Crónicas de Torsos Huérfanos

Crónicas de Torsos Huérfanos
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10/04/2007

La Invasion en los Tiempos de Colera (Especial en el Dia del Patrimonio)

ESPECIAL, en el DIA del PATRIMONIO, sobre el MATRIMONIO

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Paz y Salud, matrimonio del mayor patrimonio de la Humanidad a defender

 

LA INVASION EN LOS

TIEMPOS DE COLERA

 

- Irak atacado por el cólera y la cólera igual que el castigado Perú de los 90

 

por Carlos Montero, LA SINTESIS MERCOSUR

 

Llegué a Lima en 1990 enviado por mi semanario y radio; en 1992 por una televisora y en 1994 a instalar una agencia de noticias. La primera vez fuí por razones periodísticas y volví con un amor inesperado; la segunda por razones periodísticas para reencontrar al amor que me esperaba y la tercera por razones periodísticas volví casado con la profesión. Tres viajes bienales me enamoraron del lugar anatemizado a nivel global por el cólera local. El matrimonio de paz y salud –mayor patrimonio de la Humanidad- se divorció en el Perú de terrorismo y guerra sucia -olvidando votos de amor- como sucede a estas horas en Irak, donde copulan guerra y enfermedad.

 

La cólera desatada en 1980 por la guerrilla maoista de Sendero Luminoso del presidente Gonzalo –alias de Abimael Guzmán-, correspondida en su necrofilia en 1990 por el terrorismo estatal del presidente Alberto Fujimori y sus 'sinchi' -soldados antiinsurgentes de choque-, quizás por homonimia había minado –en sentido recto y figurado- o bombardeado la vida de su gente, mientras su salud era absorbida por el cólera en su sentido sanitario.

 

No había forma de explicarle a los de afuera que yo no desarrollaba mi corresponsalía con un tapaboca en el burgués barrio Miraflores ni que debía esperar el paso de camillas con agonizantes para cruzar hasta el costero Malecón, para comer con vista a la Rosa Náutica frente al Océano Pacífico, donde nos tomamos las manos por primera vez. El cólera no se veía sino en barrios obreros como San Martín de Porres, pasando el puente sobre el Rimac atrás de la sede del gobierno, o en las zonas serranas como Huaraz.

 

El entonces candidato a quien entrevisté en su casa del aristocrático Monterrico en junio de 1990 y luego presidente constitucional al que entrevisté en febrero de 1992 en el Palacio Pizarro, se transformaría en abril siguiente en dictador, luego en reelecto mandatario convalidado por la OEA, luego en prófugo, más tarde asilado candidato legislativo en Japón,  detenido en Chile y hoy extraditado de retorno a Perú. Con su paz imperial, sepulcro de su intención, ya había practicado sus shows mediáticos cuando comía ante cámaras un exquisito cebiche, con pescado crudo de aguas profundas rociado con limón pequeño y ácido, regado de picante. Pero para la cólera de médicos, el pueblo se contagiaba del cólera por peces sacados de ríos y arroyos poluídos en la capital o en sus malavenidos alrededores.

 

Al devolverme la visita, era patente el terror en la mirada de aquellos a los que les presentaba a la corresponsal, cuando les decía que venía de Perú. Ni les contaba los cebiches que nos comimos del Puente de los Suspiros en Barranco a la Alameda de los Descalzos, a los que cantó Chabuca Granda. Este patrimonio de recuerdos manaba hoy luego que leí que, en Ginebra, la Organización Mundial de la Salud informó de otra esquina del mundo donde el mismo mal acaba de enfermar a 3.300 personas y dejar catorce muertos, mínima constatación que atenúa 30.000 casos sospechosos declarados en los últimos dos meses. El diario español La Vanguardia dice que la bacteria vibrio cholera se expande por toda la Mesopotamia, tierra que rigiera otro dictador, Saddam Hussein, quien en los 80 esparció virus con armas bacteriológicas contra kurdos del norte y chíitas del sur, durante la guerra que lo enfrentó por nueve años contra el régimen de Khomeini.

 

Aquellas cepas le fueron proporcionadas por el mismo Estados Unidos, interesado en contener a Irán, según reveló el periodista estadounidense Craig Unger de la revista Esquire, en su libro "Los Bush y los Saud" (Planeta, 2004), que este fin de semana soleado me permitió terminar sin dar crédito a mis ojos. La cólera bélica fue causante de enfermedades, no como daño colateral, pues "EEUU autorizó el avance de programas" mediante los que "a partir de 1984, los Centros para el Control de Enfermedades empezaron a suministrar al Iraq de Saddam material biológico como virus, retrovirus, bacterias, hongos e incluso tejido infectado". ¿Qué fin científico persiguen laboratorios privados u oficiales tras eliminar una enfermedad, al conservar los principios que la provocan?

 

El ex investigador del Senado de EEUU James Tuite atestiguó que "intercambiábamos libremente materiales patógenos con un país donde conocíamos la existencia de un programa activo de guerra biológica". Eso pasó con la colaboración de los gobiernos de Ronald Reagan y George Bush padre, pero el gobierno de George Bush hijo ya no encontró esas cepas al invadir Irak -aunque sabía que habían estado allí porque las había proporcionado el mismo Washington-, debido a que el engendro que apoyó (Saddam como Osama, Noriega o Pinochet) se le dio vuelta y las debe haber destruido a tiempo, para evitar un ataque al que estaba destinado aunque fuera santo varón. Igual lo condenaron por masacres sobre kurdos y chiítas con armas biológicas cargadas por los mismos que lo condenaron.

 

Según la OMS, la nueva epidemia de cólera "podría trasmitirse con rapidez hacia las regiones que todavía no han sido afectadas por la enfermedad" en Irak, pues mil casos son sólo de la última semana por "mala calidad de las aguas y el estado deplorable en que se encuentran las instalaciones sanitarias". ¿Acaso las UPAs uruguayas de Obras Sanitarias del Estado (OSE) no podrían ser útiles para los administradores de EEUU, detrás del endeble gobierno confederado iraquí, como el mismo Bush se interesó en adquirir ante el ex presidente Jorge Batlle para purificar el agua? ¿O era que la oferta de contrato era moneda de cambio por integrar la coalición, en la que le va quedando El Salvador y hasta Gran Bretaña empieza a dejar?

 

Precisamente, dos UPAs (unidades potabilizadoras fabricadas por el ente estatal) fueron enviadas a las zonas afectadas por el reciente terremoto en Perú. Por televisión trataba de reconocer –entre ruinas- los lugares de caminatas apasionadas por la costa, al sur de Lima, una de las cuales fue interrumpida por los sinchis para hacer una leva de adolescentes que eran capturados un sábado de noche, a la salida de un baile, para ser llevados por un camino oscuro a luchar contra Sendero Luminoso. Por Internet, apelé a ubicar al antiguo amor, para saber si estaba bien, pues el temblor de tierra conmovió especialmente su natal Chincha Alta, tierra familiar que recorríamos en los tiempos del cólera, cuando me llevó a pedir su mano a casa de su abuela, llena de tíos y tías, muy cerca del balneario de Paracas.

 

Chincha Alta es la zona donde más se come en Perú, según se ufanan sus cálidos habitantes, gustadores del buen volley-ball (de ahí las atractivas espaldas anchas de sus mujeres), grandes engullidores de carapulcra (potaje con una ave entera que cada uno come en asadera mientras suda a mares), en una ciudad unida a las líneas de Nazca por una ruta cubierta de procesadoras de pescado que expiden aromas nauseabundos, pero que los turistas no perciben y se ahorran porque las sobrevuelan y aterrizan en avión. La casa de su abuela, cerca del centro, se derrumbó por completo, aunque nadie fue muerto pues los primeros remezones advirtieron a estos  peruanos que ya habían sufrido la catástrofe del terremoto de 1970. Recuerdo despertarme sobresaltado mientras buscaba de dónde venía ese ruido a subterráneo que me pasaba por abajo de la cama de dos plazas, en el acomodado barrio limeño de San Isidro, cuando ya sólo en 1994 me dedicaba a cubrir como corresponsal la sede del Pacto Andino. Aún no era hora de salir a correr a las seis de la mañana por la costa verde, del Golf a la Plaza del Amor hasta Barranquito, junto al grupo de los Perú Runners.

 

Tras un largo minuto llego a la conclusión: "esto debe ser un terremoto". Era mi debut. Perdía mi virginidad telúrica con un temblor de 4,7 grados en la escala de Richter, que me sacudía nada sensualmente. Carmen Rosa, la propietaria de la residencia arreglada como pensionado para profesionales, estaba al borde de la escalera y del pánico. Era lógico: para quien nunca vivió un terremoto, como el suscrito, todo es nuevo y no se es consciente del riesgo. Al limeño, que vivió la masacre del año setenta, cualquier remezón puede parecer el prolegómeno de una catástrofe por repetirse, más los peligros por caños rotos que desperdician el agua potable indispensable.

 

Vuelvo de las imágenes del pasado a las imágenes presentes de websites virtuales pues "casos de diarrea acuosa aguda se extienden sobre todo en provincias del norte iraquí, en particular en Kirkuk, donde 2.309 personas han sido contaminadas" de cólera con enfermos en Bagdad y las provincias cercanas, Basora y Tikrit, la tierra de Saddam. Un grupo multisectorial de respuesta iraquí busca contener la expansión del cólera, mientras la OMS se apresta a enviar un alerta global sugiriendo "limitar los viajes o el comercio hacia el país árabe, aunque ha recomendado a los países vecinos que refuercen sus sistemas de prevención", agrega diario La Vanguardia.

 

Ni que fuera necesario. Justito que todos en el mundo estamos planificando unas vacaciones en Irak, para pasar una 'temporada bomba' (valga repetir la cínica broma), entre fuerzas que responden a EEUU y su malavenida coalición ( 180.000 mercenarios y 160.000 soldados), la disidencia chiíta pro Irán, grupos sunnitas del Baath (ex partido de Hussein), a kurdos antiturcos que buscan la independencia y a yihadistas integristas de Al Qaeda, entre otros muyaidines wahabbitas sauditas pero anti casa de Saud. Y el civil que no lucha, trata que no le maten. Luego no enfermarse o poco.

 

Demasiada cólera propiciando demasiado cólera. En este Día del Patrimonio, y mientras UNESCO insiste con preservar con derecho el patrimonio tangible e intangible de la Humanidad, podríamos decir que la paz y la salud debieran concentrar esa prioridad, pues ambas combinadas son requisito sine qua non para garantir el mayor patrimonio a defender.

 

Descreo que el colombiano, que ganó el Nobel 1982 y publicó tres años después "El Amor en los Tiempos del Cólera" -llegado al cine en 2006 de la mano de Mike Newell-, sea útil para enseñar o ilustrar a los involucrados algo de su amor o comprensión en tiempos de tanta cólera. Los generales o señores de la guerra, sean invasores o resistentes -practiquen terrorismo, guerrilla o guerra convencional-, están en su laberinto: su Edén y Nirvana.

 

Y aunque Florentino, que guardaba su juvenil virginidad para Fermina, termine -por la distancia- descubriendo el amor en otros cuerpos y almas, la novela nos cuenta que jamás la olvidó, sin saber que estaba reservada su vejentud, en la que esperaría para reencontrarse con ella. La descripción de García Márquez es patrimonio intangible y reflexión sensible sobre el matrimonio, aún cuando pasee por frágiles pretiles del amor y el desamor.

 

Al Fermina recuperar sorpresivamente a su enamorado -cuando la muerte de su esposo-, el escritor repiensa los vaivenes de amor y cólera de aquella relación matrimonial, que antecedió al retorno de la pasión ya no esperada en una época de decrepitud: "Terminaron por conocerse tanto, que antes de los treinta años de casados eran como un mismo ser dividido, y se sentían incómodos por la frecuencia con la que se adivinaban el pensamiento sin proponérselo, o por el accidente ridículo de que el uno se anticipara en público a lo que el otro iba a decir. Habían sorteado juntos las incomprensiones cotidianas, los odios instantáneos, las porquerías recíprocas y los fabulosos relámpagos de gloria de la complicidad conyugal. Fue la época en que se amaron mejor, sin prisa y sin excesos, y ambos fueron mas conscientes y agradecidos de sus victorias inverosímiles contra la adversidad. La vida había de depararles todavía otras pruebas mortales, por supuesto, pero ya no importaba: estaban en la otra orilla. "

 

Rara demostración no idílica del valor del matrimonio (o el nombre que a la pareja comprometida cada cual quiera ponerle) en el Día del Patrimonio.

 

Saludos de vuestro amigo,

Carlos Montero



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Carlos Daniel Montero Gaguine
Corresponsal económico RADIO NEDERLAND sobre Cono Sur
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