Crónicas de Torsos Huérfanos

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6/19/2005

UNA ABUELICA DE RODAS

Especial por el Dia del Abuelo

UNA ABUELICA DE RODAS

La isla de la fantasia
es un tesoro de dolor

por Carlos Montero, desde Grecia

Lucia Modiano me señala el apellido de su padre en medio de una lista grabada en la placa de mármol amurada al costado de la puerta de la sinagoga nueva, que tiene más de 300 años. La nómina incluye a las familias de la isla, llevadas en 1941 a los campos de concentración nazis, cuando Alemania sustituyó a Italia al mando de esa zona del Egeo. De seis mil judíos de entonces, hoy sólo quedan 36 en la comunidad de Rodas que, ahora bajo bandera de Grecia, es la capital del Dodecaneso.
"¿Para qué viniste hiyo?" preguntó la anciana, de hombros caídos más por el peso de la tristeza, que por los años. Miraba al forastero con extrañeza, pues se parecía a los suyos. Lucia había aprendido a desconfiar. Quizás fue la tabla de salvación para que sobreviviera desde su originaria Tesalónica, pasando por la feliz juventud rodeslí -bajo el dominio italiano que sustituyó en 1912 al turco- hasta que el fascismo y la guerra cargaron de hedor a muerte el Edén.
El fugaz gobierno germano pulverizó a la comunidad sefaradí, que mantenía su antiguo lengua española -el ladino- en la zona de la Ciudad Vieja, como descendiente de quienes habían huido 500 años antes de la Inquisición y de España para no ser marranos. El periplo de esta corriente migratoria por el norte de Africa, Líbano y Turquía, terminó para muchos allí, donde creyeron haber recuperado el paraíso luego que en 1522 los cruzados dejaron al territorio insular en manos del creciente Imperio Otomano de Suleimán el Magnífico.
Hoy los miembros de la comunidad judía son veinticinco menos que en el cementerio, ubicado en las afueras. Mientras muchos renovaban la diáspora para hacer la América, en vísperas de la Primera Guerra Mundial, otros fueron emigrando hacia Turquía, cuando se acercó la Segunda. Nunca pensaron que los restantes dos mil, que se quedaron aferrados a la intacta ciudadela, serían sacrificados en honor a la "solución final" y morirían como postre envenenante durante la agonía del régimen carroñero.
"Vengo a saber qué fue de mis mayores" contestó, tras un silencio, el aparente turista, mientras traspasaba la puerta de la sinagoga.
Desde la Plaza de los Mártires Hebreos, con su fuente de los hipocampos rampantes sobre la Calle Ancha, alcanza con caminar una corta cuadra para doblar rumbo a la 'Akkillá'. Un repecho serpenteante, sin luz en la noche y empedrado con esferas ovoides, lleva hasta la puerta color sangre oscura.
Volvió al otro día, superada la emoción de caminar por las mismas 'caleyicas' que sus tatarabuelos, tocar los mismos muros imponentes y acercarse al mismo pozo hasta donde los muchachos del fin de siglo pasado se divertían corriendo a las mozas para obligarlas a hacer malabarismos, como forma para no romper sus cántaros. Una de esas vasijas gruesas grises, con arabescos azules que habían cruzado el Mediterráneo y el Atlántico, le había servido de palo improvisado para sus partidos de fútbol bajo techo. La ignorancia hacía intrascendente que fuera el único recuerdo traído a Sudamérica por aquella bisabuela rodeslí, que sólo conoció tres años.
"Deja a los muertos con los muertos. Tú quédate y vuelve con los vivos" le desalentó Lucía en voz alta, mientras descorría su manga para mostrar la yerra, por la que su nombre fue cambiado por un número en Auschwitz y la condición humana pasó de largo la del animal, para ser asimilada a una cosa. Es una de las dos únicas de la isla que se salvó, volvió y puede contarlo.
Recuerda que no se enteró del fin de la guerra hasta 1948. Los soldados estadounidenses les liberaron del campo de concentración, pero los llevaron a campos de refugiados, dado que ningún país por el que pasaron, en su éxodo de retorno a la tierra prometida, les quería recibir. Comían mejor "pero nos trataban como animales, nos subían a vagones de tren" y la llevaban a otro lado, sin nunca preguntar si querían. Fue desde Alemania, en cuotas por toda Italia hasta el sur y la embarcaron hacia Grecia continental, donde por primera vez, en cincuenta meses, comió y durmió "de alabar al Dio" en casa de un familiar.
Pero el terruño de adopción la convocaba, así que -más recuperada- se embarcó hacia la capital de las doce islas ya en poder helénico, con la convicción de que allí sería más fácil dar con familiares o conocidos, que aportaran pistas para el reencuentro con los seres queridos. Avistó nuevamente los míticos pilares del otrora Coloso de Rodas, de 28 metros de altura.
Navegar de regreso, entre las columnas del puerto de Mandraki, era reproducir el pasado, la invitación tentadora a olvidar lo que pasó, dejar en manos del subconsciente la posibilidad de enterrar el dolor, aunque más no sea causterizándolo con la lava incandescente de las ganas de vivir. Volvió a la 'yudería' y lo que vió melló su primer impulso. Cada conocido que retornaba era el prólogo para el mutuo interrogatorio sobre si había visto a su parentela. La ley de probabilidades decía que si seguía preguntando aleatoriamente, alguien sabría, e inexorablemente se cumplió: las lápidas fueron acorazando el cementerio de su corazón. Nadie de los suyos regresó vivo.
"No sabes los años que lloré por los míos, por eso hoy prefiero dormir que recordar", agrega Lucía, mientras señala la placa al frente de la sinagoga. Ya en diciembre no vendrán turistas ni por equivocación. Pasa de once de la mañana a cuatro y media de la tarde, cuidando el pequeño templo, donde ni rabino queda, pues se fue para Atenas tras la temporada que termina el 30 de octubre. Ella atiende a los visitantes y espera que "algo me dejen" para subsistir. Cuando el atardecer tempranero del Egeo convoca la lúgubre sombra de las murallas imponentes de los 'cavalieri', cerrará la puerta y se irá por atajos, que sólo ella conoce, hasta su casa en extramuros.
Con sus pantuflas gastadas, camina sobre piedras que hablan de un pasado que me une con esta 'abuelica'. En la lista de apellidos grabados de los asesinados, de un lado y del otro del de su padre, están los de aquella familia que yo buscaba, una parte de la cual se fue tempranamente al sur de Sudamérica.
"¿Y cómo piensas encontrar en el cementerio a los tuyos?", me pregunta curiosa. "¿Sabes leer hebreo?" inquiere. A esa altura, con la 'toquita' sobre mi cabeza, por primera vez en 25 años, me resultaba difícil explicarle que mi religión no era la judía, que hasta hace dos horas me sentía muy genuino del país en donde nací y que siempre estuve alejado de estas tradiciones. Camina silenciosa hasta el fondo del salón y saca, de una ventana con fondo falso, un cuaderno empolvado donde atesora los nombres traducidos al castellano con la ubicación de las tumbas según sus filas.
Mis ojos y mi lapicera no cesaban de moverse frenéticos, encontrando las raíces, nombres y fechas que me faltaban. Lucía resultó la llave. No hacia el pasado, sino para asumir con humildad la herencia a trasladar a los futuros hijos. La que nos enseña que no somos más que otro eslabón en una cadena, que se pierde bajo el mar, la tierra y el cielo, formada por de quienes venimos, que nos sirve de ancla y demuestra nuestra efímera finitud.
Con un "cuando estés frente a las tumbas no les pongas flores" me sobresalta y, agrega, "nuestra tradición es dejar allí una piedra". Así lo haría una hora más tarde. "Y ahora, dale un beso a tu abuelica".

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