Crónicas de Torsos Huérfanos

Crónicas de Torsos Huérfanos
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7/20/2005

Turismo Sexual

Asfixia, sexo y escapismo en uno de los tantos paraísos turísticos

PARATY ES PARA OTROS,
MENOS PARA LOS SUYOS

por Carlos Montero, desde Rio de Janeiro

Los faroles alumbraban penumbrosamente la plaza, guareciéndola en desigual combate y con pírricos resultados, de la sombra que los hería desde el campanario de una iglesia más vieja aún que la ciudad tricentenaria, sitiadora luego de sus corroídas paredes.

Discurría vaga aquella noche del arribo para la troupe de gringos que se misturaba con turistas brasileños. La bóveda (a otras horas) celeste saludaba completa al acurrucarse en uno de esos bancos de madera con armazón curvo de hierro; testigos supérstites de rosedales del novecientos.

Piedras irregulares, rodeando el rectángulo pródigo en coqueiros, desfilan bajo balcones de madera que -cual cuerno mosaico- emergen en salto abortado del infrecuente primer piso de casas brancas, personalizadas por marcos de puerta y ventana alternadamente azules, amarillos, laranjas, ladrillo, celestes, verdes, marrones, mostaza; marco en que se encarnaron al celuloide carnales carillas de Amado dedicadas a su Gabriela.

Imantado por el argumento, tanto italiano invirtió en Paraty sus dinerillos para comprar un comercio propio. El proverbio chino miente que "un hombre tiene la edad de la mujer que ama" e ilusionados prueban la ficticia suerte de Marcello Mastroianni: rejuvenecer gracias a esta variante sudamericana de salvaje virgen prostituta rastreada por Gauguin en el Pacífico. Aspiran a una doctora Aslan sin diploma que, con su medicina alternativa, inyecte taumatúrgicamente la revolución vital en quien se hartó de sofisticados paladares negros pseudo intelectuales vistiendo su vacío de boato; corporización del no ser.

Sólo un shock recuperará la añorada sensibilidad de conmoverse ante la complejidad del simple instinto liberado, explosión de naturaleza por granada de fragmentación que reduce a ruinas los muros de inhibición que tapian nuestro espejo. Sucumbirían gustosos al torbellino de un voluptuoso capullo adolescente desnudando sus estambres púberes al sembrar descalza -ora caminando, ora flotando- deseos que despierta inconsciente a sabiendas; inocente perversidad.

Sigo circuitos de distraída persecución individual premeditada a ritmo pianissimo, método de seducción en pueblo chico -infierno inversamente proporcional- donde a pocas cuadras se cruza uno con su sombra. Salvo que quienes a corta distancia se escrutan, de reojo o explícitamente, vienen de lugares distantes y seguramente jamás vuelvan a verse: liberación desarraigante del eterno presente y garantía de irresponsabilidad futura por lo pasado; póliza incorporada al precio del tour.

A cambio no pretenden más fruto que el del guijarro sembrado en el mar, simiente infecunda, ondas que no tardan en ahogarse -eyaculada la pasión- sin dejar cenizas para esparcir osario en mano en romántica despedida; apenas la sensación de haber y ser usado.

Dedicado a voyeur no pecaminoso, jugaba a deducir de inducciones incompletas las reglas cómplicemente aceptadas por los partícipes en este reality show, travesura imprevisible de bucear sin tanques de oxígeno en honduras traicioneras del alma ajena; riesgo del Mar de los Sargazos en probeta de estanque.

Telón estelar arriba, trocó el público que asumía un papel en el escenario con los moradores permanentes, hacinados en eufemísticos complejos habitacionales fuera del casco viejo, donde los guías siquiera van con sus efímeros curiosos. Son rubios y mulatos, con rol de zafrales de lo que se pague en dólares o sedentarios vendedores de lembrancas en comercios del antiguo puerto rodeado de morros.

La otrora plaza fuerte de donde partía el oro al imperio lusitano, ya reciclada como falsificación arquitectónica consumible, presencia indolente cómo sus jóvenes se entregan con discreción no excesiva al primer extranjero -o italiano semilocatario- que las redima de su futuro sin futuro; trágica dación.

Los ví zarpar extasiados, pintores o industriales, con su venus cabellera al viento tomada del palo mayor, usando la breve falda por vela. Y entendí cuando, hamacándose abrazados a metros de la orilla, imaginan lo bueno de morir en ese preciso segundo, aunque opten por estirar como masa el instante mágico tanto como pudiera durar; felicidad virtual.

Varias de las locales están "bien casadas" en Italia, luego de capturar a un candidato de paso que las llevara en pleno encandilamiento. Una de ellas paseaba borracha su prosperidad de vacaciones, snob de costoso jean en las piernas y gin en la mano, por si la marea ruidosa de la discoteca no pudiera arrasar su costera conciencia; venta costosa que de sí hizo.

Los centros de descanso de cualquier parte del mundo comparten ese drama que los cruza: para el turista son el paraíso y la ruptura con la rutina; para el lugareño son condena impurgable a la nesciencia de comenzar cada día el insoportable círculo de servir al solaz de caras diferentes tan iguales. El deseo de fugir se hace impostergable; hasta lograrlo negocian la sonrisa por una mueca que vestir al salir a trabajar.

A pocos kilómetros, en la praia de Sao Gonzalo, bajo lluvia muy intensa y poco extensa, Amelia, una bailarina de lambada -gostosa afrodita- se abrazará desnuda con un perfecto extraño. Está cansada de esperar. No lo ama, pero agradece que sea gentil.

Aborrece la brutalidad de los rubios bebedos de la dancetería que la suponen en celo permanente y pretenden atropellarla -con dólares y portunglish- para, luego, dejarla sola, confiesa sin falsos pudores; "mi cuerpo responde con un orgasmo que no disfruto".

Comparte sus sienes con el desconocido, para conseguir un primerísimo primer plano de su corazón, que -mejor que la imagen- tiene la irrebatible verosimilitud del tacto. "Es una ilusión lo que espero" acota, para que interprete su conducta, aunque hiperboliza que, "en definitiva todo es ilusión"; el que esté libre de concupiscencia que tire la primera piedra.

Una despoblada rodoviaria del promiscuo Paraty sabatino daba ingrata despedida al corresponsal, sin reconocer el mes en que fue parte del paisaje, sin acatar el rol asignado de turista recolector de postales.

Antes de trepar al transporte, garabateó en su agenda -con no poca admiración- cómo cada humano en cualquier lugar del globo, pese a dispares peripecias, puede llegar antes o después a conclusiones de sabios -sea posmoderno, de la Escuela de Frankfort o bailarina de lambada- tejiendo su "todo es ilusión", que vuelve cada noche a descoser la trama de anhelos que viene zurciendo; vaya Odisea.

Horas más tarde, reencontrado con la despreocupada cara turística de la playera avenida Atlántica, mirando desde la costa de Río de Janeiro hacia el Redentor, con mediación de hoteles y favelas, maldije la memoria ahíta de ciudades -pequeñas o megalópolis, antiguas o modernas- que fagocitan la esperanza de la gente y defecan sobre sus mejores esfuerzos; rogando -sin convicción- para que ella mereciera una excepción. #

1 comentario:

Aclas de Idoneos dijo...

Me gusto bastante , podrias haberte ahorrado algunas peripecias linguisticas de dudoso buen gusto(soy conciente de que una opinion no pedida es una agresion , pero me disculpo ante el formato de la pagina:-)

Vivo en Paraty hace 14 años, tu vision del "infierno grande" es muy acertada y convive con los ecos de un paraiso no tan distante...pena no habernos conocido a tu paso por aqui , estamos trabajando a lo mejor inutilmente para que tu ruego sin conviccion sea atendido ...
Un Abrazo

Claudio David Paermentier R
paraty@gmail.com