Crónicas de Torsos Huérfanos

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6/26/2005

"Vox Populi, Box Dei", un grueso error

INFORME ESPECIAL DE DOMINGO:
Los gruesos errores que creemos y repetimos sin demostración

VOX POPULI, BOX DEI
Por Carlos Montero, montero@sintesis.org

La Historia de los discursos humanos está llena de grandes desaciertos (que estuvieron o siguen en boga) bajo la etiqueta de sentido común o sabiduría popular. Muchas veces dicha ‘vox populi’ –voz del pueblo- no representa la ‘vox dei’ –voz de Dios- sino, mejor dicho, un ‘box dei’: un knock out al buen tino divino, científico o ideológico, según el lugar que Ud. adjudique a una de estas opciones en su escala de valores como fuente de sabiduría.

Al hablar de discurso, no usamos aquí su acepción de conferencia de catedrático, clase magstral, acto de político, cadena nacional de televisión ni ideología básica de un movimiento político o religioso, sino aludimos a las afirmaciones de las cuales estamos convencidos y repetimos sin prueba ni demostración contundente, con variaciones inocuas o peligrosas.

Los grandes líderes de masas (políticos, económicos o de los medios de comunicación) son maestros en generar slogans publicitarios, frases que resumen el satisfactor que busca su público y que sirven de motivación para actuar detrás del objetivo fijado: transformar la realidad de cómo es a cómo se quiere que sea. Aunque a veces enmascaren otros objetivos.

Y en ésto no se distinguen regímenes amigos o enemigos, ni líderes buenos o malos. Raúl Ricardo Alfonsín llegó a la presidencia argentina en 1983, tras la dictadura militar y su derrota en Las Malvinas, repitiendo que “la Democracia trae pan”.

A un país golpeado y con riquezas como la Argentina, este hombre respectable ni siquiera le ofrecía la prosperidad, sino mínimamente la sobrevivencia garantizada por un cambio político que le daría a su pueblo el sustento para alimentar a su familia. Pero su frase eras voluntarista.

La democracia representativa como sistema de gobierno garantiza que las decisiones que afectan a la comunidad son legítimas en la medida que son tomadas por la mayoría, en forma directa o indirecta según la Constitución, y que las libertades individuales de las minorías no serán avasalladas.

La democracia paró el genocidio orquetado mediante la industria castrense del asesinato pero no el genocidio del hambre. Como citábamos ayer al ex presidente del Fondo Monetario Internacional, Michel Camdessus: “la violencia de la economía mata a los niños porque no están vacunados o porque sus madres están desnutridas”.

Así, en 1989, Alfonsín tuvo que irse antes de tiempo de la Casa Rosada y dejar a su electo sucesor por la hiperinflación que sectores corporativos promovieron –llevando el dólar a las nubes y devaluando la moneda local- reduciendo a cenizas el valor de los sueldos con los cuales comprar pan.

Cubrí aquellas elecciones en Buenos Aires y la vuelta del Justicialismo al gobierno tras un Carlos Menem de patillas anchas y poncho de caudillo que recorría el país con su “Síganme, no los voy a defraudar”, sintetizando en el lema que la garantía no estaba tanto en sus propuestas sino en la capacidad, honestidad y carisma del líder para llevar a su pueblo a superar problemas.

Se me erizó la piel cuando parado con los ojos perdidos en el horizonte –de un restaurante porteño frente al teatro San Martín- el conductor Roberto Galán (fallecido animador de “Si lo sabe cante” y “Yo me quiero casar...”) guiaba a los comensales entonando “Los muchachos peronistas... todos ‘sunidos’ triunfaremos”. Pero la alusión al capital se invirtió por 10 años.

Pero dejemos a los políticos en democracia para recordar a los militares usurpando el papel de políticos en dictadura, así como a los tecnócratas o civiles que les sirvieron. Las famosas tablitas que fijaban por decreto la evolución de la cotización del dólar, con los ministros Martínez de Hoz en Argentina y Valentín Arismendi en Uruguay, se quebraron en público.

El ministro uruguayo de Economía en 1982 bajo la presidencia de facto del ex general Gregorio Alvarez llevó adelante el discurso de confianza en el peso uruguayo con la frase que igualaba a quienes temían la posibilidad de devaluación con quienes “creen en los marcianos”.

Días después la sonda Pathfinder cayó en Uruguay y el dólar saltó de $13 a $39. En vez del gobierno marxista que trataba de evitar, el gobierno militar se convirtió en un gobierno “marciano” y muy tarde entendió la advertencia de don Carlos Quijano desde Marcha: “las bayonetas son para cualquier cosa, menos para sentarse encima”. No estaban hechos para gobernar.

Dos décadas después el gobierno argentino de Fernando de la Rúa, volviendo a recurrir al ex menemista Domingo Cavallo, padre de una Convertibilidad que mataba la industria y empleo, aseguraba que “el que apuesta al dólar, pierde”.

Tenía razón: no había que apostar los dólares sino guardarlos; pero tampoco en los bancos sino en el colchón, porque se vendría el corralito. La triste Navidad de 2001, la rica Argentina la vivió en el pesebre, entre burros y otros animales, que subían y bajaban de una Presidencia que quemaba.

Dicen que “el pez por la boca muere”, aunque la memoria colectiva pareciera ser bastante frágil. Ya Domingo Cavallo anunció que vuelve a la Política, a pesar de los dos presidentes caídos en dos países diferentes que tiene en su haber el creador de la Fundación Medioterránea.

Recuerdo aún cuando fue a Asunción, apenas dejó el gabinete de Menem. Logré abordarlo en un aparte de la conferencia que inauguraba el Club Económico de Pricewaterhouse en el Yacht & Golf Club de Asunción. “¿Es verdad que se va a Ecuador porque lo contrató el nuevo presidente Abdalá Bucaram?”. Cavallo me lo confirmó, pero “sólo lo asesoraré por un tiempo”, aclaró. Por supuesto, Bucaram fue depuesto “un tiempo” después.

En Brasil, marchas de más de un millón de personas vestidas de negro que presionaban al sistema político en el congreso en Brasilia lograron promover en 1992 un impeachment al entonces presidente Fernando Collor de Melo, ex gobernador de Alagoas, quien derrotó a Lula en 1989.

Me tocó estar en la primera vuelta de las elecciones en noviembre, pues la segunda vuelta coincidiría con la cobertura de las elecciones chilenas del 15 de diciembre de ese año. El centroizquierdista Leonel Brizola, dedicado a atacar a Lula del trotzkista P.T., en vez de a Collor, quedó tercero y perdió la oportunidad de ser presidente como heredero de Goulart.

Asustados con la posibilidad de que gobernara un “ultraizquierdista” peludo y barbudo como Lula, los brasileños se volcaron por la imagen de O Globo TV con un Collor que prometía como lema “echar a los marajás” del Estado, en alusión a los burócratas enriquecidos por la corrupción.

Fue este mismo ex presidente karateka quien empezó a ser denunciado por su financiamiento ilegal de aquella campaña electoral que le ganó a Luiz Inacio Da Silva, gracias al empresario PC Farías, quien terminó preso y luego asesinado en circunstancias poco creíbles como “quema de archivo”.

Vimos a un Collor pletórico con su esposa Rosanne en aquella Cumbre Presidencial de junio de 1992 en el centro de esquí de Las Leñas, mientras brindaba con sus colegas vino caliente con canela, viendo los fuegos artificiales y el descenso de esquiadores con teas encendidas.

El fuego se le venía encima y renunció en diciembre antes de ser echado por el Congreso. Cumplió así el slogan de campaña: los dos principales marajás quedaron fuera del gobierno. El vice Itamar Franco completó su período quinquenal, creando un Real en 1994 a imagen del peso argentino, que saltó antes aún de su casi paridad con el dólar (1,15) en enero de 1999.

Trece años después, Collor es nuevamente tapa de revistas al recomendarle al actual presidente Lula, triunfador en su cuarta postulación a fines de 2002, que no cometa sus mismos errores de no dar aternción a denuncias por corrupción de su entorno ministerial, o le pueden echar igual.

Pero, mientras el actual mandatario ganó su cargo con la meta “Hambre Cero” y la promesa de un plan que garantizara que 54 millones (casi un tercio) de sus compatriotas tuvieran cafezinho, almuerzo y cena, los únicos logros para el orgullo nacional los busca a nivel internacional tras un puesto permanente en el Consejo de Seguridad de ONU, que lo iguale con los grandes, como “país líder” de Sudamérica. “Cuando no hay pan, buenas son las tortas”, ya que estamos para citar máximas de la sabiduría popular.

El gobierno de Néstor Kirchner en Argentina ha recurrido a la política interna de denuncias y recurso a la Justicia en casos de corrupción para aprovechar también a desviar la atención de la población sobre los magros resultados en sacar de la marginación a amplias capas golpeadas por las políticas ensayadas en los noventa por su mismo partido.

El nuevo presidente uruguayo, Tabaré Vázquez, ha debutado con una tempranera catarata de cuestionamientos sobre conflictos de interés entre los jerarcas nombrados en diversos cargos públicos y sus paralelos empleos o empresas privadas (en la televisión y la salud públicas).

De sus futuras reacciones ante los reclamos de la oposición se probará a fuego su latiguillo electoral: “Podremos meter la pata, pero nunca la mano en la lata”. Pues los leit-motivs, lemas o slogans que usan los gobernantes o quienes quieren acceder a cargos, se vuelven luego en boomerangs.

Pero también tienen efecto riesgoso esos lugares comunes que el electorado asume como verdades reveladas: sólo un golpe como el crac financiero de 2002 terminó por derrumbar en Uruguay el “más vale mal conocido que bien por conocer”, pero el peor crac de 2001 en Argentina no plasmó en los hechos el tan vociferado “Que se vayan todos”.

A un presidente como Luis Batlle, tan bien recordado por la época (1947-1959) de las vacas gordas (que exportábamos) y no por los elefantes blancos que nacionalizábamos (para cobrar lo exportado) -como trenes, tranvías y gas- se le derribó con el slogan herrero ruralista: “Luis Batlle roba”. Y sus defensores no tuvieron peor idea que patentar la respuesta: “Sí roba, pero da de comer”. Así se carga o se envenena el imaginario popular.

Y ya salgamos de la Política para concluir con el Deporte. En Uruguay que, como decía el ya fallecido ex vicepresidente Hugo Batalla, “tenemos la felicidad en el pasado”, tendemos a creer que nuestros éxitos –campeonato mundial de fútbol en Maracaná y dos medallas de bronce en baloncesto en dos Olimpíadas seguidas- coinciden con la bonanza económica de los 50.

La medalla olímpica del ciclista Milton Winants, el premio de Cannes para la película uruguaya Whisky, el Oso de Berlín para un actor uruguaya por El Abrazo Partido, el Oscar para la canción de Jorge Drexler, responden a la época de mayor recesión y emigración. El cuarto puesto en el mundial del fútbol de 1970 fue entre medidas prontas de seguridad y el Mundialito del 80 lo ganamos en dictadura (10/1/81), a un mes y medio del plebiscito.

Terminemos hablando del ejemplo del deporte argentino. En la peor crisis político institucional y económico financiera de su historia, sus selecciones ganan el primer lugar de las eliminatorias sudamericanas para Corea-Japón, triunfan con medalla de oro olímpicas en el fútbol y baloncesto de Atenas.

Y aún cuando se acordó con bonistas pero no aún la salida con el FMI, este domingo 26 Argentina amaneció con sus raquetas David Nalbandián y Guillermo Coria en los octavos de Wimbledon; jugó con México la semifinal de la Copa Confederaciones, enfrentó a Grecia en encuentro mundial de volley, mientras, en Canadá, Los Pumas se batían con Inglaterra en la Copa Churchill de Rugby.

¿El éxito deriva entonces de las vacas gordas o de la gente capacitada, aunque flaca, desafiada por momentos de crisis? Reconozco que también es un dicho común este de que en los tiempos de crisis se aguza el ingenio, que la atamos con alambre, que no hay mal que por bien no venga, ni mal que dure cien años o cuerpo que lo resista.

Pero, al menos, sirvan estas reflexiones de domingo para aligerar esa filosofía kessmaniana de conformarnos diciendo que “es lo que hay, valor”, sin intentar lo desconocido porque “zapatero a tus zapatos” o dependiendo de roscas donde no vale mérito sino se premia “hoy por mi, mañana por ti”.

Si hay valor, valorémoslo, en vez de despreciar al que saca la cabeza más allá del promedio. Si está creciendo alguien, promovámoslo. Si no lo hay, saquemos fuerza de flaqueza, que también es frase gastada pero proactiva y más alentadora que “al mal tiempo, buena cara”. Si es malo este tiempo, apretemos los dientes, que no cambiará el clima externo pero sí el interno.

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