Crónicas de Torsos Huérfanos

Crónicas de Torsos Huérfanos
Haga CLIC en la arena y verá online "Amor a toda Costa: CRONICAS DE TORSOS HUERFANOS" (lea lo escrito en la arena, antes que el agua lo borre de la orilla, como a su autor)

10/02/2007

Carlos Montero en págs. 2 y 3 revista Relaciones/Octubre 2007 ("Según el clima se caldea")

Carlos Montero en págs. 2 y 3 revista académica RELACIONES
Edición/Octubre 2007 que saldrá el jueves 4 a la venta
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En el tsunami –compleja combinación de desastre natural con externalidad
humana-, la técnica y la tecnología retocaron con pincel el collage de un
Guernika anónimo que deconstruyó el frágil equilibrio de la tela planetaria

 

SEGÚN EL CLIMA SE CALDEA

por Carlos Montero *

        

Según el clima se caldea cada vez más entre ellas, los ancianos deciden que lo mejor es que las dos mujeres sean llevadas a la fuerza ante el que creían -en su tiempo- el ser más sabio del mundo. Ambas reclamaban la pertenencia de un bebé, del cual decíanse su madre. El poderoso las miró en profundidad y urdió una salida salomónica, lo cual era redundantemente ineludible: era el propio Salomón quien ordenaba a los guardias, circundantes del trono de David, que usaran sus espadas para trozar a la mitad al infante, dando partes equitativamente iguales a cada litigante. Prueba renovada que las soluciones igualitarias o igualadoras no son necesariamente justas ni equitativas ni reparadoras.

 

Lo demás es cuento viejo. Al escuchar el fallo, la reacción no tardó en la verdadera madre -alarido de por medio- antes de retirar su demanda. Su amor era mayor que el deseo de posesión ni la defensa de su legítimo derecho. Muy lejos de la rima de poeta del Cantar de los Cantares o la reflexión maximalista del filósofo de Proverbios, entró en juego el ardid manipulador del gobernante para restituir al recién nacido a su progenitora.

 

El mismo reto que asumió el rey, 955 años antes de nuestra era, se quintuplicó agravado tres milenios después, tras el tsunami que atropelló las costas del sudeste asiático, separando a miles de mujeres -temporal o definitivamente- de sus hijos. Pero hoy la técnica conmueve las relaciones sociales, en cada ola de descubrimientos y desarrollos, con innovaciones que amplían nuestra capacidad, acortan performances y seducen tras la ilusión de menor esfuerzo, más exactitud y confort. Mejor calidad de vida, obviamente, para quien pueda pagarla.

 

Y sin caer en un panegírico positivista a lo Comte -con su confianza ciega de progresar en base a inventos- ni tampoco un manifiesto tecnofóbico, démosle la derecha a Aldous Huxley en que, reclamarle a la ciencia por no habernos hecho más felices, es como acusar al arado porque "no nos arrulla" cada noche con canciones de cuna.   Arrullar, precisamente, era lo que Junitha anhelaba y no podía. Las riadas en Sri Lanka  le habían arrebatado de cuajo a su retoño y, aunque sus brazos reprodujeran la forma del espacio, no llenaban el vacío tras la pérdida ni ahogaban la desesperación que no menguaba.

 

Hizo la denuncia en Abalisha entre el maremagnum de propios y ajenos. La preferencia con que los turistas eran atendidos –igualados a priori por el desastre a los habitantes de Sri-Lanka pero diferenciados a posteriori por la presión de sus embajadas- le mostraron lo inútil de las vías formales en una isla deformada por la naturaleza, con muchos padres en su situación.

Por ello, salió a buscar policlínicos e improvisadas carpas de asistencia.

 

Ojalá hubiera tenido la suerte de ser avisada por un alerta temprano meteorológico para huir del oleaje secuestrador, se decía la mujer. Leía las listas primarias de muertos y heridos en los diarios y maldecía porque en Alaska, un centro sismológico detectó el inminente tsunami, pero del otro lado del Pacífico no se encontró con una red de boyas que en el Indico pudiera captar a tiempo su advertencia.

 

Ojalá se hubieran invertido antes los treinta millones de dólares que ello valía. Y,   a pesar de la larga exposición mediática que llenó los informativos de las grandes cadenas hasta el fading del interés mundial con el curso de las semanas, pronto se olvidaron de ellos y costó más de dos años que llegara la primera boya, aunque mucho más dinero fue recaudado. Mejor atención recibieron los dos ex presidentes de EEUU que viajaron al lugar, o el gesto caballeresco de uno, al dormir en la moquette del Air Force One para que su predecesor más anciano durmiera en la litera presidencial de su hijo. Mientras, ella no tenía ni litera ni hijo.

 

Ojalá le hubieran enseñado la semiología de estos maremotos como a Tilly, una británica de diez años que estaba de vacaciones, lo cual fue vital para que salvara a sus padres, a su hermana de siete años y a cien tailandeses, en la playa de Maikhao en Phuket, cuando el agua "se volvió extraña" y el mar se alejó de la orilla. Tres meses antes, en el sur de Inglaterra, el profesor Kearnay no tuvo mejor idea que dedicar una clase a esta niña y sus compañeros, en la escuela de Surrey, para explicarles cómo reaccionar ante terremotos y los tsunamis que provocan. Los shompen y los nicobareses de las islas indias muy llanas del Golfo de Bengala vieron anegar su cultura y ahogarse la base militar que impedía acceder a las islas Nicobar. Etnias como la morgan de la isla tailandesa Ko Surin Tai y los jefes de la tribu onge de las Andamán se salvaron en las colinas pues sintieron que "la tierra se comunicó", aludiendo al ensanche de la costa, echando mano a la tradición milenaria, tan útil como el satélite o un curso escolar.

 

Ojalá hubiera tenido la fuerza de Stephen Boulton, quien usó toallas para atar a su mujer y a sus dos hijos a una palmera, protegiéndolos por cinco horas, luego que la correntada brutal atropelló el malecón desde el cual se deleitaban con el paisaje de arrecifes de coral que rodean las Islas Maldivas. El primer peligro fue el agua que subió tres metros, cuando la máxima cima del archipiélago es esa, y luego el océano se convirtió en aspiradora de cuanto encontraba en su retorno, chupando sombrilla, bungalow o ser viviente a su alcance. Según se caldea el globo, derritiendo témpanos polares, dos mil islas indonesias desaparecerán de la faz del océano antes de 2030, incluída Tuvalu, Estado insular adonde se registran los websites de las televisoras del mundo por su sufijo com.TV.

 

Ojalá, si no fuera pobre, Junitha hubiera tenido la habilidad de dos jovencitos surfistas extranjeros que encontraron, en medio de la locura, justificación racional a su superficial deporte. No era momento para inquirirse a lo Hamlet si "surf o no surf", pero esa no era la cuestión para Joe y Gary, que se tiraron a barrenar atados a sus tablas desde el techo de la anegada residencia, que segundos despues fue tragada. Las divagaciones de ella se confundían en su mente con rostros de niños abandonados sobre agua poluída que recorría en travelling veloz por los refugios, en donde no se sabía si ya eran huérfanos y se los exhibía casi en oferta. El llanto de las madres, su llanto, chocaba o se fundía con el de los frágiles pacientes.

 

Pero, a pesar del deconstruído espectáculo –Guernika sin firmante pero no por ello sin autor- ella debía seguir. Se decía que de nada servía esperar a que surtieran efecto las pinceladas en los formularios apilados en aislados servicios de emergencia. Como en 'Orfeo Negro', en esas oficinas es donde verdaderamente desaparecen los desaparecidos. Mas de pronto el llanto de un bebé, en manos de su supuesta madre, evocó de sus adentros el ADN de la onda del berrido que cuatro meses atrás despertara su felicidad. Persiguió a paso apurado a la mujer para descubrir -heridas- facciones de quien creía su hijo, anhelando que no fuera espejismo generado por su deseo frustrado.

 

Nueve madres exigían a ese mismo pequeño ante las agotadas enfermeras del hospital de la localidad costera de Sri Lanka, quienes lo habían nombrado -mejor dicho, etiquetado- como "Bebé 81" en la emergencia de aquel 26 de diciembre. No sólo que no daban abasto con tanto paciente, sino que el clima se caldeaba y la discusión entre las reclamantes superó los ribetes, hasta que el menor debió ser protegido por fusileros navales ante intentos de secuestro por las desesperadas madonnas.

 

El juez Mohideen no tendría la astucia de Salomón pero contó con el análisis de ADN, esa cédula genética incorporada, al que terminó sometiendo al tesoro y sus pretendidas madres. Finalmente, Junitha pudo recuperar el derecho sobre su hijo por aplicación del Derecho, pero fue gracias a la tecnología que el juez se ahorró el trabajo de usar la reflexión para tomar decisiones sabias, cuando carecía de suficiente información o tiempo de evaluar, a pesar que la aceleración histórica sea agravada por esa misma revolución técnica que nos echa en brazos del acto reflejo o como quieran llamarle. Ese reflejo condicionado -investigado por Pavlov con perros, palos y campanas- no es más que la reacción instintiva del animal educado aunque, mientras salía del juzgado, Junitha no pudiera excusar a las otras mujeres porque eso lo hiciera otro humano, fuera como acto poco meditado o por desesperación.

 

Los inventos son más que sólo instrumentos ingenuos y carecen de inocencia en la forma como alteran nuestro relacionamiento con el mundo y el prójimo. Semejan neocaballos de Troya: traen más de lo que aparentan; pero no son los culpables de nuestras bajezas, reacciones instintivas comprensibles en situaciones límite -entre tanta bolsa portacadáver- pero no por ello justificables. Las filas de cuerpos amortajados o pudriéndose que cruzaba se impusieron a las cavilaciones que la dominaban y cambió su curso hacia un hospital de campaña donde, con su niño recuperado, fueran vacunados contra la fiebre amarilla.

 

El periodista en las antípodas no podrá olvidar el líquido espeso de la vacuna –que rota por un sanatorio público diferente de Montevideo cada día de la semana- mientras era cargado desde la jeringa a su antebrazo que quedó duro por dos días. Todo fuera por cumplir las exigencias para viajar a Camboya y Tailandia para un informe televisivo sobre el turismo sexual durante las fiestas de fin de año. El clima se caldea entre la productora televisiva y el canal por diferencias económicas que llevan a clausurar el proyecto, a sólo tres días de despegar.  

 

"¿Será posible que ya no haya respeto por los demás?" clamó el afectado, pensando en la oportunidad de un informe sensacionalista -que lo llevara al estrellato- que se estaba perdiendo, además del chapuzón en paradisíacas playas. Sin prever que la codicia de unos por no compartir retorno y beneficios impediría su salida a compartir el perjuicio de otros, se deprimió al calcular que "ya no llegaremos para Nochebuena y nos perderemos lo mejor de las fiestas de Navidad y Año Nuevo".

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(*) Carlos Montero, periodista   uruguayo, corresponsal económico Cono Sur de Radio Nederland. Premio Nacional de Periodismo On Line 2001 (Paraguay) y ganador del Concurso de Ensayos 2004 sobre la ampliación europea. Estudió con Ryszard Kapuscinski becado por la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano del Nobel Gabriel García Márquez y escribió un diccionario antológico aún inédito sobre este periodista polaco muerto en enero. Autor de dos libros de investigación y publicado en 2007 en Argentina como finalista en la Antología de la Nueva Literatura en Habla Hispana.



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Carlos Daniel Montero Gaguine
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