Crónicas de Torsos Huérfanos

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9/09/2005

Maggi-click y el Caciquillo: historia y novela

La Historia Oficial de Uruguay perpetúa la mentira decretada y
Carlos Maggi la rebate mezclando historia con novela histórica

MAGGI-CLICK y
EL CACIQUILLO

Por Carlos Montero, montero@sintesis.org


Casi como los viejos encendedores a chispa (Magi-click) que vendían para las cocinas a gas y sin hacer el caldo gordo (¿marca Maggi?) a la Historia Oficial plena de feriados acordados políticamente, el periodista Carlos Maggi se lanzó al desentierro de 300 documentos que probarían la existencia de un ignoto caciquillo, que habría sido al prócer uruguayo Artigas como Robin a Batman.

En un país donde se destaca el perfil inmigrante en el pasado y emigrante en el presente de los orientales del Uruguay -coherente con el acto fundacional como pueblo que fue el éxodo de 1811 tras nombrar a Artigas como Jefe de los Orientales- es obvio que se obvie la gravedad del genocidio indigena en Salsipuedes, como fundacional del Estado, y también el apoyo a la revolución.

No somos quienes para juzgar la contundencia de las pruebas documentales ni la relevancia que en la campaña artiguista y la Patria Vieja tuvo este personaje (“que no te enseñaron en la escuela” como publicita su redactor), pero nada puede descartarse ‘prima facie’ del aporte de este analista independiente del ex semanario MARCHA que hoy escribe en el diario matutino EL PAIS.

Muchas más razones tenemos para dar carta de crédito a las revelaciones sobre lo omitido, cambiado o idealizado por nuestros historiógrafos, pese a que nos rechine el paradójico título “La Nueva Historia de Artigas”, tras 240 años del natalacio del héroe cuyas cenizas ocupan el centro de la Plaza Independencia.

Justo Independencia es todo lo contrario al ideario explícito del Protector de los Pueblos Libres que, desde el Hervidero, conducía una Liga Federal en la que la vieja Banda Oriental apuntaba a constituirse en una más de las Provincias Unidas del Río de la Plata, sólo evitando a Buenos Aires de capital.

Pero Maggi, a pesar que en sus dominicales páginas tamaño sábana hace rato que se considera por encima del bien y del mal –con todo derecho para creerlo pero no para poderlo pues es todavía un ser humano- lleva todas las de ganar en su cuestionamiento a la versión autorizada sobre el pasado de un país que se basa, de feriados en adelante, en mentiras, media-verdad u ocultamientos.

Comencemos por las denominaciones de las fechas conmemorativas de un calendario que se quiere tan laico que los uruguayos tienen que viajar al exterior para enterarse que el 8 de diciembre no es el Día de las Playas sino el de la Vírgen, que el 6 de enero no es el Día de los Niños sino el de los Reyes Magos y, al menos, nunca dieron bolilla al Día de las Familias, del 25 de diciembre, aunque festejen una Navidad aculturada con Santa Claus y “nieve”.

Sigamos con los feriados, de las cuales ya han salido –tras décadas de tironeos- el 25 de mayo por el comienzo en 1810 en Argentina de los movimientos independentistas de la corona española en Hispanoamérica, aunque en los hechos se apuntaba a una retroversión de la soberanía a los cabildos mientras el legítimo rey estuviera bajo secuestro napoleónico.

También se ha engrosado el número de días laborables gracias a eliminar, luego de la vuelta a la democracia en las últimas dos décadas, la mitad de la Semana Santa o Pascuas, que oficialmente se denomina –por las mismas razones laicas- Semana de Turismo y, optativamente, Semana de la Cerveza, Semana Criolla (por las domas de potros) o Semana de la Vuelta Ciclista.

Previamente, tras no pocas discusiones en la dictadura, se eliminó la semana completa de asueto llamada Semana de la Primavera, que era la tercera de setiembre, y que ahora se limita a festejos el viernes, que continúan durante el fin de semana con el innovador Día del Patrimonio Histórico, en que más de mil lugares se abren para que la ciudadanía recupere su pasado... oficial.

Porque si Argentina tuvo su primer Oscar de la Academia por la actuación en “La Historia Oficial”, los uruguayos no le van en zaga. La saga de mentiras o deformaciones decretadas o, incluso, legisladas, recorren el resto de las fechas patrias, donde públicas verdades se omiten por tradición o interés simbólico.

No otro que simbólico, y con tufillo de influencia masona, es que se mantenga el número de 33 Orientales para recordar a quienes cruzaron el 19 de abril de 1825 el río que nos separa de la hoy Argentina, para lanzar la Cruzada Libertadora contra el Imperio del Brasil desde la Playa de la Agraciada.

Los que desembarcaron para liberar a la entonces Provincia Cisplatina eran cuarenta y sólo 21 orientales, tal cual demuestran los documentos aclarados por el mismo Oribe, exhibidos por el historiador Aníbal Barrios Pintos, y que publicamos allá por 1993, con la ratificación en las radios por los expertos.

La protesta originaria yo la había exhumado de la época dictatorial, cuando la historiadora Martha Canessa -esposa del futuro dos veces presidente Julio María Sanguinetti- publicó en 1983 en el semanario Correo de los Viernes el reclamo de por qué no se corregía un error -con un siglo y medio de atraso- en los libros de Historia y en las conmemoraciones oficiales.

En un avión que nos trasladaba en 1995 de Montevideo a Bariloche, para la cumbre iberoamericana de presidentes y el rey de España, tuve la oportunidad de dialogar aparte con el presidente Sanguinetti, sentado junto a su esposa. No pude conmigo y, sin diplomacia, le pregunté amablemente por qué no hizo los cambios cuando ya estaba en el segundo gobierno de su marido historiador.

“Es que el número queda redondo” me contestó sonriente doña Martha, con mirada de picardía irónica. Está claro que 33 es el número de los grados de la Masonería, como tantos presidentes uruguayos, como el que tenemos hoy –Tabaré Vázquez- o como el mismo Manuel Oribe, que preparó la cruzada en Buenos Aires en 1824 con la Logia de los Caballeros Orientales.

Así, la Historia por decreto mantiene un departamento de Treinta y Tres (¿por no adaptar las canciones de Los Olimareños o sonará feo asimilar a Lavalleja con Alí Babá por sus “40 orientales”?); un departamento de Rivera en honor al familiar del presidente Frutos, muerto mientras mataba indios en Salsipuedes; o Flores, departamento recortado a San José para facilitar la elección de Máximo Santos como senador y permitir su reelección presidencial en 1882.

La historia para feriados y almanaques sigue hablando cada 18 de mayo en el Obelisco de Las Piedras del “general” José Artigas, cuando el prócer que derrotó allí a las fuerzas realistas alcanzó dos veces el grado de coronel y, posteriormente, declinó dos veces el grado. La charretera no hace al monje.

La versión oficial de un Artigas criado en el Sauce, que promueve los anuales desfiles allí con motivo de su natalicio del 19 de junio (de 1764), no puede desmentir los documentos irrebatibles que prueban que nació en la casa familiar de Ciudad Vieja el luego fundador del Cuerpo de Blandengues, una pertenencia que confirma su pasajera condición posterior de contrabandista.

La historia autorizada es la que llega a ignorar cada 18 de julio la explícita cita de los constituyentes que juran la Carta Magna refiriéndose a ese 1830 como “segundo año” de nuestra independencia, en referencia a la entrada en vigencia de la Convención Preliminar de Paz de 1828 que, con mediación inglesa, Argentina y Brasil firmaron para que fuéramos su estado tapón.

Por lo tanto, por decreto se hace desfilar cada 25 de agosto a los escolares para recordar una Declaratoria de la Independencia de 1825 que no fue tal. Pues el cura Francisco Larrobla presidió una asamblea, en la Piedra Alta de Florida, que por un lado nos declaraba independientes de España y Brasil, pero luego nos manifestaba dispuestos a federarnos con las Provincias Unidas.

Y podríamos seguir al último siglo, mostrando que la mayoría de legisladores que discutieron cuál sería nuestra fecha de Independencia, en la legislatura de la primera mitad de los 1920, decidieron optar por la fecha de 1825, pues así caerían los actos e inauguraciones en su mismo período legislativo.

No fue la prueba o la versión completa de los hechos la tomada en cuenta para promulgar leyes, decretos o conmemoraciones que, entre otras, recordando al 12 de octubre –no por la llegada de Colón sino por la Batalla de Sarandí- destacan la orden de Lavalleja -“carabina a la espalda y sable en mano”- olvidando que inmediatamente amenazaba con ejecutar a los que dieran la espalda para huir. Ahí sí... era la Patria o la Tumba (por fuego amigo).

Tampoco podemos adjudicar los errores o diferencias a la distancia histórica de nuestra etapa independentista, pues hasta hoy se sigue discutiendo cuándo fue el golpe de estado de 1973. ¿No fue el 27 de junio? Bordaberry reconoce que el decreto de disolución de las cámaras ya estaba el día 26, pero se retrasó por falta de firma de un ministro: por eso hubo última sesión del Senado.

¿Pero hubo verdadero quórum en esa sesión histórica cuya filmación tardamos doce años en ver? El senador Amílcar Vasconsellos acusó allí a los golpistas de “aprendices de latorritos” luego de haber fundamentado que el Golpe ya estaba vigente desde el 9 de febrero anterior, cuando el presidente Bordaberry quedó bajo tutela militar. Hoy, tras 32 años, Bordaberry confirma: fue el 9-F.

¿Importan las fechas? Mejor que contestarlo, preferiría decir que importa la verdad histórica. Pero si la embajada de EEUU pudo estar cerrada este lunes 5 de setiembre por causa del feriado de los trabajadores (que cae el sábado 3 en su calendario oficial) nada nos puede sorprender en nuestras galaxias del Sur, si no conmemora el 1 de mayo ni el país donde acaeció la tragedia de Chicago.

Podemos entender la clave de la mentira aún en los simbolismos históricos de la política y sus aniversarios, apelando a la “Crisis de la República” (Santillana, 1983). No me refiero a Federico Fasano sino al libro de la brillante historiadora Hannah Arendt, cuyos aportes explotaremos en el futuro.

Y aún sin compartir su extremo pesimismo de ver la mentira cual herramienta intrínseca de la Política, atendamos su admisión que “el engaño, la deliberada falsedad y la pura mentira, utilizados como medios legítimos para el logro de fines políticos, nos han acompañado desde el comienzo de la historia”.

Para Arendt, “la sinceridad nunca ha figurado entre las virtudes políticas y las mentiras han sido siempre consideradas en los tratos políticos como medios justificables”, mientras el ciudadano tiene “inclinación a ser presa del error, de la ilusión, de las tergiversaciones de la memoria”.

Concluye que “la deliberada negación de la verdad fáctica -la capacidad de mentir- y la capacidad de cambiar los hechos –la de actuar- se hallan interconectadas. Deben su existencia a la misma fuente: la imaginación”. ¿No postulaban los líderes del mayo francés del 68 “la imaginación al poder”?

Vaya que Bush, quienes están en su gobierno o detentan cuotas de decisión o influencia, tuvieron imaginación en el poder para fundar la guerra en base a mentiras que se desarrollaban ante los ojos de ONU. ¡Cuánto más debemos desconfiar del pasado leído y reinventado según las necesidades del presente!

Por eso me aferro a la convicción de Arendt de que, “mientras la prensa sea libre y no esté corrompida, tiene una función enormemente importante que cumplir” para el ciudadano: garantizar “la no manipulada información de los hechos, sin la cual toda libertad de opinión se torna (en) una burla cruel”.

Es que si el periodista debe hacer el primer borrador del Presente y lo hace mal (sea adrede o involuntariamente) ¿qué podemos esperar de la calidad de conclusiones de la ciudadanía hoy y de los historiadores que mañana se alimenten ingenuamente de fuentes como nosotros?

POSDATA SORPRESIVA y DECEPCION:

Este análisis parte del respeto por la trayectoria de don Carlos Maggi y el cuestionamiento compartido a la Historia Oficial, aunque yo no comparta el título marketinero “La Nueva Historia de Artigas”. Podrán ser viejos documentos antes omitidos y hoy rescatados o descubiertos, pero la nueva puede ser la versión, porque la historia de Artigas terminó el 23 de setiembre de 1850 en Asunción, a la entrada del Jardín Botánico y la Escuela Uruguay.

Lo que me resultó una amarga sorpresa fue que, al terminar el artículo y disponerme a leer el tomo 4 de esta versión del héroe y su hijo charrúa -que “no te ebnseñaron en la escuela”- me encuentre que hay un primer capítulo de Historia (págs.7-38), ¡otro de Novela! (39-64) y un apéndice (65-90) de fragmentos de documentos. ¿Qué hace una novela en un libro de Historia?

Luego de apoyar el emprendimiento de un intelectual de fuste, que anuncia el desentierro de 300 documentos que dan nueva luz sobre la historia nacional, resulta que dedica un tercio del tomo a una novela, aun siendo novela histórica no es lo prometido a los lectores o padres que buscaban ilustrar a sus hijos. En la novela (anunciada en pág. 39 y no en tapa) no diferencia ficción de historia.

“Sean los orientales tan ilustrados como valientes” era el santo y seña que un día dictó Artigas durante la Patria Vieja, conmemorando la conformación de una biblioteca pública, antecedente de la Biblioteca Nacional. Siguiendo la máxima artiguista dejamos constancia respetuosa de esta crítica pues “lo cortés no quita lo valiente”. Aunque tampoco lo Cortés, quite lo Pizarro.

1 comentario:

el pelao dijo...

comparto muchas cosas de lo que decis (casi todo).pero digo,que deberia existir mas orientales como vos y como Maggi que tengan el coraje de denunciar a los rivera,oribe,sanguinetis,canesa,etc.traidores y vendepatrias que con diferencia de 200 anos siguen existiendo en nuestra Banda Oriental.