Crónicas de Torsos Huérfanos

Crónicas de Torsos Huérfanos
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11/02/2007

La vocación de ser útil más allá de la vida (p/C.Montero: Especial 2 de noviembre)

EDICION ESPECIAL por el 2 de NOVIEMBRE
(versión final del doble de la extensión que el homenaje original
enviado al concurso en 2007 de MUJERES CON HORMONAS)
 
ooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo
 
La vocación de ser útil más allá de la vida
 
ORO EN POLVO… Y LINGOTES

por Carlos Montero, desde Kiyú, San José

 

Me aferré de su meñique izquierdo con mi mano derecha y con la otra le arranqué el primer botón de la blusa, mientras su brazo se deslizaba por mi torso desnudo.

 

Temblaba ante la idea de entregarme a la desconocida.

 

Temblaba ante la idea de entregarme a lo desconocido.

 

Siempre es común la primera vez.

 

Siempre duele el primer contacto, que es el más difícil… con el agua, como lo fue con el aire, el fuego, la tierra de la que venimos.

 

Por eso se nos considera humanos, por provenir del "humus" -el polvo- no el de nuestro padre sino el de nuestra madre Tierra.

 

Pasamos nueve meses percibiendo el mundo desde el vientre, sumergidos en su agua hasta el imprinting, cuando el fogonazo lacerante de la luz se dispara para que abramos los pulmones a la entrada del oxígeno.

 

Y allí el primer llanto.

 

Que se repite con el primer baño –bautismo de fuego con los usos sociales- por la sensación de perder el control ante lo nuevo y la necesidad de confiar en el otro que te guía y sostiene.

 

Instruyendo a una joven madre de 20 años, sobre cómo debería manejarse, muy segura de su rol estaba Oro, mi tía abuela.

 

"Mirá como se resiste" comentaba –riéndose- al resto que se reunía para ver el debut a corazón batiente del chiche nuevo.

 

Mientras, ella evitaba que la bañara con el pataleo, cuenta la tradición familiar que evoco de mi tía más vieja, mi abuela alterna, cuya mano aferraba entonces como a un salvavidas.

 

Cuarenta años después estoy nuevamente tomado de sus dedos, acariciando su piel reseca en el sanatorio, bajo el soplido regular del oxígeno y el aliento irregular por su jadeo.

 

Ella también se resiste, como biófila que es, una amante de la vida y de la curiosidad de descubrir, recorrer, viajar, ayudar...

 

Sé que le han desconectado los equipos artificiales y sigue su coma con los tratamientos que ni reducen ni extienden vanamente la existencia.

 

El batir de su tambor vital se va apagando y el doctor advierte que sea su último fin de semana, mientras vuelvo a tomar su mano para que me bañe de recuerdos

 

Sus ojos de órbita hundida –no de ahora sino siempre- los hallé iguales que en las costas del Mar Egeo, en las ancianas griegas vestidas con ropas y pañuelo negro.

 

No en vano responde a los rasgos de su madre venida de Salónica, zona helénica donde se concentraba la mayor cantidad de sefaradíes de Grecia.

 

"Tú deja a los muertos con los muertos y vete con los vivos" había aconsejado una de esas ancianas, que cuidaba la sinagoga de la isla de Rodas, cuando supo que dirgía los pasos hacia el cementerio donde están mi tatarabuelo y choznos.

 

La mujer sabía de lo que hablaba, pues era una de las dos sobrevivientes de Auschwitz en toda la isla y muy tarde –mucho después de entrevistarla- supe por parientes que era una lejana familiar.

 

Nada dijo, entonces, cuando le señalé los apellidos que formaban el árbol genealógico, que se cruzaban con los propios.

 

Pero al rodear mi palma con su mano en forma de puño, empiezo a asumir que soy yo el que pretendo con ese gesto oficiar de salvavidas.

 

Para retener de este lado de la frontera de la vida a esta testigo de las memorias carecidas, que sólo ella puede transferir, sobre nuestros ancestros y uno mismo antes de que supiera bañarse por la propia cuenta.

 

En épocas de necesidad, ella fue tía y madre alterna de mi madre, época en que las tradicionales familias grandes sin teléfono –no la moderna familia celular- juntaba a bisabuelos inmigrantes con abuelos, tíos y madre.

 

Llegaron a sumar ocho bajo el mismo techo de un casona grande con patio, altillo, azotea y jardín con muro, donde –con sólo otras tres mujeres- había pasado la niñez.

 

Llegó a ese hogar tras casarse con el tío abuelo –ambos judíos de primera generación- priorizando su amor a la vocación de ser una de las jóvenes pioneras de la construcción del Estado de Israel, cuando estaba lejos de ser una promesa de comodidad.

 

Distraída le preguntó a sus compañeras "¿Quién es el muchacho que está ahí esperando?", cuando su futuro compañero de por vida fue a buscarla por primera vez.

 

Su memorable pobre memoria le jugó otra de sus malas pasadas.

 

Había olvidado a quien había conocido y la vino a recoger con flores a la salida del trabajo, adonde había llegado para acompañarla de regreso y aprovechar para conocerla mejor en el trayecto del tranvía.

 

Ni de casados dejarían de disfrutar los largos viajes interdepartamentales e internacionales por tierra.

 

Acompañando a su sobrina, en viaje de 15 años, un vuelco en ómnibus por las sierras argentinas rumbo a Venado Tuerto, la tuvo asistiendo a varios pasajeros en la noche ventosa mientras llegaba la emergencia.

 

Una de ellos era mi madre, y otro su propio esposo, el tío Isaac, a quien vendó la ceja derecha, con el ojo incluído por si acaso.

 

El único problema era que el arco superciliar ensangrentado era el derecho.

 

Cincuenta años más tarde aquella sobrina estaría aún sentada a su lado, mientras tía Oro se preparaba para el vuelco rumbo a su viaje más largo.

 

El novel matrimonio se mudaría a una casa vecina, apenas a un corredor de distancia de la de sus suegros, luego de aquella experiencia.

 

Su cachila fue el medio para apilar la familia en safaris hasta el Camino del Indio en Kiyú, a escasos setenta kilómetros al oeste de la capital.

 

Allí construyeron su chalet y se acumularon decenas de vivencias familiares impregnadas del aroma a galleta de campaña de la panadería del lugar.

 

En uno de los apagones frecuentes, la interesada husmeaba el origen del aroma a quemado, que no provenía sino de un mechón del pelo de su sobrina que se había prendido fuego con la vela que portaba y humeaba.

 

"¿Por qué me pegan en la cabeza?" reclamaba nuestra querida, cuando toda la familia trataba de reducir a manotazos la llama sobre su testa.

 

Fue la única vez que le ví pegar a alguien.

 

Salvo un amargo día de Reyes en que se dio la cabeza contra la pared, envuelta en angustia y llanto.

 

Sin prisa pero sin pausa, el más chico de la familia se llegó a comer las albóndigas de almuerzo para todo el familión, para matar el ocio del viaje.

 

Cubrir el trayecto en unas dos horas desde Montevideo, tenía como explicación para tal atraso a la lenta salida por la angosta avenida Batlle Berres hasta el puente sobre el río Santa Lucía.

 

Y a alguna que otra parada en Santiago Vásquez para ver los veleros y aprovechar un baño, antes de cruzar la riesgosa frontera económica con el departamento de San José, donde pululaban los contrabandistas de la carne que traían su abaratado cargamento hacia la capital.

 

Más tarde, cuando hubo inapetencia, de sobremesa la tía pelaba la manzana para postre del tío, que trabajaba mucho como ella en su ferretería de calle Grecia, nombre que tanto apelaba a sus raíces.

 

Como ex hijo solterón –hombre de su tiempo- nunca se preparó siquiera un plato ni una fruta.

 

Falsamente sorprendido, Isaac reclamaba a voz en cuello: "¡Oro ¿quién me roba la manzana?!"

 

Y entre ocultas risas cómplices, los dos lograban que yo comiera jugando.

 

La afición por la geografía y los viajes de dos almas gemelas, como Oro e Isaac, superó sus más de tres décadas de matrimonio.

 

Unidos a un grupo de aventureros matrimonios uruguayos de su edad, ya cerca de los setenta años seguían yéndose en ómnibus fletados a conocer las nacientes del río Uruguay o subir al encrespado Salto del Penitente.

 

El apetito creciente por aprender de mapas y, sobre todo, de Historia, fue alimentado en mi niñez durante años con su regalo semanal de aquellas revistas Billiken de Argentina y Charoná de Uruguay.

 

Transmitían como obligación generacional el trauma nacional: haciéndome compartir la conmoción del relato de "don Carlos Solé", grabado en disco de pasta de 78 revoluciones por minuto.

 

Nos erizábamos juntos con los goles uruguayos a Brasil durante la final de la Copa del Mundo que selló el paraíso de los uruguayos en 1950 y en Maracaná.

 

Pero así como reafirmaba la tradición, no temió desafiarla cuando estuvo convencida que no traicionaba al Judaísmo de sus padres –en espera del Mesías- al concluir que Jesús había llenado dicha expectativa.  

 

Y tras que murió el tío, al que acompañó sin desmayo en su larga agonía hospitalaria, su velatorio se cubrió de cánticos cristianos con música sefaradí.

 

Ella deseaba que me llevara todos los libros que quisiera de sus bibliotecas.

 

Me daba vergüenza.

 

Lo sentía como un abuso, pues se trataba de una herencia de tomos, libros y suplementos, que a la vez eran recuerdos de una vida en común que construyeron como su amor.

 

Pero, en su visión, se trataba de dar vida transmitiendo a la nueva generación el cúmulo de conocimiento atesorado y no la acumulación inútil de impresos, que a la vez eran por sí solos convocantes de emociones inconvenientes que emergían de cada recuerdo.

 

"Tu tío estaría feliz que lo aprovecharas" repetía casi considerando un desprecio que no tomara la oportunidad a beneficio del inventario de sus lecturas, aun a riesgo del filtro ávido de mis intereses.

 

El día de mi boda, ella iba a ser objeto de cirugía al corazón, pero se resistió ni quiso que nada se postergara.

 

A la vuelta de la luna de miel nos esperó en su cama de hospital con una sonrisa de triunfo bajo sus rulos plateados.

 

Y sobreviviría todo el matrimonio y separación, seis años después.

 

Así como estoy trabado desde el viernes sin poder escribir, pendiente de sus últimas horas que terminaron este domingo, no he podido jamás enfrentar la muerte de mis queridos sin escribir.

 

Es como una rebelión contra la intrascendencia y ganarle al olvido, perpetuar sentimientos y también relegar el dolor presente.

 

Terminé de madrugada mis reportes sobre la reunión de ministros de América para la agencia alemana DPA, al lanzar el Mercado Común del Conocimiento, antes de viajar al velatorio de mi abuelo.

 

Volví de Caracas de la asunción del presidente venezolano al entierro de mi única prima hermana y del cementerio fui directo a transmitir.

 

Me encerré todo un sábado adelantando tres páginas de mi nota diaria en el periódico económico de Asunción, pues hasta el domingo de mañana debí esperar avión que llevara al sepelio de mi más pequeño hermano.

 

Me avisan al exterior que mi abuela murió a la medianoche en Uruguay y, aún llorando, a las cinco de la mañana estaba editando a mis corresponsales antes del entierro.

 

Hablábamos de este tema con uno de mis mejores amigos, mientras viajaba en taxi por la capital argentina.

 

¡No sé, negro, cómo podés!, me cuestionaba en Buenos Aires un conocido editor de diario y compañero de carrera en la Universidad.

 

Nada que ver tiene con el profesionalismo.

 

No tengo otra explicación que admitir que, ocuparse en que la hoja deje de estar en blanco, ayuda a "superar el momento de dolor" –como la disociación al atleta- y usar lo profesional para concentrarme menos en lo personal.

 

Nunca le hallé poesía a la muerte: Es para poetas.

 

Tampoco le encontré drama, ni al morir un entrevistado en mis brazos.

 

Me refiero a la ausencia de efectos trágicos, en el sentido que recarga la industria o el sector servicios dedicado al espectáculo.

 

Lo más sorprendente y conmovedor hasta los huesos (o hasta que éstos se hagan óseas cenizas) es que, cuando presenciamos la muerte de al lado -no la mediatizada por el cine o la televisión- ésta carece del predicable de "espectacular".

 

Lo más conmocionante es que el ser vivo que estaba al lado tuyo, de pronto, no está más vivo.

 

Se fue sin banda sonora melosa ni frases épicas.

 

Es un irse apagando (a veces) o simplemente un apagón (en otras).

 

Traduce contundente nuestra efímera finitud, límite que invita con su misterio a priorizar lo intenso e importante.

 

Pero todavía no soy yo quien se resiste al desenlace.

 

Creo que quien entregó su vida a cuidar a los demás, correr atrás de cada enfermo de la familia y evitar el dolor a los que podía, incluso a desconocidos, merece extinguirse rodeada de quienes la quisieron.

 

Y sin dolor agregado al que vamos acumulando a lo largo de la vida.

 

No tengo la neurona fresca como para recordar al autor que escribió -con certeza- que "eso que tú llamas muerte, es apenas el último dolor".

 

Enseña que vamos muriendo en etapas.

 

Vamos perdiendo parte del placer de estar, hasta que perdemos el placer de ser.

 

Luego, ya no somos, con o sin signos vitales.

 

Los que posan de poéticos dicen que a la gente fecunda no se la entierra, sino se la siembra.

 

Detesto esa frase, como la de los actores que dicen sensibleramente ante los medios -al opinar sobre el difunto- que "se fue de gira".

 

Pero este domingo nos enteramos que la tía, con 81 años, había ido a firmar la donación de sus órganos.

 

Lo relató su hijo, al que adoptó con su esposo, el que les permitió plasmar su común instinto y vocación de maternidad y paternidad.

 

Pero los parámetros oficiales que nos rigen y nos normalizan se interpusieron a su vocación de ser útil y seguir viviendo, aunque más no sea en partes, en los otros, fueran o no conocidos.

 

Le contestaron que ya su cuerpo estaba con un desgaste importante por la "avanzada edad", agregada a la erosión que le habían gestado las recurrentes crisis a causa de la diabetes.

 

Quizás ofendida por el desaire ante el rechazo de la donación de sus últimas y más preciadas pertenencias, ofrecidas a los demás, la anciana tía no se dejó desalentar.

 

Si Albert Einstein pudo donar el cerebro a la Universidad de Princeton, ella fue a la Facultad de Medicina estatal y donó el cuerpo entero –su envase lesionado- para investigación de los futuros doctores que podrían algún día ser mejor enseñados para salvar más vidas.

 

Así que el lunes siguiente de mañana me enteré de la sorpresa que nos tenía guardada.

 

El último deseo aleccionante que legaba nos privaba del tradicional duelo que hubiera significado enterrarle.

 

No lo deseó, siendo que aún podía ser útil.

 

Mi tía no creía en eso de que "del polvo vienes y al polvo vas".

 

Ella ya no estaba dentro de ese cuerpo que, en vez de hacerse Oro en polvo, seguirá sólido en lecciones -en partes como los lingotes- no sólo para quienes la conocimos sino de los que se perdieron la oportunidad. +



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Carlos Daniel Montero Gaguine
Corresponsal económico RADIO NEDERLAND para Cono Sur
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