Crónicas de Torsos Huérfanos

Crónicas de Torsos Huérfanos
Haga CLIC en la arena y verá online "Amor a toda Costa: CRONICAS DE TORSOS HUERFANOS" (lea lo escrito en la arena, antes que el agua lo borre de la orilla, como a su autor)

12/13/2005

05.12.13: Murio H.A.T., saqu�monos el gorro (p/Carlos Montero)

05.12.13: Murio H.A.T., saquémonos el gorro (p/Carlos Montero)
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ESPECIAL DE LA SINTESIS ECONOMICA

Murió H.A.T., Homero Alsina Thevenet,
saquémonos el gorro ante el mejor editor

por Carlos Montero, montero@sintesis.org

“En la madrugada de hoy, falleció el periodista montevideano Homero
Alsina Thevenet. El periodísta tenía 83 años y era editor del suplemento
El País Cultural desde 1989. Thevenet tuvo una extensa carrera
periodistica. Desde 1937 se había dedicado al periodismo cultural tanto
en Uruguay como en Argentina y España. El velatorio se realizó en...”
fue la concisa versión a la siesta, muy tardía para llegar al Cementerio
del Buceo, en la edición web del diario EL PAIS de este lunes.

Al terminar la cumbre XXIX del Mercosur, tres noches antes, coincidimos
a la hora de la cena con su hijo, el querido colega Andrés Alsina.
“¿Cómo está tu viejo?” pregunté, ignorando la crisis.“En el CTI gracias
a setenta años de La Republicana” fue la respuesta aludiendo a su marca
preferida de cigarrillos. Vivía sus últimas horas el mejor y mayor
editor del país, tras siete décadas desde que –con 15 años y casi de
pantalón corto- debutó en “Cine, Radio Actualidad”.

Lo conocí a fines de los ochenta, cuando llegó a los estudios de la
radio donde conducía el programa central de la tarde “En Busca del
Tiempo Perdido”, en donde pensaba entrevistarlo. El había vuelto al país
y a El País para dirigir un suplemento cultural, cuyas tres primeras
ediciones ya traía impresas bajo el brazo aún antes de salir a la calle.
Con esa anticipación pensaba trabajar y lo hizo por 16 años, liderando a
ex compañeros de semanario a los que hubiera pago por suplantarlos.

El no sabía que me había preparado mucho para esa entrevista. No por un
esfuerzo diferente al que cada día dedica todo periodista al tema o
personalidad que elige o le asignan, sino porque lo conocí de hacía
muchos años, cuando dos tíos abuelos -cinéfilos y con enciclopédica
formación en el séptimo arte- me mostraban recortes amarillentos de
aquella revista en la que Alsina era niño prodigio, donde colaboraban
bajo el seudónimo “An old friend” y “El hermanito de an old friend”.

Tampoco sabía, supo, ni sabrá, que cuando tuve que preparar la tesis de
Semiótica en la Universidad de la República, entre los diez libros sobre
Neorrealismo italiano que conseguí de las bibliotecas de mis dos tíos
abuelos, para documentar el pasado de Federico Fellini que explicaba los
antecedentes del film “La Entrevista”, había hasta libros editados en
España que lo tenían a don Alsina como traductor.

Porque en 1987 yo había conseguido, editado en Argentina, su libro
“Listas Negras en el Cine”, donde hallaba que llegaba tarde a un autor
que desde mi año de nacimiento ya era jurado de festivales y escribía
“Ingmar Bergman, un dramaturgo cinematográfico” (1964), en yunta con
Emir Rodríguez Monegal. Vendría luego “Crónicas de cine” (1973) y “Cine
sonoro americano” (1975) en Buenos Aires.

En España publicará “El libro de la censuira cinematográfica” (1977),
“Chaplin, todo sobre un mito” (1977), “Fuentes y documentos del cine”
(1980), “Textos y Manifiestos del Cine” (1985), todos en Barcelona antes
de volver a Buenos Aires para publicar “El cine” (1986) y “Una
enciclopedia de datos inútiles” (1986).

Tras su primer revista, Alsina Thevenet había pasado a Marcha, donde
construyó una carrera que consolidaría en El País, mostrando que así
como el hábito no hace al monje, tampoco el medio es el que
necesariamente da el prestigio o dicta la calidad del periodista. En su
caso, era a la inversa. De 1965 a 1976 pasaría al semanario Primera
Plana de Buenos Aires y dirigiría luego la revista Panorama. En España
vivió hasta 1984, donde sus notas eran publicadas por El País de Madrid.

Mientras me contaba en la radio parte de su periplo vital y durante el
corte publicitario, antes que me contara su nuevo proyecto de retorno en
Uruguay, nos pusimos a hablar con su pasional frialdad acerca del
comienzo del cine sonoro con “The Jazz Singer”, que había tenido una
remake con la actuación del cantante Neil Diamond y sir Laurence Olivier
(apellido que pronuncié como palabra esdrújula y que él citó con acento
–no tilde- en la primera “i”).

Cuando volvimos al aire comencé a preguntarle sobre el tema y repetí mi
errada pronunciación del apellido del célebre actor. “¿No le dije que
era Olívier?” me reprochó apenas salimos de aire. No era ningún
demagogo. Diplomáticamente me había hecho notar, sin especificarlo, cómo
debía pronunciar, pero yo al aire había hecho caso omiso. Y él me lo
hizo notar. El que quiere, corrige, enseña la Biblia. Esa humana
enciclopedia de datos verificados sabía que el periodista, al informar,
al pronunciar o al escribir, tanto enseña como maleduca a su público.

Antes de retirarse le solicité si me autorizaba a reproducir la
entrevista radial en el semanario donde trabajaba, bajo el título “Otro
calibre 45, de vuelta por el pago”. El país recuperaba la democracia y,
de a poco, recuperaba a esos editores que volvían, hacían escuela y
permitían la posta, pasando el testimonio a las nuevas generaciones. La
dictadura había provocado en muchas profesiones ese corte generacional y
en el periodismo se sintió peor ese ‘gap’, ese bache o abismo.

HAT, sigla de su nombre y apellido que jugaba con el significado de
“gorro” en inglés, admitió la reproducción en ALTERNATIVA, pero me pidió
que le pasara la versión escrita antes “por si hubiera que corregir
alguna letra de algún nombre de colegas citados”. Cuando volví para
retirar de su diario la copia que le había dejado, encontré el texto
mecanografiado hecho trizas por lapicera azul. Tampoco olvido un “¡Por
favor!” que emergía de un hipérbaton. Cuánto requeríamos esa primera
generación de Ciencias de la Comunicación de editores que nos enseñaran
estilo, aunque no tuviéramos faltas ortográficas.

He buscado aquella entrevista en la vieja colección de semanarios, pero
no la encontré en estas horas tras conocer de su muerte. Hubiera querido
releer lo que anunciaba y luego cumplió con creces, fundando un
suplemento que decenas de veces fue para mi un motivo para comprar el
diario, invirtiendo también el orden lógico: el diario venía de regalo
con El País Cultural, cartabón que sirvió para aquilatar la magnitud de
mi ignorancia, disparador de búsquedas y compras de obras nuevas en
librerías o desempolvar usados en la Feria de Tristán Narvaja.

Don Homero Alsina Thevenet lograba que su equipo vulgarizara sin
vulgaridad hacia los no iniciados y profundizara sin oscuridad para
quienes ya sabían de un tema. Estoy cansado de repetir ante colegas más
jóvenes y de mi generación, que andamos en el cuarto de siglo en estas
lides, que si me tuviera que llevar a la isla una revista, en vez de un
libro, me iría con El País Cultural.

Y cuando decía que, en mi opinión, HAT era el mejor editor uruguayo,
nunca faltaba otro colega uruguayo capaz de contestar que se trataba de
un “producto elitista”, un “lujo que sólo se puede dar El País”. Como
típicos uruguayos no saben reconocer virtudes en quienes tienen cerca.
O, mejor dicho, saben reconocer lo bueno pero no están dispuestos a
pagar el costo de hacerlo. Es mejor decir que las “uvas están verdes”
que desplegar el esfuerzo por alcanzarlas.

Por eso, con los mismos defectos que cualquier uruguayo pero sin perder
la perspectiva en esta corta distancia ni caer en el deporte nacional de
ignorar los valores en quienes sacan la cabeza por encima del promedio,
escupo la mesocracia y me saco simbólicamente el gorro que no uso, como
hacían nuestros abuelos al manifestar saludo respetuoso o señal de
congoja. Ha muerto HAT... podrían sacarse el gorro y darle gracias por
el ejemplo ¿no?

Vuestro amigo,
Carlos Montero

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