Crónicas de Torsos Huérfanos

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8/21/2005

La evolución, de Chita a King Kong


El primer King Kong de 1933 Posted by Picasa

Cuando el hombre usa el “racio-simio” en vez del racio-cinio

LA TEORIA DE LA EVOLUCION:
DE CHITA HASTA KING-KONG

Por Carlos Montero, montero@sintesis.org

No están incluídos en “El Orígen de las Especies” de don Charles Darwin -quien recorrió el Cono Sur en la primera mitad del siglo XIX buscando los primates que supuestamente mutaron para derivar en el ser humano- pero Chita y King Kong son los dos simios más famosos; más que los llamados hombres de Cromagnon, Neanderthal, Homo Faber o Sapiens.

El 15 de diciembre próximo, de la mano del neozelandés Peter Jackson, el director de la trilogía El Señor de los Anillos, tendremos la tercera versión en la pantalla grande de “King Kong”, mono gigante y enamoradizo que en 1933 quiso conquistar a Fay Wray, en 1976 a Jessica Lange y en 2005 lo intentará con Naomi Watts. Como prueba del orígen: “Los simios las prefieren rubias”

Se cuenta de dos gauchos que entran por primera vez al multicine alfombrado de un shopping en la capital del país, versión coherente en la era de edificios de monoambientes a nivel de salas cinematográficas, con puertas que se amontonan a corta distancia invitando a la confusión de los espectadores que hacen cola en finas filas, separadas apenas por cintas dignas de un aeropuerto.

Sin prestar suficiente atención al número de la sala donde se exhibía “Tarzán”, el heroico hombre-mono que admiraban desde la época de las historietas por entregas de la contratapa del suplemento cepia del diario El Día, los gauchos equivocados entraron al microcine de al lado, donde proyectaban King-Kong.

“¡La pucha!”, exclamó el más distraído a su compañero de paseo: “Mirá todo lo que creció Chita, desde la última película”. Moraleja: muchas veces los humanos confundimos lo que parece la evolución de un mismo ser, con lo que realmente se trata de dos seres completamente diferentes.

Tampoco Tarzán era una cruza de mono y ser humano. Para quienes no conocen sus orígenes míticos se le llamaba “hombre-mono” pues era hijo de seres humanos que cayeron en avión en la selva y fue adoptado por los monos del lugar que lo rescatan, crian y lo hacen un hombre hecho y (semi)derecho.

La versión fílmica del héroe, protagonizada por el campeón olímpico de natación Johny Weismüller, continuada luego como serie televisiva, incluye a tres personajes secundarios: su esposa Jane... también rubia (¿cayó otro avión?), su hijo Boy y la inefable mona Chita, “bolo” en la jerga teatral, que así designa a los papeles para los que el libretista no dedica ni una línea.

Esa es la injusticia del mundo del espectáculo. A algunos actores los encasillan en ciertos papeles y luego del éxito no logran sacarlos de ahí. Fue el drama de Marilyn Monroe, que se deprimía porque sólo la llamaban para papeles de “rubia tonta”. Lo mismo le pasó a Chita: la encasillaron en el papel de mona, o a Rin-tin-tin y Lassie que no los sacaban del papel de perro.

Pero volvamos al tema y no confundamos al mono con el perro, porque si alguna vez se termina de demostrar que el ser humano desciende del mono, al menos quedarán exceptuados los astronautas. Gracias a la Guerra Fría -a nivel espacial- los astronautas son los únicos que descienden del perro (o, mejor dicho, de la perra... comunista Laika, que desde que se fue nunca más volvió).

Así, saltando con lianas de tronco en tronco, Tarzán volvía a su casa sobre el árbol –donde le esperaban Jane, Boy y Chita- aunque lo reducido del espacio no les daba para demasiados entretenimientos. Apenas si podían transformar la cama en cancha de ping-pong, dividiéndola con una boa como red.

Pero tampoco se podían entusiasmar demasiado Tarzán y Jane en la cama (convertida en cancha de ping-pong...aclaremos) pues cualquier pelotazo corría el riesgo de no ser devuelto por el adversario, atravesar la ventana (sin vidrios, obvio) y terminar con la bolita en la espesura de la selva.

Por eso, no debería sorprender que -dos por tres- el héroe estuviera cansado de tanto balanceo y ordenara: “Chita, anda a buscar la pelota”, a lo que la mona obedecía resignada. Un día, gritos desgarradores conmovieron al hogar, tras la salida apurada de la mona que tardó horas en volver con una gran sorpresa.

Fueron, mejor dicho, dos grandes sorpresas ante las que Tarzán exclamó: “Chita, te pedí las pelotas de ping-pong, no las de King-Kong”. Fin sangriento para la lucha entre los dos héroes simios durante esta primera y única cita, fruto del malentendido creado por cómicos que Ud. puede ver como ordinario.

Juego de ideas o de palabras, retruécano o chascarrillo, humorada u ordinariez, en todos los casos se trata de combinaciones que surgen del racio-cinio del ser humano, diez mil veces menos perjudicial que las barbaridades que vemos vía satélite desde todo el globo gracias a las animaladas dignas de un racio-simio.

Esta nota atípica e irreconocible entre las tradicionales columnas “sesudas” de LA SINTESIS va dedicada a quienes se ofenden por un chiste, un show o una obra de artista, pero consumen, admiten o no dan importancia a miles de actos violentos de autoridades legítimas e ilegítimas, sin que se les mueva un pelo.

Vera Chytilová, en el clásico checo “Locas Margaritas” (1966), finaliza su film con una orgía gastronómica, destruyendo decenas de alimentos en juegos de las cínicas protagonistas de esta película que formó parte de la corriente de la “Primavera de Praga”, antes de ser aplastada por la URSS en 1968.

Cuando uno ya estaba hastiado de tanta comida destruída, la directora checa nos pegó en el mentón en la muestra de Cinemateca, acusando a los que nos ofendíamos por las escenas y no hacemos nada por los miles que mueren de hambre. Política y Economía pueden matar; el arte no, aunque pueda ayudar.

Es hora que evolucionemos, desde la supuesta racionalidad que hace que tomemos como normales actitudes animales -del hombre como “lobo” del hombre- y, por el contrario, nos indignen espectáculos que exhiban en público vicios privados que ocultan gobernantes (PT o Pinochet) y gobernados.

Al menos, igualemos nuestra reacción de repudio institucional a la barbarie política y cultural, aunque no nos subamos airados a rascacielos y derribemos aviones como King Kong, ni nos riamos con cara de ingenuos como Chita. Evitemos hacer la del mono, cuando se supone que ya somos seres humanos.

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