Crónicas de Torsos Huérfanos

Crónicas de Torsos Huérfanos
Haga CLIC en la arena y verá online "Amor a toda Costa: CRONICAS DE TORSOS HUERFANOS" (lea lo escrito en la arena, antes que el agua lo borre de la orilla, como a su autor)

9/19/2005

Oro en Polvo y lingotes de aprendizaje

Ante la muerte de un ser valioso, aún después de la muerte

ORO EN POLVO...

Por Carlos Montero, montero@sintesis.org

Me aferré de su meñique izquierdo con mi mano derecha y con la otra le arranqué el primer botón de la blusa, mientras su brazo se deslizaba por mi torso desnudo. Temblaba ante la idea de entregarme a lo desconocido. Es común la primera vez: el primer contacto es el más difícil.

Así sucedió con mi primer baño –bautismo de fuego con los usos sociales- ante la sensación de perder el control ante lo nuevo y la necesidad de confiar en el otro que te guía y sostiene. Instruyendo a una joven madre de 19 años, sobre cómo debería manejarse, muy segura de su rol estaba Oro, mi tía abuela.

“Mirá como se resiste” comentaba –riéndose- al resto que se reunía para ver el debut a corazón batiente del chiche nuevo, mientras ella evitaba que yo la bañara con mi pataleo, cuenta la tradición familiar que evoco de mi tía más vieja, mi abuela alterna, cuya mano aferraba entonces como a un salvavidas.

Cuarenta años después estoy nuevamente tomado de su mano, acariciando su piel reseca en el sanatorio, bajo el soplido regular del oxígeno y el aliento irregular de su jadeo. Ella también se resiste, como biófila que es, una amante de la vida y de la curiosidad de descubrir, recorrer, viajar, ayudar...

Sé que le han desconectado los equipos artificiales y sigue su coma con los tratamientos que ni reducen ni extienden vanamente la existencia. El batir de su tambor vital se va apagando y el doctor advierte que sea su último fin de semana, mientras vuelvo a tomar su mano para que me bañe de recuerdos

Sus ojos de órbita hundida –no de ahora sino siempre- los hallé iguales que en las costas del Mar Egeo, en las ancianas griegas vestidas con ropas y pañuelo negro. No en vano responde a los rasgos de su madre venida de Salónica, zona helénica donde se concentraba la mayor cantidad de sefaradíes de Grecia.

“Tú deja a los muertos con los muertos y vete con los vivos” me había aconsejado una de esas ancianas, que cuidaba la sinagoga de la isla de Rodas, antes de ir al cementerio donde está mi tatarabuelo y mis choznos. Ella sabía lo que hablaba: era una de las dos sobrevivientes de Auschwitz en toda la isla.

Pero al sostener su mano empiezo a asumir que soy yo el que pretendo con ese gesto oficiar de salvavidas y retener de este lado de la frontera de la vida a esta testigo de las memorias propias que sólo ella puede transferirme, de nuestros ancestros y de uno mismo, antes de que supiera bañarse por la propia cuenta.

En épocas de necesidad, ella fue tía y madre alterna de mi madre, época en que las tradicionale familias grandes –no la moderna familia celular- juntaba a bisabuelos, abuelos, tíos y madre, sumando ocho bajo el mismo techo de una casa grande con patio, altillo, azotea y jardín con muro, donde pasé mi niñez.

Llegó a esa casa tras casarse con mi tío abuelo, priorizando su amor a la vocación de ser una de las jóvenes pioneras de la construcción del Estado de Israel, cuando estaba lejos de ser una promesa de comodidad. Distraída le preguntó a sus compañeras “¿Quién es el muchacho que me está esperando?”, cuando su futuro compañero de por vida fue a buscarla por primera vez.

El novel matrimonio se mudaría luego a una casa vecina, apenas a un corredor de distancia. Su cachila fue el medio para apilar la familia en zafaris hasta el Camino del Indio en Kiyú, donde construyeron su chalet y se acumularon decenas de vivencias familiares cubiertas del aroma a galleta de campaña.

Sin prisa pero sin pausa, el más chico de la familia se comió las albóndigas de almuerzo para todo el familión, en los 70 kms del trayecto desde la capital. Más tarde, cuando hubo inapetencia, la tía pelaba de sobremesa la manzana para postre de mi tío, que falsamente sorprendido reclamaba “Oro ¿quién me roba la manzana?” Y entre risas cómplices lograban que yo comiera jugando.

La afición por la geografía y los viajes de dos almas gemelas, como Oro e Isaac, superó sus más de tres décadas de matrimonio, unidos a un grupo de aventureros del GERGU uruguayo, con los que –ya cerca de los 70 años- seguían yéndose en ómnibus fletados a conocer las nacientes del río Uruguay.

Mi hambre por aprender de mapas y, sobre todo, de Historia, fue alimentada durante años con el regalo semanal de aquellas revistas Billiken de Argentina y Charoná de Uruguay. Me transmitían el trauma nacional: escuchando juntos el disco 78 RPM de Solé con los goles de Maracaná. Y cuando murió el tío, ella deseaba que me llevara todos los libros que quisiera de sus bibliotecas.

A mi me daba vergüenza. Lo sentía como un abuso, pues se trataba de una herencia de tomos, libros y suplementos, que a la vez eran recuerdos de una vida que construyeron con amor en común. Pero, en su visión, se trataba de dar utilidad al cúmulo de conocimiento atesorado y no en la mera acumulación inútil de impresos. “Tu tío estaría feliz que lo aprovecharas” me decía.

Así como estoy trabado desde el viernes sin poder escribir, pendiente de sus últimas horas que terminaron este domingo, no he podido jamás enfren tar la muerte de mis queridos sin escribir. Es como una rebelión a la intrascendencia y ganarle al olvido, perpetuar sentimientos y también relegar el dolor presente.

Terminé de madrugada mis reportes sobre la reunión de ministros de América para la agencia alemana DPA, al lanzar el Mercado Común del Conocimiento, antes de viajar al velatorio de mi abuelo. Volví de la asunción de Chávez en Caracas al entierro de mi única prima hermana y del cementerio a transmitir.

Me encerré todo un sábado adelantando tres páginas de mi nota diaria en el periódico económico en Asunción, pues hasta el domingo de mañana debía esperar avión que me lleve al entierro de mi más pequeño hermano. Me avisan al exterior que mi abuela murió a la medianoche en Uruguay y, aún llorando, a las cinco de la mañana estaba editando a mis corresponsales antes del entierro.

Hablábamos de este tema con uno de mis mejores amigos, mientras viajaba en taxi por la capital argentina. ¡No sé negro cómo podés!, me cuestionaba en Buenos Aires Rafael Klapembach, editor de El Observador y compañero de toda la carrera en la Universidad. No tiene nada que ver con profesionalismo.

No tengo otra explicación que decir que escribir me ayuda a “superar el momento de dolor” –como la disociación al atleta- y usar lo profesional para concentrarme menos en lo personal. Nunca le hallé poesía a la muerte. Es para poetas. Tampoco le encontré drama, ni cuando murió un entrevistado ante mi.

Me refiero a la ausencia de drama, en el sentido que le carga el mundo del espectáculo. Lo más sorprendente y conmovedor hasta los huesos es que cuando presenciamos la muerte de al lado -no la mediatizada por la industria del cine o de la televisión- ésta carece del predicable de lo “espectacular”.

Lo más conmocionante es que el ser vivo que estaba al lado tuyo de pronto no está más vivo. Se fue sin banda sonora melosa ni frases épicas. Es un irse apagando (a veces) o simplemente un apagón (en otras). Traduce contundente nuestra finitud, límite que invita con su misterio a priorizar lo importante.

Pero todavía no soy yo quien se resiste al desenlace. Creo que quien entregó su vida a cuidar a los demás, correr atrás de cada enfermo y evitarles el dolor en lo que podía, merece extinguirse rodeada de quienes la quieren y sin dolor agregado al que vamos acumulando a lo largo de la vida.

No tengo la neurona tan fresca como para recordar al autor que escribió -con certeza- que “eso que tú llamas muerte, es apenas el último dolor”. Enseña que vamos muriendo en etapas, vamos perdiendo parte del placer de estar, hasta que perdemos el placer de ser. Luego, ya no somos, con o sin signos vitales.

Los poéticos dicen que a la gente fecunda no se la entierra, sino se la siembra. Este domingo nos enteramos que la tía, con 81 años, había ido a firmar la donación de sus órganos, pero le contestaron que ya su cuerpo estaba con un desgaste importante por la avanzada edad, agregada la erosión por la diabetes.

Quizás ofendida por el desaire ante el rechazo de la donación de sus últimas y más preciadas pertenencias, ofrecidas a los demás, la anciana tía no se dejó desalentar.Si Einsten pudo donar el cerebro, ella fue a la Facultad de Medicina y donó su envase, el cuerpo entero para investigación de los futuros doctores.

Así que este lunes de mañana me enteré de esa sorpresa guardada: el último deseo/enseñanza que legaba nos privaba del duelo/tradición de enterrarla, cuando aún podía ser útil. Mi tía no creía en eso de que “del polvo vienes y al polvo vas”. Ella ya no estaba dentro de ese cuerpo que, en vez de convertirse en Oro en polvo, seguirá sólido (en lecciones), en partes como los lingotes.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Ñe encantpo el relato, esas son mujeres!!!