Crónicas de Torsos Huérfanos

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10/06/2005

Probidad Internacional publica ensayo de Carlos Montero

Revista internacional anticorrupción Probidad edita ensayo de Carlos Montero
sobre Corporativismo en base a diálogo con World Economic Forum en Suiza

CORPORATIVISMO, GRUPOS DE PARES, DE
INTERES Y DE PRESION ESTAN EN PUGNA

Por Carlos Montero, desde Ginebra (Suiza)
Revista Probidad, Nro. 28, 23 de setiembre de 2005
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Nos acaba de llegar a la oficina en Montevideo de LA SINTESIS ECONOMICA MERCOSUR la edición número 28 de la revista internacional anticorrupción Probidad, en la cual se editó el 23 de setiembre -coincidiendo con nuestro aniversario 27 en la profesión- un ensayo de Carlos Montero sobre la pugna de las corporaciones por influir en las decisiones públicas.

El mismo fue realizado en base al diálogo con mandos del World Economic Forum (WEF) en su sede de Ginebra y de manifestantes en campamentos de antiglobales en Lausana (Suiza). Enviamos a nuestros lectores los links para acceder por Internet a la versión PDF impresa y la versión WEB en línea de la última revista de ponencias de Probidad Internacional.

Se trata de la segunda ponencia en que Probidad nos selecciona pues, ya en la edición número 11 del 29 de diciembre de 2000, había publicado el artículo “Responsabilidad periodística al combatir corrupción por medios Real-Time” realizado desde Asunción, Paraguay, por nuestro editor regional.
VER EN REVISTA PROBIDAD NUMERO 11

Corporativismos, grupos de pares, interés y presión en pugna
GOBIERNOS DANZAN CON LOBBIES

por Carlos Montero (Ginebra, Suiza)
-emitido por REVISTA PROBIDAD INTERNACIONAL el 23 de setiembre de 2005
-emitido por LA SINTESIS ECONOMICA MERCOSUR el 21 de junio de 2005

Estábamos en la cresta de la ola de los noventa con sus recetas para un Estado “menos pesado y más ágil”, conducido por presidentes con capacitación de CEOs (sigla que en inglés identifica al presidente de grandes corporaciones), preferiblemente con antecedentes gerenciales internacionales, como si el gobierno fuera una empresa de la cual todos somos sus empleados o clientes y los ministros unos franquiciantes quienes, tras aportar para la campaña, logran la concesión de las diversas sucursales estatales.

En definitiva, se difundía el formato de ’macdonalización’ del Estado, como reflejo de la ’macdonalización’ global, como modelo de racionalización del Estado, aunque al costo de cambiar los conceptos de gobernante por el de administradores, de funcionario (encargado de una función al servicio del público en general) por empleado (como sugiere su nombre, usado para servicio de un privado), trocado el concepto de ciudadano por el de consumidor (al cual hay que satisfacer, no velar por sus derechos) y el de contribuyente por el de cliente (al cual hay que fascinar, no devolverle aquello por lo que paga), promoviendo el arbitraje privado expeditivo en vez de la Justicia pública con medios, con líderes –preferiblemente independientes- que ya no se rodean tanto de cuadros de partido sino de think tanks tecnócratas o fundaciones, cuyo programa se ajusta (o varía sensiblemente) según sondeos permanentes de opinión pública y no deduce sus medidas de una identidad de principios y herramientas que les resultan tradicionales.

Entramos al Tercer Milenio en Latinoamérica tras los escándalos de Alberto Fujimori bajo influencia del equipo de Vladimiro Montesinos con sus sobornos o Carlos Menem con privatizaciones que mantenían monopolios privados –y luego en el Hemisferio Norte con los casos ENRON, Worldcom y el team republicano/fundamentalista/petrolero en el gobierno-, dándonos cuenta que pasada una década de promover un Estado ágil habíamos dado con una democracia de ‘rápidos’, donde el que no corre, vuela.

Y así volaron 16 mandatarios sudamericanos en los 16 años que van de 1989 a 1995. Este año ya renunciaron en mayo Lucio Gutiérrez de Ecuador empujado por los movimientos indígenas, en junio Carlos Mesa de Bolivia ante protestas de gremios obreros y campesinos, mientras Alejandro Toledo de Perú está debilitado con menos de un 10% de apoyo popular. Y un poco antes lo hubiera hecho Hugo Chávez en Venezuela por embate de corporaciones empresariales, que primero recurrieron al golpe para luego aceptar un plebiscito.

Al recibir LA SINTESIS ECONOMICA el premio a Microempresa del Año, compartíamos una mesa redonda radial con varios miembros de la Asociación de Empresarios Cristianos (ADEC), en donde el reconocido “country manager” (gerente nacional) y franquiciante de la cadena mundial de hamburgueserías McDonald’s exponía acerca de lo que debería hacer el gobierno que acababa de ser electo en su país, que tendría al frente a un millonario empresario (cuya herencia se engrosó a partir de altos cargos públicos de su padre en órganos previsionales durante la dictadura) tras 5 años de haber tenido a otro empresario al frente del gobierno (enriquecido por concesiones de la dictadura a su consorcio privado).

En defintiva, el diccionario nos ayuda para definir este sistema como plutocracia (gobierno de los ricos) a partir de la cleptocracia (gobierno de los ladrones) donde el voto es sensitario (según el ingreso del elector) pues todos pueden ir a las urnas no para elecciones sino para “selecciones”: un reducido grupo de personas con cuotas de poder son los verdaderos electores que pondrán a disposición de la ciudadanía los candidatos, a la vez elegidos de un menú aún más reducido de potentados en dinero o influencia, que sepan tentar a sus posibles promotores con buenas ofertas para cuando gobierne.

“Lo fundamental es que el nuevo presidente arme un gabinete con gente que sepa en cada materia y no que lleguen a aprender: un militar en Defensa Nacional, un manufacturador en el Ministerio de Industria, un dirigente de la Asociación Rural en el Ministerio de Agricultura, un inspector policial en el Ministerio del Interior, un gerente general en la Secretaría de Planeamiento....” continuaba con entusiasmo el manager de McDonald’s ante la amplia audiencia radial.

Y mientras él seguía enumerando los cargos y buscando su correspondiente gremio o asociación del sector para llenar la vacante, yo no pude contener el impulso de interrumpirlo y decirle al aire: “Disculpe, pero esa es la esencia del Fascismo”, para horror de sus sanas intenciones y convicciones democráticas, dado que pertenecía a una nueva generación de hombres de empresa no incluída en la categoría de “empre-saurios” paraguayos, erigidos a costillas de los favores del hombre providencial de turno.


En Uruguay tenemos el raro honor de que un presidente civil electo por vía constitucional continuó en su cargo durante una dictadura militar, cuyo colegiado castrense le terminó echando, tras rechazar un proyecto de constitución corporativista escrito por dicho mandatario (“Las Opciones”, Juan María Bordaberry, 1975), que eliminaba a los partidos políticos y formaba una farsa de Poder Legislativo donde estarían representados los gremios, sindicatos, asociaciones profesionales y corporaciones en general. Paradoja: el colmo era que aquellos generales te echaran por fascista.

La virtud del partido político propiamente dicho, como herramienta clave de la democracia representativa, es que representa ideologías, corrientes de opinión o tradiciones de acción –que cruzan horizontalmente la sociedad en cuanto al origen de sus componentes de corporaciones diferentes y verticalmente en cuanto al origen de la clase social de sus miembros-. Es lo que los politólogos llaman partidos “catch-all” (del inglés, que capturan electorado de todos los sectores de la sociedad).

A esos ciudadanos no los une su origen sino el compartir una utopía, un sistema de organización del Estado o programa de gobierno, a los que consideran lo más beneficioso para el bien común o el interés general. Lo contrario sería la disputa en el Parlamento de sectores corporativos, por naturaleza representantes de intereses particulares o grupales, cuyo objetivo natural será representar y pelear por la mejor cuota parte de beneficios para los suyos. Se pierde así la visión de unidad para la defensa de los intereses del colectivo, que quedaría como rehén de las medidas que devengan de la mayor o menor cuota de poder de las partes enfrentadas.

Allan Cigler y Burdett Al Loomis los etiquetan como “grupos faccionales de presión y grupos de intereses especiales” (Los Grupos de Presión, 1988, Ed. Fraterna), que dependen de los buenos contactos de los lobbistas. Apelan al ex presidente de EEUU James Madison que entendía por facción a “una mayoría o una minoría del conjunto, que se une y actúa en defensa de un cierto impulso o pasión común, o de un interés, adverso a los derechos de otros ciudadanos, o para promover los intereses permanentes o agregados de la comunidad”.

Para representarlos se ha consolidado la profesión del Lobby (lobbistas, del inglés: los que están en el corredor) de los despachos de los parlamentarios o ministros, a la que se ha dedicado hasta el mismísimo Henry Kissinger, que está aceptada legalmente o, al menos, no está prohibida. Pero lo que no está es regulada, en defensa de la población. Son dos mil sólo los cabilderos con oficinas en Washington DC (EL PAIS, 29/05/05) que mueven anualmente 3.000 millones de dólares en servicios y salarios para interceder ante políticos en favor de normas o resoluciones que pueden significar vida o muerte para industrias o universidades, grupos medioambientales o feministas, laboratorios y hasta gobiernos extranjeros.

No es que las corporaciones, grupos de pares o unidos por intereses coyunturales (profesionales o comerciantes, médicos o sindicatos obreros, judíos o negros, militares o colegios católicos, grupos de mujeres o de homosexuales) no puedan o no deban hacer oir su voz y presionar a quienes tienen a su cargo representar una parte proporcional de la población en el Poder Legislativo o a la mayoría del país en el Poder Ejecutivo.

El problema es cuando los que ocupan bancas representan explícitamente a los sectores aludidos o los que ocupan ministerios provienen de los gremios empresariales o sindicales respectivos (léase un ex comandante del generalato en el Ministerio de Defensa con Sanguinetti, un ex presidente de la Liga de Fomento de Punta del Este en el Ministerio de Turismo con Lacalle o un ex gremialista omnibusero en el Ministerio de Transporte con Vázquez).

Creer en su honestidad y conocimiento del área no alcanza, pues el conflicto de interés está planteado ya antes de empezar el partido. Como la esposa del César, no sólo hay que ser decente sino parecerlo, no abriendo flancos que permitan sospechar favores de una de las partes. Cuando el Estado debe ser juez o regulador, no se puede dudar de si el elegido está para defender los intereses del grupo del cual proviene o para gobernar en favor del conjunto esa área específica del quehacer.

Porque tomemos en cuenta que la acción de los testaferros de corporaciones no se limita a su ubicación como políticos o técnicos en puestos de decisión, asesoramiento o influencia –para lo cual están habilitados en su faceta de ciudadanos- sino que se amplía al participar en la adjudicación a privados de las facultades que el gobierno delega bajo la modalidad de concesión de obra pública, tercerización de servicios o privatización de empresas,

Agregado a que la moda (o necesidad de hereje por falta de fondos) de retiro del Estado de la ejecución concreta para reservarse el rol de regulador de la competencia en cada mercado privado abierto, es un papel muchas veces bloqueado por paralelas desregulaciones y habilitación para que el sector privado se autoregule. Otra vez el arbitraje privado o las auditorías externas por consultoras privadas (y no por organismos estatales) que vienen de ser cuestionadas tras las recientes grandes quiebras en EEUU y Europa, donde la misma consultora que hacía la contabilidad por un lado, era la que auditaba por el otro. Y la certificación de que los estados contables estaban en orden “según las reglas generales aceptadas” no tenía pena carcelaria ni multa en caso que no se compadeciera con la realidad.

Kevin Steinberg, director del Centro para las Industrias Globales del World Economic Forum (uno de los tres ejecutivos número dos de Charles Schwab), me recibe en su amplia sala de reuniones, con balcón al Lago de Lemans en las hermosas colinas de Ginebra, donde tiene su sede el WEF, máximo promotor de la gobernancia corporativa, que convoca cada año a su famosa cumbre de presidentes de gobiernos y corporaciones en Davos, balneario suizo de esquí.

Llego a la terminal de trenes de la frontera franco-herlvética en el feriado del 29 de mayo y me encuentro a la bella ciudad de Calvino, donde está enterrado Jorge Luis Borges, con muchos de sus edificios y hoteles tapiados por mamparas amarillas debido a las manifestaciones de movimientos antiglobales o altermundialistas contra el modelo global que promueve el World Economic Forum, principal máximo generador del discurso que apela a la desregulación estatal de los sectores económicos y propone la autoregulación corporativa.

Steinberg, con total sinceridad y espíritu autocrítico, me admite que los fraudes de la energética Enron y la telefónica Worldcom tendrán efecto regresivo en los éxitos logrados en su campaña. Incluso prevé que los gobiernos se justifiquen en ello para intentar una re-regulación.

Y así como arriba del Olimpo ginebrino, el think tank de las corporaciones globales redoblaba sus estrategias en su sede de la Rue de la Capite, del otro lado del lago, con su géiser artificial, estaban miles de manifestantes de centenares de pequeños grupos que representan preocupaciones corporativas fraccionadas -ecológicas, de género, partidarias, agropecuarias, inmigratorias- con intereses muchas veces contrapuestos, que si ya es difícil conciliar a nivel nacional se multiplica la complicación al infinito a nivel mundial, pudiendo caer en una “confederación de oligarquías”.

De esa forma las llamaba Andrew Mc Farland, catedrático de políticas públicas de la Universidad de Chicago, quien aseguraba en 1981 que no se ha tenido éxito en “controlar el exceso de faccionalismo” pues el gobierno de EEUU “ha llegado a fragmentarse en centenares de escenarios autónomos de elaboración de medidas”, perjudicando “la capacidad de las fuerzas políticas centrales” para concebir medidas, que finalmente no representan “los intereses públicos más amplios”.

La directora asociada del Center of International Business and Management de la Universidad de Cambridge, Noreena Hertz, experta inglesa que organizó la Bolsa de Valores de San Petersburgo durante la salida rusa de la debacle soviética, advierte en su libro El Poder en la Sombra (2002, Planeta) que “el mercado no puede esperar que las empresas actúen siempre movidas por el interés común, por tanto hay que seguir contando con la capacidad de los gobiernos para desempeñar, en última instancia, su papel regulador”.

Dejo atrás el centro de Ginebra, con oficinas de más de 200 organizaciones internacionales y los cuarteles de las Naciones Unidas en Europa, que fueran hasta la II Guerra Mundial sede de la fallida Sociedad de Naciones, mientras mastico los cuestionamientos y respuestas recogidos.

Me dirijo al campamento “Ou-la-la” de los manifestantes, con hospital de campaña para atender a los que fueron gaseados o apaleados por la policía de choque local (no en vano la guardia del papado en El Vaticano es suiza). Pregunto a la entrada por alguno de los líderes, pero me miran con sospecha y contestan: “aquí, no tenemos líderes”, en consonancia con el modelo horizontal en red que está en boga, promovido por las mismas corporaciones globales en sus diseños de trabajo y toma de decisiones.

Paseando con mi grabador por la orilla pedregosa del lago, a lo largo del caótico camping y frente a una balsa que exhibía una bandera pirata negra –con las dos tibias y la calavera- se acerca a mi, advertido del acento latino, un viejo militante chileno que ahora vivía en Europa y cuya carga de cerveza (incorporada) tenía su espíritu más cerca de Santiago que de Lausana, mientras reiteraba su objetivo voluntarista de “que todo cambie”.

Otro joven holandés, atraído por mi notorio micrófono de Radio Nederland, me llamó y pudimos sentarnos unos minutos. Le dije que buscaba entender cómo iban a hacer para articular en el Foro Social Mundial una propuesta común a tantos grupos de manifestantes opuestos a las ideas del Grupo de los 8 y el WEF, pero tampoco coincidentes entre sí.

“¿Y quién dijo que queremos redactar una propuesta común de nuestras ideas alternativa a la de ellos?” me inquirió en inglés. “Nos alcanza con impedir que ellos logren globalizar sus modelos”, concluyó el holandesito, demostrándome que entre los inconformes había dos tendencias divergentes: los altermundialistas (partidarios de promover un planteo alternativo al neoliberal para aplicar a nivel global) y los antiglobales (que quieren impedir la mundialización de cualquier tipo de propuesta). Encontraba allí conviviendo las utopías de mundializadores de la solidaridad social y política con la de los fragmentadores de la globalización económica y cultural.

Más tarde, bajando la empinada avenida hasta la playa de Beau Rivage (en francés, linda ribera) y rodeada de efectivos, una multicolor manifestación resumía a los gritos y con parlantes (desde una camioneta con banderas comunistas, lo que demuestra que aún existen en Europa) su canto-propuesta: “A los que quieren dominar al Mundo, el Mundo les responde: ¡Resistencia!”.

Vuestro amigo,
CarlosMontero

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