Crónicas de Torsos Huérfanos

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7/09/2005

Del Imperio de la Razon al Imperio de la Racion

¿Qué hacer ante islámicos, culturas islamizadas y partidos islamistas?

DEL IMPERIO DE LA RAZON
AL IMPERIO DE LA RACION

-Reflexiones en Italia ante amenaza de ser la próxima víctima del terror
-El Vaticano, Roma o Milán son los blancos probables de los terroristas

Por Carlos Montero, montero@SINTESIS.org

Hace muchos milenios que los ejércitos sabían que valía más matar al comandante de su batallón rival que a muchos cientos de soldados o que convenía atentar contra el rey –lo que puede hacer un fanático o un loco dispuestos al sacrificio- que esperar un cambio político negociado.

El objetivo era dejar a los contrarios sin conducción, intentar la desbandada de los temerosos o provocar cavilaciones o enfrentamientos sobre la sucesión. Servía además de propaganda aterradora sobre que nadie estaba seguro del otro lado: ni siquiera el número uno del otro reino o república.

ATAQUE AL CIVIL, QUIEBRA MILITAR

Ello prueba que no todos somos iguales... al menos para el Estado, cuya “razón” hace custodiar en demasía a unos pocos y priorizarlos por su poder de decisión sobre el conjunto, mientras que se arriesga o manda a sacrificio a comandos especializados o guardias del “primer anillo” del poder.

Las opciones del ataque y resistencia armados cambiaron sus víctimas prioritarias... y hace rato –según enseñan las guerras mundiales del siglo XX- que los civiles son los rehenes de un choque militar, dentro o fuera de un país. Los raids aéreos de alemanes sobre Londres o británicos sobre Berlín buscaban aterrar al pueblo y minar su infraestructura básica, mucho antes de poder e intentar matar o deponer a los gobernantes enemigos.

Así se invertía el medio para la demostración de fuerza y propaganda para desmoralizar al Otro, pero en el marco de una guerra declarada entre estados con fronteras precisas que se buscaba empujar (Hitler en Polonia o Japón en China), infiltrar selectivamente (Churchill en Medio Oriente) o pasar masivamente (la ex URSS en Alemania o EEUU en Francia).

La publicidad que aportaba la muerte numerosa de civiles y el derrumbe del marco de servicios que permitia a la gente sobrevivir–sin el cual se hace inviable a un país e inoperante a un gobierno-, fuerza a que se decida antes la rendición de Japón tras Nagasaky o Irak en sus dos guerras.

GUERRAS LIMPIAS Y METODOS SUCIOS

Esos ejemplos de las llamadas “guerras limpias”, a larga distancia y con nuevas tecnologías para su época -la bomba atómica de 1945 en Hiroshima o la lluvia de misiles en 1991 de la vídeoguerra de Irak- ahorraban vidas, según se argumentaba. Ahorraban vidas de soldados mientras multiplicaban las muertes de civiles. No se respetaba la calidad de cada uno.

Recuerdo de niño estar con mi padre mirando en televisión una matinée de sábado con películas clase B -en blanco y negro- sobre batallas navales de la II Guerra Mundial en el Pacífico, entre Japón y EEUU, que se disputaron islas de Hawaii a Filipinas, como fichas de damas. ¿Y cuando hunden barcos, salvan a los marineros en el agua o les disparan? pregunté inocente.

Ante el trance de buscar una retirada decorosa y entendible para mi edad, “el viejo” incómodo se limitó a contestar -sin mentir, pero omitiendo la verdad- que “el objetivo de la batalla es derribar los barcos, luego los marinos son inofensivos”. Y me contó la historia del alemán Graf Spee, tras la batalla del Río de la Plata en 1939, cuyos militares quedaron en Montevideo y Buenos Aires, luego que su capitán volara dicho acorazado.

Vaya si me habré acordado de la frase en 1982 cuando los británicos hundieron el “Capitán Belgrano” argentino en las congelantes aguas del Atlántico Sur, durante la Guerra de las Malvinas. Nadie rescató a sus tripulantes, muchos sin experiencia para un zafarrancho o evacuación.

Podrá contra argumentarse que es la (i)lógica de guerras declaradas en las que están inmnersos ambos bandos y que se trata de soldados formados con el objetivo de defender o expandir su país por medio de la fuerza (definida como la capacidad de dominar lo vivo o transformarlo en muerto).

CIVILES SOLDADOS Y SOLDADOS DE CIVIL

Aunque el caso incluya a muchos civiles disfrazados de soldados, sin preparación ni armamento adecuado, mientras los profesionales de la dictadura de Leopoldo Galtieri hundían submarinos, a resguardo en Mar del Plata, para no demostrar el terror y tampoco ir al teatro de operaciones.

También en guerras como la de los franceses en Indochina o EEUU en Vietnam, eran civiles la cadena básica para el aprovisionamiento y ocultar a las guerrillas locales, con organización compartimentada para ataques puntuales y retirada inmediata, pues la guerra seguía en las cárceles donde –bajo método galo en Argelia- se torturaba para ubicar más enemigos.

Aquí se da el caso inverso: por más que sólo se trasladaran con bicicletas por la selva como los vietkongs, cargando municiones o comida para los guerrilleros sin disparar un tiro, las potencias podían argumentar que se trataba de soldados vestidos de civiles o civiles en función de soldado.

Un informante (espía), quien oculta (cómplice) o quien da medios, aunque desconozcan a qué misión están ayudando, son tan responsables de un ataque o atentado, como los que finalmente los perpetran, en guerra y paz. Lo viví en la primera mitad de los noventa como corresponsal en Lima, con un Sendero Luminoso que nos tenía amenazados sólo por ser periodistas y un gobierno fujimorista que se imponía por el terrorismo de Estado.

GUERRAS NO DECLARADAS

El problema se torna más complejo luego de 2001, tras los ataques asesinos que derrumbaron tres mil vidas ciiles en las torres gemelas de Nueva York, que llevaron a una reacción de Estados Unidos de “combate global al terrorismo” pero aplicando ataques convencionales contra dos estados llamdos “cómplices” (Afganistán e Irak) pero en guerras no declaradas.

La preocupación me la manifestó personalmente el presidente mundial de la Federación de Asociaciones de la Cruz y Media Luna Roja, el español Juan Manuel Suárez del Toro, pues al no declararse oficialmente la guerra, EEUU utiliza el método para no cumplir los tratados de Ginebra que firmó para respetar los derechos humanos de los combatientes detenidos.

Agrega a ello la vergüenza a Occidente por violar el derecho humanitario, construído desde 1863 por la Cruz Roja, al mantener aún 500 de 600 detenidos sin proceso ni derechos en la base de Guantánamo o la denuncia reciente de barcos para interrogatorio en aguas internacionales, de forma de no caer en violaciones de los derechos de los presos dentro de su territorio.

La Cruz y Media Luna Roja, mayor órgano humanitario no gubernamental con presencia en 181 países, cree que EEUU viola el Derecho Internacional y Suárez admitió “mucha preocupación” porque “guerras no declaradas suponen más violencia y no hay mecanismos en la comunidad internacional para la prevención y el alerta temprano de los mismos”.

CRUZ Y MEDIA LUNA ENROJECIDAS

A su entender, “nos encontramos hoy ante un tipo de conflictos menos convencionales que ya no son entre Estados, sino quizás entre grupos, donde se entremezclan intereses estratégicos con intereses económicos, e incluso temas de sensibilidad religiosa, donde la población civil es la principal perjudicada o es objeto desgraciadamente de la acción violenta”.

Suárez del Toro nos admite que “incluso en muchos de ellos ya no se busca la destrucción del potencial militar del enemigo sino su desaparición física. Nos hace entrar en un tipo de conflicto mucho más complejo y donde el acceso y el respeto a los actores humanitarios ha quedado en entredicho”

Le planteamos que en la guerra tradicional, la muerte de civiles es denominada con el eufemismo de “efecto colateral” o supuestamente no querido. Pero si hoy la víctima es sobre todo el civil –de los ejércitos, la guerrilla o atentados terroristas- ¿la Cruz Roja no debe ampliar su misión u objetivos para extender su protección o vigilancia?

La Cruz Roja los ha ampliado con el Convenio IV de Ginebra que, tras haber empezado por la protección de los militares en campaña (1863) tras la Batalla de Solferino, al final terminó dedicado a proteger civiles, porque, “en la forma de violencia actual, la población civil –no involucrada teóricamente en el conflicto- es la que sufre las mayores consecuencias”.

PERIODISTAS Y CIVILES DURANTE LA GUERRA

Un aprendizaje sustancial para la vida de corresponsal me ha significado la beca de la Fundación Nuevo periodismo Iberomericano del Premio Nobel Gabriel García Márquez, para estudiar con el periodista polaco Ryszard Kapuscinski, premio Príncipe de Asturias 2003 de Comunicación, quizás el reportero más experimentado en cubrir guerras, revoluciones y golpes desde Afganistán, Irán, todo Africa y buena parte de Latinoamérica.

Tras leer toda su obra en castellano, que hoy suma diez libros traducidos por editorial ANAGRAMA de Barcelona, dediqué nueve meses para editar un diccionario antológico (aún no publicado) de sus conceptos, máximas o memorias en tópicos clave como “Guerra”, en entrevistas y en Internet.

Asume que “hoy somos testigos de guerras de un nuevo tipo, desconocido hasta ahora. Ya no se enfrentan las unidades de distintos ejércitos. En los tiempos de la Primera Guerra Mundial moría solamente un civil por cada siete militares. Ahora la proporción se ha invertido y por cada soldado mueren siete u ocho civiles. (“Pobreza y desigualdad, integrismo y violencia”, 18/11/01, www.arrakis.es/~trazeg/kapuscinski)

“Y no podemos olvidar que, aunque la guerra es un problema de ejércitos enfrentados, la víctima principal es la población civil. Dicen las estadísticas que en la Primera Guerra Mundial sólo el 5% de las víctimas se produjo entre la población civil, mientras que en los conflictos africanos el 80% de las víctimas son civiles y, sobre todo, mujeres y niños. (“De lo que se dice de Ruanda sólo es cierto su tragedia”, 2000,www.elcolombiano.com)

Kapuscinski insiste que “en las guerras tradicionales la primera víctima era el soldado mientras que en las guerras modernas, los soldados evitan encontrarse porque actúan contra la sociedad civil (...) mayor parte de ellos mujeres y niños, pues los hombres se van a la guerra, donde siempre hay algo que comer y donde son mayores las posibilidades de conservar la vida.

Sobre el cometido profesional, concluye que “el periodista especializado en conflicto armado debe ser consciente que se enfrenta a una tragedia humana, con terribles consecuencias futuras, donde todas las partes están perdiendo. Debe entender que en medio de la guerra no hay objetividad: la cubrimos para que se acabe lo más rápido posible y para que se produzca la menor cantidad de muertos. (“La misión del periodista”, Bogotá, 17/08/00, Foro Gobernabilidad Democrática y Periodismo, Inst. Luis Carlos Galán)

EL GRAN PREMIO DE INGLATERRA

El gobierno británico mantuvo el Gran Premio de Inglaterra del domingo (la F-1 no cree en lágrimas), aunque suspendió espectáculos y festejos por la adjudicación de las Olimpíadas de 2012 para Londres, tras la celebración espontánea en Trafalgar Square un día antes de los cuatro atentados.

Si criticábamos la glorificación de la violencia guerrera entre militares que representaba la naumaquia de la Batalla de Trafalgar –donde hace 200 años murieron 4.500 españoles-, organizada por el gobierno británico y presidida por la reina Isabel II; otra dosis de necrofilia y glorificación del terrorismo resultaron los festejos cibernéticos de Al Qaeda por el número creciente de muertos civiles en tres estaciones y un ómnibus desprotegidos. Ya no necesitaban matar a los líderes del G-8, muy resguardados en Escocia.

¿Nunca se planteó la hipótesis escalofriante de que todos los que estamos vivos lo estamos por razones de desincronización? Por la razón de haber estado quizás en ese lugar equivocado pero en un momento diferente –a veces cercano en el tiempo- a cuando ocurrió una desgracia o atentado.

La única imagen fuerte de los atentados que se difundió fue la del ómnibus de dos pisos, pues sucedió en la superficie, que prueba la contundencia del ataque y pone en duda –incluso por testigos- la versión sobre dos muertos frente a la plaza en honor a Gandhi, rebelde pero pacífico. Fueron más.

Allí estábamos arriba del ‘double decker’ que habíamos visto tantas veces en el cine y al que soñábamos ascender, pese a la poca imaginación que propiciaban nuestros aburridos textos de Longmans, durante los nueve años de estudios en el Instituto Cultural Anglo Uruguayo, allá por los setenta.

Por fin llegamos al deseado ómnibus rojo de dos pisos en 2000, tras pagar un boleto en Piccadilly Circus frente a la estatua a Eros, que nos permitía bajar y subir en las paradas turísticas durante 48 horas, pasar por el Big Ben y House of Parliament, seguir a Buckingham Palace o la Torre de Londres.

Apenas subimos, seguimos expreso hacia el techo destechado. Con los auriculares puestos y el selector de idiomas simultáneos, empezamos a disfrutar la capital inglesa, hasta volver al mismo punto casi dos horas después, y aprovechar a conocer Bush House, la sede de la BBC, para donde habíamos reportado cinco años desde Montevideo (1989-94).

Volviendo ahora en 2005 a Bush House, aunque virtualmente mediante Internet, busqué en sus atoradísimas páginas los lugares donde los civiles habían sido atacados. Allí estaba la primer plaza a la que arribamos de apuro para una entrevista. Allí explotó el ómnibus de la línea 30.

Lo hizo a metros de la muy clásica Canning House, el hogar de todos los institutos que se relacionan con América Latina para intercambio cultural o comercial, donde nuestros cancilleres o presidentes tienen cita obligada con la comunidad hispanoparlante para conferenciar si van a Reino Unido.

La imagen de ese ómnibus incinerándose, frente a la casa señorial, sumó un cable a tierra (más allá de fríos cables internacionales) que me transmitió la vibración previa (y el voltaje de conmoción) de sus ocupantes, al revivir el disfrute, media década atrás, viendo lo que ya conocía por libros y revistas. Así se sentirían cuando el terror logró su meta: que nadie se sienta seguro.

LA TELEVIGILANCIA Y LA INSEGURIDAD

La televigilancia cual antídoto a la inseguridad de metrópolis no sirvió mucho aún en el Primer Mundo. 2.500 cámaras entre estaciones y trenes no alcanzaron en Londres. Sólo servirán para revisar sus grabaciones y hallar las caras del enemigo: no para salvar vidas sino para continuar la guerra.

A la vez, los atacantes fundamentalistas se combinan paradójicamente con la fuerza antiterrorista para que la comunidad musulmana de 1,6 millones en Gran Bretaña (con un millón entre los 11 millones del Gran Londres) sienta el rigor del control y la discriminación sobre el ‘Londonstan’, para resentir a los inmigrados ya integrados y a su 5% de fieles ingleses.

Comunicaciones por teléfono, fax, celular y mails están siendo revisadas, pero ni el más sofisticado sistema de control mundial satelital Echelon de EEUU sirve para controlar comunicaciones privadas, con servicios secretos que violan la intimidad, pues no tienen suficientes traductores del más común árabe, para entender a tiempo alertas sospechosos de atentados.

Ni hablar de tantos dialectos e idiomas en países del mundo musulmán donde haya integristas o islamistas, siguiendo el ejemplo de EEUU que usó en la II Guerra Mundial a soldados de origen indígena para emitir órdenes en su idioma nativo y no recurrir a códigos que el enemigo podía descifrar.

DIFERENCIAR ARABES DE MUSULMANES E ISLAMISTAS

Valga diferenciar que los árabes no son sinónimo de musulmanes, sino de una de sus nacionalidades, procedencias étnicas o territorios: también está Turquía y turcomanos de Asia Central, los seculares de Siria, Jordania, Egipto y el norte africano, Pakistán y Afganistán, ni hablemos de Indonesia (país con más islámicos), Chechenia en Rusia o Xinguian en China.

Los islamistas ya son los activistas políticos, fundamentalistas pero no necesariamente guerrilleros ni terroristas, que creen en la aplicación de los principios islámicos a un gobierno teocrático, como hicieron los talibanes sunnitas pashtunes en Afganistán o Khomeini con los chiítas persas en Irán.

Los seguidores de Osama bin Laden, fundador de Al Qaeda (la base) red de unos setenta grupos armados compartimentados pero relacionados, tienen una identidad musulmana sunní pero bajo la interpretación fundamentalista wahabita, religión oficial de Arabia Saudita donde está La Meca, con cuyo gobierno rompieron tras permitir los Saud bases de EEUU luego de 1990.

Italia y Dinamarca son ahora los próximos blancos amenazados por Al Qaeda en Europa, según señalan en su mensaje al gobierno de Londres por no haber escuchado su reclamo para retirarse de Afganistán e Irak.

Y el control necesario no es sólo de fronteras sino dentro de sus territorios, por lo que la vista de las autoridades se posa en las comunidades musulmanas que pueblan legal e ilegalmente las plazas de Milán, Génova y Roma, como pudimos comprobar en nuestra gira de 2003 por Italia.

El magnífico Duomo milanés de un admirable gótico tardío, el amarillento Palacio San Giorgio de Génova desde donde se solventaba la conquista española de América, el sobreviviente Coliseo romano o la Basílica de San Pedro en El Vaticano, son resguardados como blancos simbólicos de un choque con una civilización construida sobre la unidad político religiosa.

UNA HIPOTESIS O UNA PROFECIA

¿Qué hacer ante seres islámicos, culturas islamizadas y partidos islamistas? se plantean intelectuales italianos reflexionando entre dos fuegos: los que alientan terroristas islamistas residentes en su tierra y los que ejecuta el gobierno corporativista mediático de Berlusconi, al secundar invasiones.

En un extremo aparece Oriana Fallacci criticando a la clase políticamente correcta que no reconoce que la inmigración de musulmanes es una nueva “invasión” a Europa como la de Tarik a España en el 711 DC o la de los otomanos en 1453, que siguió hasta Viena. Una duró 800 años; la otra 500.

Y en el mismo mes posterior a los ataques del 11-S en 2001, que motivaron dos largos artículos de Fallacci en el Corriere della Sera, el semiólogo italiano Umberto Eco publica en el diario La Repubblica (15/10/01) sus “escenarios de una Guerra Mundial”, presentados como hipótesis.

Sin embago, aunque el autor no desea que sean profecías, se han cumplido dos de sus temores allí explicitados: que las posibles consecuencias de una guerra de potencias occidentales contra países musulmanes –en aras de combatir al terrorismo a nivel global - terminarían por:
(1) llevar al gobierno en Asia a los partidos islamistas sobre los musulmanes moderados como reacción al ataque (véase Irak)
(2) una actitud discriminatoria y de inseguridad en los países occidentales ante todo lo musulmán y sus comunidades de inmigrantes

Si hubiera una hipotética guerra entre “Islam y Occidente” (ECO, Umberto y otros, 2005, Ed. Sudamericana), el autor distingue dos opciones: la del ataque (como durante las ocho cruzadas de los siglos XII y XIII) o la de la contención (como la batalla naval de Lepanto contra los turcos).

DE LA RAZON A LA RACION

Rechazando afirmar la superioridad de la cultura occidental como Oriana, Umberto Eco admite que en la actualidad existe superioridad tecnológica y de armamentos de las potencias del G-7, por lo que una guerra no arriesga más el final de la vida humana en el planeta, pero amenaza transformarla en un calvario que, del razonamiento, nos lleve al racionamiento.

Si la guerra fuera de enfrentamiento, con su corto arsenal nuclear “El Este arrasa París y el Oeste tira una bomba atómica en La Meca”, pero “no sería cuestión de mucho tiempo: un máximo de un año; después todos la siguen a pedradas, pero acaso ellos llevarían la peor parte”. Una intifada global.

Ante el fenómeno inmigratorio, el célebre autor admite que –a pesar que Europa buscó redimirse de sus abusos en las colonias- “la antropología cultural no resolvió qué hacer cuando el integrante de una cultura, cuyos principios quizás aprendimos a respetar, viene a vivir a nuestra casa”

Cita cuatro escenarios para dominar el frente interno musulmán en Europa, para descartarlos por el método del absurdo: (a) el linchamiento por el pueblo (como en las luchas religiosas de católicos y protestantes) para que –ironizando- “no quede siquiera un fundamentalista, que después hace el numerito del kamikaze en una estación”; (b) detenerlos en campos de concentración (como en EEUU a los inmigrantes japoneses durante la II Guerra Mundial); (c) echarlos “a bordo de una flota de barcos”; o (d) vigilarlos, poniendo “detrás de cada uno un agente”. Y todavía en esa guerra interna quedaría el control de dos tipos de occidentales: los pacifistas propios y los racistas violentos.

Eco defiende que el país receptor marque qué conductas son intolerables, pero se niega a actitudes revanchistas, pues “somos una civilización pluralista porque permitimos que donde vivimos se erijan mezquitas, y no podemos renunciar a eso sólo porque en Kabul encarcelan a proselitistas cristianos. Si lo hiciéramos nos volveríamos talibanes también nosotros”.

Además, una guerra global contra el Islam presupondría desengancharse de la dependencia del petróleo o quedar condenados a una recesión y falta de bienestar a la que los occidentales no están acostumbrados, como hacer cola “para obtener la ración diaria: una rodajita de pan de salvado con una muestra de verdura de hoja”.

“Para un afgano o un prófugo palestino vivir en eonomía de guerra, para ellos nada cambiaría” concluye, pero la interdependencia planetaria de energía y bienes hace que –según Eco- “en la era de la globalización una guerra global es imposible, o bien llevaría a la derrota de todos”.

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