?)

La Ilusion, mas alla de la Soledad (versión 25 ¿y final?)
por Carlos Montero
 
Estimados:
Cuando ayer de tarde le leía a mi gran amiga Chichila Irazábal,
-de espaldas a Plaza Zabala y de frente al Palacio Taranco-
tramos de la versión 25ª (e hipotéticamente última) de esta narración,
le recordaba que ella fue paciente lectora de sus primeras pruebas 
allá por 1994 (¡ hace nada menos que quince años !)
en un reciclado pent-house de Ciudad Vieja ante a la bahía y el puerto
con el Cerro de Montevideo como vecino de enfrente.
 
Llegué a la licencia de febrero con la versión 12 como base
para trabajar todo el mes hasta la vuelta al trabajo el 1 de marzo,
cuando envié por mail la versión 20, producto de muchas madrugadas
en las que plasmaba noctámbulo en la pantalla del ordenador portátil
las correcciones hechas en la playa sobre arenosas arrugadas hojas.
 
El trabajo final para la Antología a publicarse en España a mitad de año
resultó ser del doble del tamaño permitido a cada uno de los escritores,
pues el tope de 10 carillas debía ser a doble espacio y no simple como envié.
Ante la advertencia, debi enviar otro cuento ya editado "La Celula Durmiente"
y no "la Ilusión, más allá de la Soledad", que está aún virgen de publicación.
 
El antologador me consoló que no había perdido mi vacación en vano,
sino que estas marchas forzadas hacia un cierre permiten concentrarse
para darle a una obra el salto cualitativo antes de su terminación. Tenía razón.
Llegué a mi amiga el viernes con una versión 24ª incluyendo 7 finales opcionales
que ahora ya no están en la versión 25, aunque sí se agregan otras metáforas.
 
Cuando le confesaba lo torturante que es encontrar un original dejado anoche
y mirarlo fríamente hoy, para nuevamente destrozarlo a tachones de lapicera,
el comentario final de ella aludió a una memorable cita de Jorge Luis Borges,
quien decía que publicaba sus cuentos para terminar de hacer correcciones. 
Creo que una noticia puede reducirse de 10 páginas a una infinitesimal línea,
pero me resisto a que la reflexión o el arte se reduzcan a menos espacio que
el que crean indispensable para sostener o describir lo que desean poner en común
 
Así que, después de 15 años y 25 versiones, aquí va el supuesto original,
el cual no estará en la Antología a publicarse en España y espera sus aportes
(no sea que esta crónica ensayística merezca 26 o más originales "finales").
 
Abrazos
Carlos
 

La Ilusión, más allá de la Soledad

por Carlos Montero, desde Rio de Janeiro

 

Difícilmente el condenado a la horca tenga las muñecas tan libres ni la celeridad de la luz para interponer un dedo entre el atroz nudo de la soga y su cuello, en el momento inadivinable en que el piso se esfumará y lo convertirá en un espantapájaros. Pero pocas cosas hay más ahogantes que una espantosa noche solitaria, donde ninguna mano parece venir en tu auxilio. Atrás quedaba la misma terminal cuyas luces le habían desperezado hacía tres semanas, cuando llegaba cobijado por un tomo de Filosofía que -trunca la lectura- fue a dar a su equipaje por el resto de las vacaciones. Traía una teoría aparentemente experimentada y ningún amor válido. Ahora se iba con un amor experimentado y ninguna teoría aparentemente válida; desafío terminal.

 

"Noche más sola no es en la que no encuentras a nadie. Noche más sola es aquella en que ya no esperas a alguien" garabateó, transversalmente, al borde de un periódico que compró antes de trepar a su enésimo ómnibus de largo aliento. Al partir, se acomodó desesperanzadamente en la poltrona y echó una última mirada a la plaza. Estaba igual a cuando la conoció. Los faroles alumbraban penumbrosamente, guareciéndola en desigual combate y con pírricos resultados, de la sombra que los hería desde el campanario de Nossa Senhora dos Remédios, la más antigua de cuatro iglesias en la tricentenaria villa sitiadora de sus corroídas paredes. Discurría a cuentagotas el arribo para la incontable troupe de gringos misturada con turistas brasileños. La bóveda -a otras horas celeste- les saludaba completa al acurrucarse en bancos de madera con armazón curvo de hierro; supérstites testigos del novecientos.

 

Piedras irregulares, rodeando el rectángulo pródigo en coqueiros, desfilan bajo balcones de madera que -cual cuerno mosaico- emergen en salto abortado del infrecuente primer piso de casas brancas, personalizadas por marcos de puerta y ventana alternadamente azules, amarillos, laranjas, ladrillo, celestes, verdes, marrones mostaza; marco en que se encarnaron al celuloide las carnales carillas de Amado dedicadas a su amada Gabriela. Imantado por el argumento, tanto italiano invirtió en Paraty sus dinerillos para comprar un comercio propio. El proverbio chino miente que "un hombre tiene la edad de la mujer que ama" e ilusionados prueban en la realidad la suerte en la ficción de Marcello Mastroianni: rejuvenecer gracias a esta variante sudamericana de salvaje virgen prostituta rastreada por Gauguin en el Pacífico. Aspiran a una hechicera sin diploma de doctora que, con su medicina alternativa, inyecte taumatúrgicamente la revolución vital en quien se hartó de sofisticados paladares negros pseudointelectuales vistiendo su vacío de boato; meras apariencias, corporización del no ser.

 

Sólo un shock recuperará la añorada sensibilidad de conmoverse ante la complejidad del simple instinto liberado, explosión de naturaleza por granada de fragmentación que deja en ruinas muros de inhibición que tapian el propio espejo. Sucumbirían gustosos al torbellino de capullo adolescente asomando estambres púberes al sembrar descalza –caminando o flotando- deseos que despierta inconsciente a sabiendas de su impunidad; inocente perversidad.

 

Al principio todo parece caos para quien llega y le resulta difícil ensayar un orden subyacente. El va descubriendo de a poco los circuitos de distraída persecución individual premeditada a ritmo pianissimo, método de seducción por acumulación de exposición en pueblo chico -infierno inversamente proporcional- donde a pocas cuadras se cruza uno con su sombra. Salvo que quienes a corta distancia se escrutan, de reojo o arrojadamente, vienen de lugares distantes y seguramente jamás vuelvan a verse: liberación desarraigante del eterno presente y garantía de irresponsabilidad futura por lo pasado; ficticia póliza incorporada al precio ficto por el tour-operador.

 

Dedicado a voyeur no pecaminoso jugó a deducir de inducciones incompletas las reglas cómplicemente aceptadas por los partícipes en este reality show, travesura imprevisible de bucear sin tanques de oxígeno en honduras traicioneras del alma ajena; riesgo de Mar de los Sargazos en probeta de estanque. A cambio no pretenden más fruto que el del guijarro sembrado en el mar, simiente infecunda, ondas que no tardan en ahogarse -eyaculada la pasión- sin cenizas para esparcir, osario en mano, en romántica despedida; apenas la sensación de haber y ser usado para enmascarar la soledad.

 

Con el telón estelar alzado, trocó el público que asumía un papel en el escenario junto a los moradores permanentes, hacinados en eufemísticos complejos habitacionales fuera del casco viejo de 1667, teatro adonde los guías nunca van con sus espectadores pasajeros. Son rubios y mulatos, zafrales de lo que se pague en dólar o sedentarios vendedores de lembrancas en comercios del antiguo puerto rodeado de morros. El otrora fuerte del cual fluía oro mineiro al imperio lusitano, reciclado en falsificación arquitectónica consumible por cinéfilos, presencia indolente cómo sus jóvenes se exhiben cual en reserva de fauna. Trofeo de caza que se entrega, con discreción no excesiva, al primer extranjero -o italiano semilocatario- que redima su cuerpo felino de su futuro sin futuro, aunque sepan que jamás lo tendrá ya su alma; trágica dación fáustica pactada por jaula de oro en enamoramiento zoofílico.

 

Los vio zarpar extasiados, pintores o industriales, con su venus cabellera al viento tomada del palo mayor, usando su breve falda por vela. E intuyó cuando, hamacándose abrazados a suspiros de la orilla, imaginan lo bueno de morir en ese preciso segundo, si no optasen por estirar el instante mágico –en el "navío que surca los amargos abismos"- tanto como durara; dicha virtual sin data-suit, el traje de datos para sexo distante entre sexos distintos.

 

Ella apareció de entre las sombras, como viniendo del agua. Sus rizos negrísimos, rozando el top blanquísimo, conducían la lumbre lunar a su ombligo, fiel infiel de la balanza desnivelada por un short que ajustaba su cintura de probables 27 años. Demasiado para un platillo. Notó el esfuerzo por hacer inadvertido su caminar con dificultad antes que dudara, en la transitada peatonal, por qué camino inconducente optar en el irrepetible empedrado de Paraty. Pretendidamente inadvirtiendo al vigía del banco, rua por medio, miró en todos los sentidos; los cinco que sabía espolear.

 

Cuando el congelamiento cedió en la espina dorsal del visitante, empezó el deshielo sudoroso de montaña de pruritos. Rogó que fuera buena función de su imbornal y no brecha abierta por este iceberg tropical. Oteando a otro lado, cruzando piernas y carraspeando, tomó valor y cobarde decidió volver al originario rol de observador descomprometido; parafraseo de cronista.

 

Juega girando el timón de sus pasos, irresoluta montada en zuecos negros, dejando que el talón de Priseida trace surcos en el aire al nivel de los zócalos y dificulte respirar. Se posa como beija flor contra el celulítico árbol y desliza su humanidad, a medio metro, en el confín del mismo banco. Con su natural arrojo, él guarda pudoroso silencio durante minutos que aparentaron horas en las dos vidas; "los ríos que van a dar a la mar, que es el morir".

 

Era recomendable ignorarla pero no podía, ni con su instinto –porque hasta la olfateaba- ni con la timidez de encararla aunque percibía el calor de la mirada a traición. Siguió fisiológicamente atendiendo la calle, pero la concentración había volado lejos del borroneado espectáculo de semovientes, para posarse al lado, justo donde sus ojos amadrinarían gustosos si explícitamente no tuviera que escorar –arriesgando un naufragio emocional- porque la vista no podía abordar de tan sesgado a esta sirena que suponía bahiana o carioca,de silencio impaciente que aturdía los tímpanos, imponiendo su reclamo inconfeso sobre el murmullo pueblerino; mascarón de proa empalidecido.

 

"¿Es su primera vez aquí?" preguntó desde su derecha en portugués y tiempo récord una dubitativa mezzosoprano. Estaba seguro que era ella. Aunque él se preguntaba si cabía una ilusión sonora. No hay antecedentes de espejismo de éter se argumentó. Osó ver y efectivamente le hablaba el atado de sentidos a desatar; nudo gordiano en su garganta en vez de espada de conquistador.

 

Se llama Amelia, última de siete hermanos –nacida en el estado de Bahía hacía sólo 20 años- y una de las bailarinas del film, en islas del entorno, que hizo famosa a la lambada. Allí estuvo con 15 años y a punto de caramelo, sin esos rollitos que sólo ella detecta, pero atormentan su Narciso escondido en un físico ubérrimo que tuvo más Eco y tiempos mejores.  Exitada recuerda que "me pagaron muy bien. Era un mes de salario" extra por un mes actuando de extra. Negocio redondo para el cine; industria del ilusionismo.

 

Fue campeona imbatible en las lambaterías locales, lo que la catalpultó a la película que lanzó la danza brasileña en Italia. No sabe que la tonada es boliviana, pero -¡qué le importa!- lleva esos compases en las venas y su sangre es bombeada al ritmo. Como muchas chicas humildes de su edad, revela en su mirada mística al batucar que adivina a cada paso la redención que puede provenir de quien las descubra danzando, igual que un endiablado dribling puede sacar al garoto futbolista de Cidade de Deus a ser su vicario en la cancha. Es matemáticamente imposible que los giros descalabrantes que dibujan vengan por sinapsis de hemisferios cerebrales. Sugiere inalámbricas conexiones directas de cadera al parlante; antelación a la razón o voluntad.

 

No lo puede evitar. Suda y suda mucho. Es cuestión de piel, recreo para la vista, locomotora de fantasías humeando de transpiración, riel para acelerar lo refrenado. La integración con su ocasional compañero es carbón que impulsa –sobre durmientes óseos- más allá de cualquier figura, ribeteando el sincrético rito autodefensivo de la Capoeira. Lo prueba el manantial de sus poros, raudales desde los tres puntos cardinales de la moza, nacida en gemela acuariana fecha que él; a despreciables diez años de abismal distancia.

 

Le habla de su renguera, posterior a la amnesia desatada en Rio de Janeiro cuando decidió reencontrar a su primer amor. Una puerta mal cerrada, una duda normal causa un tropiezo poco común, seguido de un arranque brusco tempranero, que terminan con una envidiada pierna tardíamente atrapada de un ómnibus y la cabeza reverberando contra la rua, mientras su peso muerto era arrastrado de tiro. No llevaba identificación. Un muerto más en Río no importa; son tantos los muertos vivos apareciendo en las estadísticas.

 

Fue a buscarla a la Policía, pero sin éxito llenó formularios. Como en Orfeo Negro, en los archivos burocráticos desaparecen los desaparecidos, creía Vinicius. Una mae umbanda, ante la desesperada consulta materna, tiene la visión de que "Amelia aún está viva, en un lugar blanco". Tres días pasará cual bolsa de papas en un hospital, hasta que su progenitora descubra –entre los moretones de una desconocida muda- facciones que sólo podían responder a su pródiga hija prodigio. Dos meses vivió inconsciente y cinco tardó el alta desde el día que no olvidará, aunque tampoco recuerde bien; el pasado ya no existe, sólo la memoria, relato justificador de su actual físico.

 

Camina por la orilla y ve a una mujer saliendo de la Santa Casa que arrastra su pierna izquierda sana, con la otra notoriamente más corta. "Así estaba yo" confía, antes de sumergirse en anfibio silencio. Emerge: "Nunca pensé que volvería a caminar", pero sabía que debería reinventarse. Cual la parábola de Rodó sobre el niño y la copa, el instrumento no servía más para tañir como campana pues lo llenó de arena. Nada impedía hacerlo cuna germinadora para una flor; metáfora ilusa sobre el porvenir, prolepsis esperanzadora.

 

Durante buen tiempo distinguió a las personas –"sabía que las conocía"- pero no quiénes eran. Por los golpes sufridos, olvida detalles, nombres y otros golpes que sufrió, útil para reprimirlos en el inconsciente. Quiere mostrarse indiferente pero la desespera. Ninguna estrella falta en el firmamento de su sonrisa, pero detrás del gesto hay saudade, nostalgia de su primer hombre, un cineasta italiano radicado en Brasil. El la desfloró a los 13 años, luego de haber compartido juntos por seis meses la misma cama. "Cuando llegó el momento, estaba lista" comenta la ex enamorada del play boy, empresario de televisión, con quien vivió tres años, a pesar de saber que tenía esposa, hijos y 40 años; el único al que jamás dejó de reconocer su apariencia.

 

Si el romanticismo europeo tenía de claves la tormenta y pasión del sturm und drang, el romanticismo brasileño tiene de esencia a la saudade y paixao. Pasión explosiva y superficial; deseo febril y alegría por fuera. Émula de la morriña –la pequeña muerte gallega-, la saudade es una melancolía muy blue, emoción que llega lenta y cala hondo, angustia y duelo por dentro, añorando lo que se tuvo y hoy se carece. Ella te amará  apasionadamente como a nadie más, pero te dejará como a un cualquiera si llegas a competir o no eres parte de su saudade. "Me critican que no aproveché nuestra vida en común en mi beneficio, para asegurar futuro, pero yo realmente lo amaba y –se tensa- si lo dejé fue pues era incapaz de no engañarme". Ante terceras candidatas en competencia, segundas afuera... Mas gana más la nostalgia por el hijo primero que reclamó espacio en su vientre y abortó a los tres meses; creía que era muy joven, condición suficiente que hoy no le resulta necesaria.

 

Un clavo, martillado por el pasado, horada la palma sobre su cruz: "mi garotinho tenía este tamaño cuando lo tiraron de mi". El pone la mano sobre su frente, pero la corona de fantasmas no admite que deje de espinarle tanto dolor acumulado en sólo dos décadas. No llora, pero lo lamenta pues aunque quede nuevamente embarazada –por las cirugías posteriores a su accidente- "si quiero que nazca un hijo, mi cuerpo no resistiría y en el alumbramiento moriría". Muerde su labio inferior y él no contiene la depresión. Impotente mecanismo de defensa, solidaridad que no reclama ni le alivia. Sentada en el muelle del Pontal, escruta el horizonte nuboso –recortado por 65 islas- una respuesta a qué hacer con su vida al volver a la vida; algo que valga la pena.  

 

Insiste con que "no quiero casarme para garantizar fortuna e infelicidad, ni enterrarme aquí en una tienda de lembrancas". Nunca mejor nombre para las chucherías que se venden en las 'tiendas de recuerdos' de quien se queda a atenderlas. Varias amigas están bien casadas en Italia, luego de capturar a un candidato de paso que las llevara en pleno encandilamiento. Una paseaba borracha su prosperidad de vacaciones, snob de costoso jean en las piernas y gin en la mano, por si la marea ruidosa de Co-Co Nut –discoteca kitsch en que el D.J. era el dueño genovés cantando sobre mezcla de baladas para amantes- no pudiera arrasar su costera conciencia; venta costosa de su solitud

 

Su cierre se arriesga por la protesta de dos hermanas solteronas que explotan el sesquicentenario Solar dós Geranios, hostal contiguo de piedra, madera y cinco gatos caprichosos mejor atendidos que sus huéspedes. Pero la apertura es sostenida por las nuevas ricas que tienen así zona franca adonde ir en grupo a "bailar solas" y hallar latin lovers que frecuentar, ocultos por la oscuridad que sólo iguala con luz violácea fluorescente las camisas claras y los dientes. No en vano dice el refrán que "de noche, todos los gatos son pardos", salvo los mininos beige atigrados de las hoteleras, enfrentadas con tigresas a las que poco importa una mancha más. Los centros de descanso de cualquier parte del mundo comparten ese drama que los cruza: para el turista son el paraíso y la ruptura con la rutina; para el lugareño son condena impurgable a la nesciencia de comenzar cada día el insoportable círculo de servir al solaz de caras diferentes tan iguales. El huir se hace impostergable; hasta fugir negocian sonrisa por apariencia de mueca que vestir en el trabajo.

 

"Amelia, tienes que sufrir mucho para aprender" exhorta la máxima paterna que ella repite entre susurros roncos, al leer un diario íntimo que asienta en un ajado cuaderno a rayas. Quizás le sobró del segundo año liceal al que llegó a duras penas, pero abandonó. Falsea que "soy muy vaga" para ocultar su vergüenza de compartir el pupitre con adolescentes. No se engaña sobre la desventaja de su renga deformación y carencia de formación. Ni confía en tener la paciencia del tartamudo Demóstenes para ser orador, mientras estruja guijarros de la calcárea playa, similares a los que él ponía en su boca. Desea un motivo, pero no está segura de cuál. Querría actuar en comedias, primer escalón para alcanzar el Olimpo de dioses del analfabeto pueblo alfabetizado por telenovelas, dramas irreales que son más llevaderos; las dos máscaras.

 

Quiere irse a Rio, a la cosmopolita vieja capital donde tiene familiares y otro hombre, causalmente de 40 años, que conoció siete meses atrás. Es completamente preto, cuenta con brillo en sus pupilas, mostrando pasión por esa tonalidad renegrida, más que por el cobrizo que la cubre. Su segunda y última pareja también es casado y tiene hijos. "Parece que estuviera condenada a querer hombres mayores y comprometidos" se elektricritica una caída de ojos aislante, sin quitar la vista del carné que le dejó dos meses antes, como prueba (de amor) de que volvería en 15 días. Mira en su billetera la foto de su príncipe encantado que semeja un pistolero de Harlem; él lo envidia y comprueba lo que puede disparar el amor, no importa su máscara.

 

Esperando en vano, la Penélope mulata teje y desteje recuerdos mal enhebrados, que giran en la rueca a que su sien sirve de eje. "Sé que no volverá" admite al guardar la cédula y no descarta ir acaso a Milán, adonde la llevaría una amiga que trabaja en Cine Arte. Tras cenar en Punto Divino -la pizzería frente a la plaza- la invita a la disco y, en cuestión de minutos, en la pista semivacía sus dedos se confundieron, ganándole apenas de mano a sus labios y mente.  Al tiempo que las lenguas sin miedo se descubrían, él encubría el temor de imaginarla sola en un mundo que no comprenda, cayendo entre proxenetas que terminarán con su insistencia en no abandonarse a la soledad ni la conmiseración; es hora de dejar las ilusorias policiales del pasado y pasar a la novela del presente, se dijo.

 

A pocos kilómetros, en la praia de Sao Gonzalo, bajo una cortina de lluvia muy intensa y poco extensa, la gostosa afrodita abrazará desnuda al aire libre a ese completo extraño. Está cansada de esperar. No lo ama pero lo desea, y le agradece que sea gentil, que penetre hasta sus adentros en un rapto de compartido desenfreno –suspendiendo la razón- pero que luego la acompañe a formar juntos una trenza pensativa, echados sobre arena pegajosa que les empanaba. El descubrió que la dama color café escondía otro par de labios rosados que se abren, mucho después que sus rodillas, si se tiene paciencia de esperar otra agua. Nunca los vieron los rubios bebedos de la dancetería cuya brutalidad ella aborrece –borrachos de pobre portunglish- que la suponen en celo eterno y pretenden atropellarla con sus dólares para, acabado el trámite, dejarla sola. "Mi cuerpo responde con un orgasmo que, luego, ni disfruto", confiesa sin falso pudor. Su frente comparte con el desconocido, para conseguir una instantánea de su alma en ese momento; mejor que una imagen que se desvanece, obtiene la verosimilitud del tacto.

 

Una despoblada rodoviaria del promiscuo Paraty sabatino daba ingrata despedida al corresponsal, sin reconocer el tiempo en que fue parte del paisaje, sin acatar el rol asignado de turista recolector de postales. Sin embargo, un álbum de sonidos –ruidos, interjecciones, onomatopeyas- se iban como collage sinestésico mezclado dentro de una colección de noches más allá de la soledad y más acá del amor, en una lucha fogosa a muerte por la vida, que los llevaba de un lado al otro de la ilusión. Imposible no erizarse cuando, procedentes de una minúscula barraca de cemento, le vuelven a convocar los gemidos rítmicos que emitía una cama desvencijada de caños de bronce en Trindade. Se trata de un pueblo de pescadores media hora al sur, al pie de un morro con un camino rojizo de cuatro resbaladizos kilómetros que bajaron y subieron juntos a pie. Allí se fugaban de las salvajes lenguas parroquianas de la feria de Paraty, pues lo más peligroso que podía esperarles en tierra de los cairucu –gigantescos pedrones trinitarios- serían mosquitos borrachudos que almacenan un banco de sangre cada uno. O el rugido de fieras olas verdosas, transparentando el lecho marino, que se amansaban al chocar contra las rocas de la costa, a escasos cincuenta metros del lecho casi humedecido, de un hundido colchón sobre parrilla de resortes vencidos, que servía de mantel para el postre del sueño a dos, tras el agotador banquete, previa ducha fría al alba hirviente de alguien 50% mayor. Un calentador dejaría sin electricidad a la aldea sólo conectándolo; complejo de Elektra.

 

Algún sol naciente aún lo encontró casi desfalleciente pero escuchando atento su lectura casi escolar de los apuntes en el cuaderno escolar, que carga en la mochila negra. Allí cargaba sus pesados recuerdos convertidos en leves frases de construcción cuasi infantil; inocencia estafada. "Es una ilusión lo que espero" leía, para que pudiera interpretar su conducta, aunque hiperbolizaba que, "en definitiva, todo es ilusión"; el que esté libre de concupiscencia que tire la primera piedra. Antes de trepar al transporte de partida, él apuntó en su diario -con no poca admiración- cómo cada humano en cualquier lugar del globo, pese a dispares peripecias, puede llegar antes o después a conclusiones de filósofos –sea posmoderno o sofista, teórico de la Escuela de Frankfort o bailarina de lambada- tejiendo su "todo es ilusión", que vuelve cada noche a descoser la trama que viene zurciendo; vaya Odisea.

 

Ya en viaje, retomó y se hundió en "El Amor/La Soledad" -libro de André Comte-Sponville abandonado al llegar- y comparó sus garabatos previos sobre "la noche más sola" con las reflexiones del filósofo en favor de la calma desesperanza pues –a su entender- "la esperanza nos separa de la dicha", transformándose en ilusión al proyectar al futuro la expectativa de ser feliz y someterla a posible frustración. Fue entonces que sintió que le caía la mochila con todo su peso o el muro en la espalda, como los maratonistas llaman al cambio de grasas tras superar los 30 kilómetros. Creyó desnudar su alma de poses para no ignorar desde el balcón pretendidamente intelectual al frágil límite humano entre desesperanza y desesperación: ¿tenía derecho a negarle a ella tal refugio? La ilusión -ante la imposibilidad de la inesperanza a priori, para precaverse de la desesperanza antes de vivir- era la barrera que separaba el amor de la soledad; el derecho a suponer que es posible sostener la confianza en apariencias indemostrables.

 

Extenuado por la lectura a oscuras sobre ruedas, cerró los ojos y recordó resplandeciente la última vez que se vieron. Desde entonces el macrocosmos se solidarizaría románticamente con su microcosmos carente de luz, al cubrir el cielo de nubarrones que volcaron aguaceros y causaron apagones en los que se dedicó a empaparse inútilmente, lanzando balones incesante -e insensatamente- a la canasta de baloncesto frente a la Iglesia Matriz, casi como penitencia por no entender. Ya no podía disfrutar los diluvios, como con Amelia, al abrigo de la posada. Cuando dejó de precipitar aquella postrer noche -y el agua estancada transformaba las calles en canales venecianos de poco calado- fueron hasta la plaza a esperar que el aire refrescado trajera el sueño o la humedad el deseo renovado, dejando a sus ojos recrearse en el reflejo de los balcones de madera en su alfombra espejo; ella se mimetizaba fantasmagórica con la ciudad narcisista, admirándose ambas en el gran lago urbano que ahogaba el empedrado.   

 

La madrugada preestrenaba espléndida, silenciosa, agradable. Un perfil más tinto que la oscuridad dominante le semejó conocido. La aparente falsa alarma se fue confirmando mientras charlaban. Ella pensaba que era traición de su instinto el suponerlo detrás de cada esquina. El se acercó a ellos, exhibiendo músculos de récordman mundial bajo efecto de esteroides anabolizantes. Su calzado deportivo era recién comprado por lo brillante, la bermuda impecable de tela verde, cinturón de cuero labrado y camiseta en la cual a tiempo se estaba de ubicar la marca abandonada por la etiqueta. Apoyó un pie en el banco de ellos, se mojó los labios tamaño familiar y le descubrió una hilera de dientes en forma de sonrisa. Miró a Amelia, sin atender siquiera a su potencial rival de paso; ella se hizo agua, cual holograma en tercera dimensión que el ilusionista deconstruye a voluntad.

 

Charlaron aparte junto a un árbol -sin mayor gesticulación ni movimiento de labios que avergonzara a un ventrílocuo- mientras el hipotérmico pensador se sentía helado con un insignificante helado en la mano, sin aquilatar el significado ni saber qué pensar. Estaba en curso un tipo de comunicación cuyos códigos no había logrado descifrar ni que le enseñaran. El reaparecido se fue lento por una callejuela lateral, como esperando a ser alcanzado. La resucitada se deshizo con forzada gentileza del gringo, para apurar su paso jodido tras la sombra que se alejaba con las manos en los bolsillos. "Amo a ese hombre" soltó al pasar, en forzada despedida, junto a un cronista que se sentía muy idiota con el jornal bajo el brazo y que abrió en las páginas de avisos clasificados en pos de un curso en el cual aprender urgente lo que nadie le explicó que esconde la máscara de una mujer. Si su afición filosófica le había aclarado que la precondición socrática para la Sabiduría es saber lo que no se sabe, él ya tenía por cierto que desconocía la naturaleza de la condición humana y, mucho menos, la femenina que –por crear vida y dar a luz- tiene algo de naturaleza y condición divina.

 

La Terminal Novo Rio se adivinaba repleta a pesar que los cariocas por mayoría absoluta estarían despertándose cuando atracó el ómnibus. Agachado para recoger los bolsos, un tranco abrupto provocó la erección de su vista. Era Amelia, con una exposición dental itinerante más amplia que la última vez cuando la dejó ir. "Le dije que no sería su apéndice" continuó, como si hasta minutos atrás vinieran conversando, "y si no consigo trabajo aquí, partiré a Italia el próximo mes". Discursaba sin reparar en las lagañas que impedían a las órbitas oculares de su interlocutor expandirse todo lo que deseaba ordenarles el entumecido cerebro en vías de desensoñación. Había querido darle una sorpresa y saludarle, cuando supo que haría escala en la gran ciudad. Durante el largo abrazo de despedida, que duró segundos, sintió el roce de sus pezones duros que trasponían la blusa, pero la sorpresa fue que en vez de eros le provocara philia, aquel amor griego por amigos o parientes; aquellos por cuya existencia el mundo parece un ágape si están bien.

 

El sabía que éste sería el adiós y que se quedaría sin saber los por qué que ella se llevaría, pero no quiso incomodarla. Vaya paradoja de andén en la que oscilaban: su último beso fue en los labios, como aventurando el inminente síndrome de abstinencia de la mutua posesión a la que se habían bien malacostumbrado. Percibió que una de las manos, la que no le sujetaba por la cintura, deslizaba un pequeño paquete dentro de su campera. Aceptó el misterioso movimiento sin preguntar para no arruinar esa agonía, a la que ella puso fin con un dedo sobre la boca en solicitud de silencio. Las palabras pronunciables ya estaban de más: "allí tienes mi parte de la historia". Y se perdió saludando hacia atrás desde el primer escalón de un microbús en marcha, mientras jugaba su talón con un zueco negro, que casi cae a la calle. El aceleró su paso temiendo que perdiera estabilidad. Pero la Historia no se repite aunque insista groseramente en parodiarse; una nueva vida la esperaba entre otros morros, arenas o aguas.

 

No le había dado tiempo de abrir el supuesto sobre frente a ella, pero no era lo que extrajo del bolsillo sino carillas de cuaderno directamente arrancadas. Entendió que el significado que le urgía conocer resultaba minimizado por un mensaje mayor que portaba el significante: las páginas cortadas traducían que tampoco él sería más parte de la memoria que ella cargaría, pues las hojas que se dan vuelta siguen estando, pero no las extraídas. Con el peso de estar fuera de su futuro y de su pasado, restaba el consuelo de rescatar los momentos recreados por escrito, desde el otro ángulo, cuando era presente el reciente tiempo pretérito. Y empezó a leer -como si escuchara a quien le recitaba en el colchón maltrecho- sus frases cortas, sus palabras simples, sus construcciones infantiles, su pobre terminología expresando mil veces mejor -que las propias metáforas, teorías y parábolas inválidas de humanidad- aquellas simplezas que no le permitieron apreciar a quien tuvo entre manos y ya no tendría. Lo oculto se le había escabullido ante sus ojos y entre los dedos. No supo verlo ni asirlo, pues no es acto sólo de ojos, tacto ni cerebro, sino interpretación semiótica o intuitiva de sentidos y sentimientos de quien se nos cruza. Ella veía en su devaneo conceptual –que la apasionaba porque lo apasionaba- el mismo Narciso del que él le acusaba respecto a su anatomía; simultáneamente fueron sus respectivos ecos… hasta ahogarse.

 

Ambos habían hallado mutua y temporalmente un gemelo de la magnitud de su soledad –diría Erich Fromm- pero cada uno seguía amando su diferente espejo por separado. Entonces comprendió y ya no fue mochila sino una maleta el muro que cayó y no podía levantar; se sentó encima lagrimeando adolescentemente sobre sus apuntes y libro. Lloró luego, como un crío, más diluvialmente que las tormentas que gozaban juntos desde el balcón de la posada. Lloró al final inútilmente, cual un bebé, por no entender a tiempo el mundo que le rodea ni nada de lo que ella quiso, más allá de lo que expresó verbalmente. Terminó acostándose vestido al lado de un amplio sommier, en el piso de una habitación donde yació horas acurrucado en posición fetal. La vertiginosa regresión acaeció rauda en una escalera a la que sólo faltaba un peldaño hasta llegar al ecosistema del vientre materno, del que el mar –apenas cruzando el bulevar frente al hotel- es representación vicaria desde el fondo de los tiempos; lo que semeja simple tal vez esconda lo más complejo.

 

Los brasileños ironizan que Rio de Janeiro es como el monumental Cristo Redentor: recibe con los brazos abiertos, pero nunca te abraza. Quizás por ello se pueden hallar -durante la subida a ese mirador- zapatillas abandonadas por quienes, sintiéndose atrapados, llenan fugazmente el vacío con su caída libre desde el Corcovado hacia la lagoa, aunque siempre se estrellen mucho antes entre la vegetación por la que trepa el frágil trencito. Algo aliviado horas después, reencontrado con la despreocupada cara turística de la avenida Atlántica, mirando hacia el Jorobado con mediación de hoteles cinco estrellas y favelas, maldijo la memoria ahíta de ciudades pequeñas o megalópolis -antiguas o modernas- que fagocitan los anhelos de la gente y defecan sobre sus mejores esfuerzos.

 

Completó entonces el apunte suelto ensayado en el margen del periódico: "Quizás la ilusión al límite o vivida en el límite, sea la frontera adonde probar si tratamos con una apariencia de Amor o una máscara de la Soledad". Cargó piedras en los bolsillos, al tiempo que abandonaba el calzado para caminar hacia la Bahía de Guanabara, dubitando entre la esperanza de Demóstenes, la desesperanza de Comte o desesperación de Virginia Woolf. Y arando la arena con una cuerda de tiro, anudada cual rosario de una cuenta, rogó ahogadamente desde Ipanema -sin convicción- para que esta garota mereciera una excepción que haga honor a su ilusión; hundiéndose de este lado del amor y saliendo a flote más allá de la soledad.­ +

 

Carlos Daniel Montero Gaguine (1964), corresponsal y escritor uruguayo. Autor de dos libros de investigación periodística (1988 y 1992), integra con dos cuentos la antología NUEVA LITERATURA EN HABLA HISPANA (2007, Argentina), como finalista entre 2.300 escritores del continente. Su ensayo "El Poder de la Palabra y la Palabra del Poder" es la cuarto obra publicada (2009, México). Estudió con Ryszard Kapuscinki, Premio Príncipe de Asturias en Comunicación, al ganar la tercera beca de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano del Nóbel Gabriel García Márquez (2002, Colombia) entre 180 reporteros de América Latina. Ganó el Premio Nacional de Periodismo (2001, Paraguay), primera mención del Premio a la Excelencia Periodística (2004, U. Columbia), gana el concurso de ensayos 2004 sobre ampliación europea (UE) y premio CX en Comunicación (2008, Uruguay). Cubrió 25 países como corresponsal de las agencias AFP, IPS, Sucesos, DPA; periódicos Gazeta Mercantil de Brasil, Mercado de Argentina, EL DIA de Paraguay y subjefe de redacción de LA REPUBLICA de Montevideo. Fue jefe de redacción y fundó las revistas TIEMPO (Asunción, 1994) y RUMBOSUR (Montevideo, 2005). Es corresponsal económico Cono Sur de Radio Nederland (1999-2009), BBC de Londres (1989-94) y Radio Trans-Mundial (1982-5). Actual Coordinador General del Sistema Nacional de Corresponsales (Radio Uruguay). Lic. en Ciencias de la Comunicación (UDELAR), Técnico en Com. Social, Diplomado en Gestión Estratégica de Alta Dirección (Instituto Tecnológico de Monterrey) y Diploma de Economía para Periodistas (UDELAR). Aún está inédito un diccionario antológico suyo sobre la obra en castellano del polaco Kapuscinski.


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Carlos Daniel Montero Gaguine
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