Crónicas de Torsos Huérfanos

Crónicas de Torsos Huérfanos
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7/30/2005

Amigos, humor y amor contra la nostalgia

Día del Amigo, amor y humor, superando las distancias

“MUY PARECIDO AL AMOR”
CONTRA TODA NOSTALGIA

Por Carlos Montero, montero@sintesis.org

Para la otra parte del MERCOSUR que festeja el Día del Amigo el 30 de julio (en vez del día 20), con reuniones y asaditos este fin de semana, llegue el saludo de LA SINTESIS ECONOMICA. Hace medio siglo que en Paraguay se procura que esta fecha sea consagrada Día Internacional.

Me escribe una amiga, desde el sur de Francia, volcando virtualmente su nostalgia, a pesar de estar a metros de la Costa Azul en una ciudad con canales que van a dar al Mediterráneo. Ahora tiene económicamente lo que necesita, aunque sea ajustado, pero le falta su entorno, el ecosistema geo-humano que cada cual lleva en su ADN como marca de fábrica.

Y aunque este domingo se reunirán varios de sus compatriotas y amigos para hacer una parrillada como en el Cono Sur, extraña nuestras horas de charla en torno a un café y me pide este sábado por correo electrónico que la “haga reir”. Justo a mi, enfermo de solemnidad y aterrado por el ridículo -como buena parte de los uruguayos- que de payaso sólo llevo los tiradores.

Ser emigrante no es fácil, lo digo por experiencia. Tras una cuarta parte de mi vida como corresponsal en el exterior, muy bien tratado en Perú y Paraguay, dejé amigos como hermanos, así como medios por los que pude recorrer el Nuevo Mundo y cuatro giras por el denominado Viejo Mundo.

Pero no me lo compare con la esquina de mi casa discutiendo con la barra del café o el balcón dando a la arena y el mar propios. Aunque la verdad sea dicha –mejor por Mario Benedetti y Nacha Guevara- admito que a veces queda “nostalgia del exilio” (sea económico o político) porque la gente se va –mejor dicho por Diego Torres- para “tratar de estar mejor”.

Y aunque la grifa identitataria es indesmentible pese a los vientos globales, al cabo de mucho correr y conocer efímeramente los paraísos donde se reúnen los poderosos, uno concluye que no tenemos más patria que donde está la gente que queremos. Que nuestro corazón está re-partido.

Pienso en Celso y Félix, mis hermanos de elección, que hoy deben estar uno en Horqueta y otro en Asunción. Nos unió la pasión por una misión y aprendimos a querernos con nuestras familias incluídas. O en recibir de muletas al gordo Benjamín Fernández y sacarnos las ganas de hablar (y él de comer asado) 5 horas en un Mercado del Puerto vacío en Montevideo.

Y reírnos de que si llega alguna vez a presidente “vamos a tener que dejar de ser amigos” por cinco años. Sabe que soy huraño a cualquier línea. No en vano me eligió para escribir 1.500 de sus comentarios económicos en televisión y sabe que soy alérgico al poder... o, mejor dicho, a participar.

Que esos 45 minutos en que mi tren paró al sur de Suecia, yendo de Stockolmo a Berlín, hicieron de Mallmo mi patria por tres cuartos de hora al compartir una hamburguesa con mi querida colega Mercedes Cardona, que llegó con su bicicleta al frío hasta la estación frente al Mar Báltico y Copenague. El terruño presente y los recuerdos de llamadas de madrugada a Asunción para transmitir a Radio El Espectador cada crisis recurrente.

Que sobran unas horas de un domingo a la tarde por un cachivachero San Telmo, con sus colores pasteles y artistas por monedas, para recuperar el abrazo con el Guti (Fernando Gutiérrez), número 2 de la revista Apertura, para recordar las aventuras de los seis años de Universidad.

Y también ponerse al tanto de las novedades de un año sin vernos entre cada Feria del Libro de Buenos Aires, mientras crecen las sobrinas postizas que nos ignoran, hipnotizadas por un titiritero callejero y su música tanguera. Y el infaltable café con crema en el Café Parisien, de Pellegrini frente al Obelisco, con Baby (Enrique Boero), ex jefe y entrañable amigo.

Que no necesitó más que una tarde Zelmar Michelini (hijo) para mostrar su solidaridad y debutar nuestra amistad en París mientras yo luchaba por entrevistar al filósofo Paul Virilio, y la patria era el mantel que nos unía en el restaurante de la central mundial de AFP ante la bolsa parisina. “Y no te pierdas la muestra de Da Vinci en el Louvre” fue la sugerencia-despedida que acaté a pie, recuperando callecitas que amé, con quien amé en el 2000.

Que dos pizzas familiares en Lovaina sobraron para maravillarme con la ciudad vieja universitaria belga y recuperar el abrazo de principistas de la diplomacia del MERCOSUR que he visto crecer, como el querido Enrique Franco, esposa y otras dos sobrinitas postizas (que aprenden francés en el jardín y guaraní en casa) a quienes duele en carne propia cuando los grandes desconocen –con sus actos- el derecho al desarrollo de su país.

Que parte del corazón está en Lima con los Perú Runners con los cuales salíamos todas las mañanas a las 6 AM a correr desde el “grifo” (gasolinera) del Club de Golf de San Isidro hasta Miraflores, llegando hasta la Costa Verde y el Malecón, tras cruzar el Puente del Amor, cien metros por encima del Océano Pacífico, su Rosa Naútica y la Concha Acústica.

Que otra parte está en Barcelona, con la familia Santoro –volvieron a su país pero tuvieron que irse otra vez a Europa por falta de oportunidades- quienes me cobijan cuando paso por Cataluña y siguen siendo mis tíos adoptados, maestros de esfuerzo y ética desde niño, con los cuales brindar y compartir un éxito fugaz en una entrevista con una gran editorial.

Llegar hasta Ginebra y darle el abrazo postergado veinte años a Luciano, un físico nuclear que vivió en Uruguay y con el cual lanzamos un sistema radial internacional. Dos de sus cuatro hijos, nacidos en Montevideo, ni siquiera se acuerdan del castellano, pero chapuceamos un francés de la época de las Galias en su casa con balcón al lago de Neuchatel.

Mientras yo funciono en abstracto y razono espacialmente, Luciano me va exigiendo que esquematice y haga croquis de la investigación para el cuarto libro sobre “La Venganza del Faccioso Global”. No es de los amiguistas sino de los amigos: él quiere entender lo que escribo y que lo demuestre.

Y no se conformó hasta exprimirme dos días hasta el agotamiento el por qué de cada idea. Llegábamos hasta la cima del Cru de Van, una reserva natural con vaquitas pastando, imbancables con sus campanas, y no me liberó de dar razones ni cuando comimos un “fondue” de queso derretido.

“Tienes que entender, Carlos”, explica Luciano –mientras me lleva en auto hasta Lausana para dejarme en el medio de los manifestaciones anti G-8 de los altermundialistas a los que quería entrevistar- “nosotros los suizos del lado de Ginebra hablamos en francés, pero pensamos como alemanes. Tu describes ideas universalmente y yo necesito ver bosquejos o vectores”.

Agotado, tras 48 horas de examen, me subí al tren hacia Venecia con el orden de mis ideas más claro. No hay algo mejor que tener que explicarle a otro (sobre todo inteligente, pero con otro esquema mental, y de otra cultura, pero que ya conoce tu cultura) para poner a prueba lo que se cree.

Cumplió su papel de amigo: no regalarte halagos sino ser espejo desde otro ángulo, para poder vernos como somos vistos y no como creemos que somos o nos ven. Pero mi amiga en Francia, añorando nuestra costa barrosa desde su Costa Azul, me pide una broma: un salvavidas contra la nostalgia.

Por suerte que venía de ver el estreno de la película “Muy parecido al Amor”, del director Nigel Cole, y le repetí por e-mail el chiste que el protagonista (Ashton Kutcher) le cuenta por celular a la actriz principal (Amanda Peet), cuando ella –lagrimeando- le ruega que le hable.

La situación no era fácil: ella le había pedido que, como iba a Nueva York, le llevara flores a la tumba de su madre y que la llamara desde allí. El dato faltante y clave era que, ese día, era el del cumpleaños de su progenitora.

Incómodo ante la encrucijada, él se sienta junto a la tumba y ensaya una historia de un niño (él mismo) cuya vecina le inquiere por qué estaba cavando un hoyo. “Es que mataron a mi canario” contesta el infante. ¿Pero para qué enterrarlo en un pozo tan grande? retruca la curiosa. “Es que está adentro del estómago de su gato” remata. Fina forma de comunicarle a la vecina que su gato había pasado a otra de sus siete vidas. Fin del cuento.

Moraleja: debemos amar a nuestros amigos no como quisiéramos que nos amaran a nosotros mismos sino como los demás desean ser amados. Unos quieren entender lo que piensas para ayudarte a no errar; a otros les importa un bledo, sino quieren hacerte disfrutar y les hagas disfrutar el momento.

Para unos amigos el largo plazo y el diálogo abstracto es fundamental; otros necesitan que estés ahora y concreto, capaz que hasta callando, para percibir más la riqueza polisémica de lo no verbal. La simple felicidad de saber que estás ahí: a unos metros espaciales o a unos segundos virtuales.

Muy tarde he entendido esta lección, que me dejó como rastro la nostalgia por Foz de Iguazú, donde está mi patria sentimental; esa otra parte que nos completa y que querríamos a metros espaciales y no a segundos virtuales. Hoy, tras muchos meses, me llegó su mail. Mejor que nada. Peor es nada.

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