Crónicas de Torsos Huérfanos

Crónicas de Torsos Huérfanos
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8/24/2005

Arde Aun la Llama

Especial para el 24 de agosto, en La Noche de la Nostalgia

ARDE AUN LA LLAMA(*)

-Sigue dando periodistas el tiempo

Por Carlos Montero, montero@sintesis.org

Un duelo. Los quince años siguen siendo un duelo para las latinoamericanas, al menos de clase media-baja para arriba, que -con viaje de regalo o con fiesta de presentación en sociedad- ya son consideradas “señoritas”, en condiciones de empezar a salir o tener romances, entre otros duelos.

Así pasó con mi madre, que –aunque prefirió de regalo el viaje a Córdoba en un ómnibus que sufrió un vuelco casi mortal- literalmente cambió a esa edad las muñecas por su novio, quien sería mi padre luego que llegaran a la mayoría de edad y se casaran. Superaron así el duelo de la boda y el divorcio.

En cambio, los adolescentes varones no vivimos una situación parangonable de duelo y, a pesar de tener en lo personal ascendencia sefaradí materna y vasca paterna, la libertad de decisión que ellos me concedieron -para cuando fuera mayor- me liberó del acto/duelo del ‘Barmizva’ de los trece años, como ya me había librado del debut social con la circuncisión a los ocho días.

El debut real en sociedad fue entonces a los 13 días, en el primer cumpleaños de dos primos, según atestiguan mis primeras dos fotos de una jornada que sería proléptica. Un primo de mi padre me levantó con sus brazos, por sobre la cabeza, e invocó sin aclarar deidad destinataria:“¡Que sea periodista !”. Este periodista del diario El Día de Uruguay, quien terminaría de corresponsal en el extranjero y moriría de diabetes, nunca sabría cuánto me transmitió su destino.

A punto de cumplir quince años yo también debutaría en la profesión, cuya vocación perseguí desde bebé, relatando carreras de escarabajos por el jardín de casa. Nadie me contaría estos antecedentes hasta que, al duplicar esa edad, partí de corresponsal al exterior y el disparador de la nostalgia me llevó a la hiperglicemia. Profético, hasta trabajé en el diario El Día... pero de Paraguay.

Aunque aquellos 15 años me marcaron. Por fin me dejaron volver después de la medianoche, empecé a dar vueltas al país haciendo autostop –sin permiso- y porque, siguiendo su tradición de festejar los 15 con viajes, mi madre me llevó por primera vez a las Termas del Arapey. Fue amor a primera vista.

En un cuarto de siglo volvería cuarenta veces. Primero en carpa casera, luego carpa profesional, casa de amigos, bungalow, motel y, al final, hasta hotel. Llegaba a pasar los 24 días de licencia anual durante el calcinante enero y hasta volver dos veces en Carnaval, Semana Santa o vacaciones de invierno.

Ya, con 25 años, pesaban más los libros en la mochila que la misma carpa, carga justificada por la comezón del séptimo día, a partir del cual me caía en los hombros un muro de tedio vital como a los maratonistas después del kilómetro 32. Así que, con apariencia de deprimido aunque no lo estuviera, me tendía a leer en la reposera junto al tobogán de la piscina de 39° grados.

Mi ocasional compañía en las veladas de camping estaba compuesta aquel verano por una barra de salteños y atractivas porteñas. Nos nucleaba la edad cercana, aunque les ganaba por unos años. Ellas eran tres, nosotros cuatro y (para variar) el suscripto –solo por timidez- quedaba fuera de concurso.

Dedicado a la lectura, intentando olvidar la profesión que exprimía sus días, distendido en las mañanas, solitario al atardecer, de a poco el recuerdo de esa madre putativa que resulta nuestra labor se perdía entre tanta febril naturaleza.

Una noche, tirado en una hamaca junto a la carpa, las chicas se acercan riendo y piden que me prepare porque ya habían encontrado “alguien para vos”. Devuelvo una mueca, sabiendo íntimamente que detestaba los amores de verano, que etiquetaba como vacaciones a la conciencia de tantos turistas.

Yo los juzgaba mal por sus juegos de flirtreo, acaso para destruir recuerdos pero sin construir otros y acaso destruyendo ilusiones de terceros. En el futuro ese dedo acusador debería desviarlo hacia mi pecho. El corazón no se distingue por la coherencia y hasta el más justo juez puede ser procesado.

Frente al fuego ella sería la última en llegar. Era hermosa pero también una beba. Tendría 16, acaso 17 años y estaba llena de ternura.

Tenían razón: hablaba más que yo, sus pupilas esmeralda destellaban al mango cuando se refería a su vocación, a su deseo de ser periodista en Deportes, a que – aún viviendo muy lejos de la capital –pensaba llegar a hacer lo mismo que sus ídolos en una machista variante profesional.

Fue conmovedor charlar con ella. Casi la adopté. Me puse paternalista, lo reconozco, pero era como enfrentarse nuevamente con el impulso bruto, con el espejo de los primeros años en que cada uno intenta abrir un surco en donde nos permitan transitar y, si no nos abren la puerta, saltamos por la ventana.

La insté a estudiar periodismo, a no esperar el fin de los cursos para hacer sus primeras experiencias, a que se presentara al diario de su ciudad para que la dejaran practicar, haciendo primeros pininos en divisionales menores. Recién extinguidas las últimas brasas -y con sonrisa grabada a fuego- volví a dormir.

Al día siguiente llegaría tarde a la piscina porque estaba estudiando desde temprano para sus exámenes. Cada vez que pasaba fugazmente por encima de mi atención era una ráfaga de luz, pureza y primer amor por la profesión, ese que a veces de tanto teclear se pierde, esa capacidad de sensibilidad o dolor que los callos van tronchando del tacto.

Ella volvió a su ciudad, yo a la capital. Días más tarde telefoneé a aquel diario y a una radio amiga del departamento. Les dí buenas referencias de “la gurisa” por si aparecía, advirtiéndoles que tenían una “perla en bruto" en el pueblo. Otra vez el paternalista. Se ve que no confiaba que lo podría hacer por sí sola.

No coincidí con ella los años siguientes en mi tradicional lugar de descanso, retornó el amor por mis pagos, la profesión me llevó de arriba para abajo, luego de lo cual el primero me volvió a desamparar.

Concluía otro verano y salía de playa Pocitos -libro bajo el brazo- con la silla plegable. Mientras esperaba el ómnibus una sonrisa rubia se volvió a cruzar y, con las ganas intactas, me acribilló con su nueva vida. Se había mudado a Montevideo, estudiaba periodismo e insistía con dedicarse al deporte.

Le conté que esa había sido mi vocación primaria cuando comencé a los catorce años, pero que bastaron cinco días para convencerme de la futilidad de ese camino y la importancia de servir a la gente, bla, bla, bla (sin duda, me estaba volviendo viejo).

Nos despedimos y se fue por la rambla con el ímpetu -que me escaseaba- para desafiar al futuro con "ojos de tigre" (como dicen en EEUU) del challenger, retador que nada tiene por perder, todo por ganar y que le saca a la vida su oportunidad a la fuerza.

No volví a verla más. Varios de sus profesores eran mis amigos y cuentan que fue brillante. Ya no recuerdo su nombre. Sólo sé que un domingo, mientras despertaba, entre lagañas la ví en mi aparato de TV. Estaba espléndida... haciendo periodismo deportivo, con una idea original y en un canal privado.

Sabía que iba a llegar, que éste sería apenas un paso de su futura/actual carrera y que no era la última vez que escucharé/veré hablar de ella. Descolgué aquella sonrisa archivada en la carpa después del inolvidable fogón termal, me la puse y, aliviado, salí a revisar antiguos libros por la gigantesca feria de Tristán Narvaja, donde todo lo que no se usa encuentra algún interesado.

Y esta noche, cuando la emoción convoque gustos saboreados para llenar el vacío, preferiré olvidar la sabiduría de los sobrevivientes del Holocausto, que optaban por pensar en una nueva vida y advertían, cantando con melancolía sobre el pasado, que “los recuerdos son carceleros que custodian a su presa”.

Les contestaré con respeto, a mis queridos fantasmas, tarareando “Dulce rendición” de Rod Stewart, y aceptaré entregarme -por unas horas nomás- a los custodios de la jaula de oro repleta de lo añorado. Por lo que resta, no hay que preocuparse: la llama sigue ardiendo. Fuego encendido que nos consume.

Sigue dando periodistas el tiempo; los que persiguen su vocación a pesar de los obstáculos, de la falta de recursos, a pesar de las presiones o censura, de las concentraciones multimedia, a pesar de quienes nos preferirían cabezudos de su corso o vedettes de su burdel. Y... hasta pese a los duelos y la nostalgia.

Vuestro amigo,
Carlos Montero

(*) Una versión mucho más reducida de esta historia apareció en 1993 en la columna “Ojo y Diente” de Carlos Montero, en el diario La República. El nombre de la protagonista nunca lo reveló ni la volvió a ver.

Esta edición va dedicada a los queridos colegas Pablo Fernández y Jesús Ferreira de San José que, en momentos de bronca o depresión con nuestra profesión y algunos que viven de ella, acaban de escribir doloridos mails que reproducimos en lo medular y que a todos nos tocó pasar. Fuerza, porque, cuando pasan las nubes, el horizonte reaparece claro.

Extracto de MAIL DE PABLO FERNANDEZ:
“Colegas, tristemente debo comunicarles que en esta profesión (...) hay gente de baja estofa, que con honestidad me avergüenza que trabajen en mismo rubro. En esta semana me he replanteado muchas cosas; entre ellas ¿de qué sirve, ir de frente y pretender ganarnos el sustento con dignidad, cumpliendo con esta maravillosa ? pero a veces ingrata ?profesión?
¿DE QUÉ SIRVE, que tengamos que pasar ratos amargos por ser fieles a valores profesionales, éticos y morales, y útiles a la sociedad cueste lo que cueste, si en definitiva serán siempre los corruptos corporativizados ? hasta dentro del ?periodismo? - los que accionan hasta la más ruin de las canalladas para seguir encaramados en sus inmundas chacras de fantasía?....”

Extracto de MAIL DE JESUS FERREIRA BORGES:
“... creo que me equivoqué de profesión. Debí meterme de soldado, para respetar sin discutir lo que me dicen de arriba. Soy periodista, me rompo el lomo para hacer un buen trabajo y me calienta mucho que algunos que no son ni parecen periodistas armen estos líos. Me calienta la gente que vive de otra cosa y que utiliza el nombre de Periodista para currar por todos lados y satisfacer sus ambiciones políticas”.

1 comentario:

Roberto Iza Valdes dijo...
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