Crónicas de Torsos Huérfanos

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6/17/2005

Mercado global de arte:Destructivo en gris y negro

Luces y sombras del mercado global y el delito con obras de arte

DESTRUCTIVO
EN
GRIS Y NEGRO

por Carlos Montero, montero@sintesis.org

Fue la noticia de la semana. Con 370 mil dólares, “Constructivo en Gris y Negro”, pintado en 1932 por Joaquín Torres García, batió este miércoles 15, en remate televisado en directo, el récord de venta de una obra de arte de autor nacional, superando en sesenta mil dólares a “Entre dos luces”, anterior récord de Juan Manuel Blanes. La oscuridad de un título y la luminosidad del otro marcan los extremos que alumbran penumbrosamente la oscilación de un un debate que se impone en materia de política y cultura, de los que depende un jugoso comercio.

La venta, remate, sustracción y falsificación de obras de arte, así como su circulación transfronteriza legal, para exposición o comercio, e ilegal, por contrabando o robo, han transformado a la pintura en un negocio -entre “gris y negro”- preferido por inversores globales a largo plazo y por especuladores que encuentran un mercado en el cual circulan millones de euros o dólares de mecenas que apoyan la creación y dinero ilegal intermediado por “destructivos” mercenarios.

DEL MUSEO AL MERCADEO

Las supuestas vanguardias, la moda, el arte basura y las exposiciones del horror, impactan cada vez más en un público más amplio que la élite especializada, gracias a los medios de comunicación con alcance global y la mercadotecnia de los museos que –haciendo benchmarking de los parques temáticos- se colocan en los circuitos turísticos y se solventan con el merchandising (chirimbolage, souvenirs y libros con láminas).

Prueba es que fue la televisión japonesa solventó la restauración de las obras de Miguel Angel en San Pedro, que casi me dejan con una placentera tortícolis por mirar sus viñetas sobre el relato bíblico del lado interior del techo de la repleta Capilla Sixtina, lo que me llevó luego a comprar vulgares reproducciones del momento de la Creación (dedito con Dedo) y gruesas guías ilustradas del recorrido hecho por los Museos Vaticanos.

La misma televisión japonesa, por la afluencia de turistas nipones a París para ver la Mona Lisa de Leonardo Da Vinci, fue la que también solventó la construcción de una sala especial, habilitada en mayo de este año en el Museo del Louvre, donde la enigmática dama siguiera exhibiendo su sonrisa bien conservada y con mayor resguardo de cualquier atentado.

Además, diga que los japoneses son bajos, porque de tanta gente hasta ahora había que mirarla en puntas de pies, en el corredor que arranca en la escalera opuesta a la Victoria de Samotracia, mediado por traductores y las cámaras portátiles que persiguen “la Biblia y el calefón”, confirmando la crítica irónica de Fellini al país del sol naciente en su film “La Entrevista”: tienen el dinero, la curiosidad y la técnica, pero les falta el “saber hacer”.

Es que el mecenazgo, el tráfico con obras de arte y el robo de las mismas no es cosa de hoy. El fiorentino Leonardo pintó La Ultima Cena en Milán, en la iglesia de Santa Maria delle Grazie, bajo el auspicio de Ludovico “El Moro” Sforza. Pero en 1498 huyó por el ataque francés al norte italiano.

Como en Florencia y Roma logra un pago de cortesano pero no le encargan obras de fuste, a la larga termina aceptando la oferta del rey de Francia, adonde se lleva el retrato de la esposa del Giocondo que no le habían pago en 1503, y le instalan hasta su muerte en un palacio a menos de una cuadra del monarca galo Francisco I. Sforza, su ex jefe, moriría preso a 50 kms.

Pero resulta que a comienzos del siglo XX la Policía francesa investigó al mismísimo Pablo Picasso, que disfrutaba de la bohemia y la vida nocturna parisina, por la misteriosa desaparición de La Gioconda. Picasso conocería en la capital de Francia a JTG (Torres García) pero no hubo química personal ni coincidencia en los objetivos que les uniera. Acaso celos.

El pintor español era uno de los sospechosos, responsabilidad de la que se libró cuando en Italia, un restaurador toscano que trabajaba en el Louvre, admitió haberse robado la pintura –y llevádosela del país- en un acto de reivindicación de su acervo cultural, más fiorentino que italiano.

DEL MERCADEO AL DELITO

En una analogía con la promesa de Internet de que con la comunicación horizontal en red todos podemos convertirnos en medios de comunicación (aunque con auditorios cucaracha, como profetizó hace años un director brasileño de TV O Globo), cunde entre los no iniciados el ilusorio concepto de que “todo es arte”. Si no puedes hacerte rico como futbolista o tenista, ¿por qué no probar con ser artista?.

La sobrevaluación de supuestas obras de arte de supuestos nuevos genios para que mercaderes o galeristas inescrupulosos capturen el dinero de compradores, supuestamente de paladar fino, se iguala con la colocación de acciones privadas infladas o bonos estatales chatarra registrada en la última década en la Bolsa de Wall Street y que ha sido castigada con millonarias multas por la SEC –autoridad máxima del mercado de valores de EEUU- sobre bancos o calificadoras que hicieron ganancias mucho mayores que lo que pagaron por su falta de ética.

Decía Nietzche que “tenemos el arte para no morir a causa de la realidad”, aunque galerías y casas de remate internacionales que trabajan para especuladores podrían parafrasear al filósofo alemán diciendo que “tenemos el arte para vivir a causa de la mentira”, traducida en venta de obras no logradas (podrían excusarse en la ignorancia del comprador), venta de copias falsas (podría argüirse la buena fe del galerista al comprar), deprimir el patrimonio artístico nacional (sacando obras de autores fallecidos del país de contrabando, sin autorización de la Comisión respectiva, como acaba de pasar con obras de Joaquín Torres García –entre otros- por Fray Bentos hacia Argentina) o sobredeclarando el valor de pinturas compradas por instituciones o empresarios (para lavar dinero o reducir el monto a declarar al Fisco por ganancias elevadas).

A fin de mayo pasado, un Torres García de 1943 (“Constructivo en Grises”) se había vendido en Christie’s por 329.600 dólares (EFE, 26/05/05). Medio mes antes, el Departamento de Seguridad Interior de Nueva York devolvió a sus dueños una pintura del uruguayo Pedro Figari, que fue robada de Argentina en 1997 y rescatada en 2003 por Interpol de EEUU antes que la misma Christie’s la rematara. Grises y negro cubren el horizonte de este lucrativo negocio.

FUNCION Y MISION

Pero no debemos confundir negocio, con función ni misión. Si Nietzche definía la función del arte desde un punto de vista escapista –un satisfactor del ser humano “para no morir a causa de la realidad”-, la misión del artista es la representación -por medios, técnicas y códigos diferentes- de las percepciones propias del mundo exterior y su mundo interior, más allá de toda evaluación sobre la accesibilidad del público a poder interpretarlo.

El pintor argentino Carlos Gorriarena negaba a CLARIN que se deba tener en cuenta la llegada del arte a la gente común: “no creo que la pintura tenga que tener en cuenta a nadie. Ni al hombre común ni al hombre fuera de la común. Este es un problema de los gobiernos. Cuando el pintor tiene intención de divulgar, se está suicidando”. Si no, que se lo digan a Vincent Van Gogh, que sigue batiendo récords en los remates de Christie’s y Sotheby’s, aunque vendió un solo cuadro en su vida –gracias a su hermano Theo- y le regalo ese dinero a una mujer. Igual terminó suicidándose.

Para poder valorar la diferencia entre arte (obra única de autor), artesanía (técnicas reproducidas manualmente en objetos variados pero patronizados) y manufactura (la reproducción industrial mecanizada de un modelo), vale apelar al semiólogo italiano Umberto Eco, yendo de su primer gran ensayo en la materia –“Obra Abierta”- al más reciente “Historia de la Belleza”.

La introducción de Opera Aperta de 1962 parte desde la Edad Media, cuando la misión del arte consistía en una ordenación del caos, de lo informe, de lo indeterminado, o sea un arte “cerrado”, y llega hasta el arte contemporáneo edificado “en torno a un mundo fundado en la ambigüedad”, donde se invierte la escala de valores hacia el desorden, priorizando la polisemia (la diversidad de sentidos en un mismo signo, de significados en un significante), que Eco resume como obra abierta.

Todo lo contrario, Torres, que fue parte de la vanguardia en los años veinte, defiende el orden porque "el artista opera con formas y no con cosas, porque lo que él está haciendo es un ordenamiento plástico y no la reproducción de un aspecto natural ". Aunque admite que "...el artista solamente con las reglas, por sabias que fuesen, nada haría. Tampoco con ninguna teoría estética, por bien formulada que fuese. Ni aún con la visión mas extraordinaria del mundo. Necesita la intervención de un elemento primordial: su alma. Por ella ha de dar con algo inédito."

Sin embargo, en la lujosa “Historia de la Belleza” de 2004, Eco no nos permite siquiera apuntar a una misión del arte como búsqueda de la belleza o lo armónico pues, pasando de la ambigüedad al relativismo, don Umberto se limita a puntualizar la obviedad de que “la belleza nunca ha sido algo absoluto e inmutable, sino que ha adoptado distintos rostros según la época” y con variantes sincrónicas según cada cultura.

ARTE Y BASURA

Uno de esos rostros fue construido por Joaquín Torres García (1874-1949), un uruguayo –aunque muchos crean que es un español establecido en Montevideo por exilio político- que vivió aquí hasta los 17 años, cuando comenzó un periplo de formación que lo llevó entre otros pasos por Barcelona, Nueva York, París y Madrid.

Tras volver a Uruguay con 60 años en 1934 junto a su Manolita Piña, en 1944 fundó su taller, La Escuela del Sur, donde formó a las que serían las paletas uruguayas de referencia en el siguiente medio siglo (como José Gurvich, Francisco Matto, Julio Alpuy o Gonzalo Fonseca), marcados a fuego por el Constructivismo, corriente que la parricida generación posterior criticó como demasiado rígida, pero reconocida a escala occidental, al punto que el Museo de Arte Moderno de Nueva York ha finalmente incluído dos de sus obras en su renovada sede.

En el Soho de Nueva York, dio clases y hoy vive Alpuy con 86 años, quien –entrevistado por la revista Galería- sufre las tendencias que define Eco y afirma que “estamos en una época cien por ciento materialista que tiene el arte que se merece: horroroso”. Una galería importante de Manhattan lo invitó a una inauguración y “cuando fui eran todos sobres de correspondencia pegados; el artista dijo que eso era arte, porque todo lo es. Entonces, hasta cuando vamos al baño hacemos arte”.

A esto me refería al principio cuando citaba el arte basura, que llegó a su colmo tiempo atrás en Gran Bretaña cuando una mucama de la mansión de un famoso artista tiró al tacho de desperdicios una obra destinada a exposición, confundiéndola (o, mejor dicho, identificándola) con cualquier otro deshecho. Una página entera le dedica El País (29/05/05) a un publicista uruguayo que ganó el segundo premio de la Competencia Nacional de Escultura de EEUU... que diría Rodin si viera esas esculturas de Superman y otros personajes de historieta.

Julio Alpuy recuerda que “lo que me dijo Torres es que nunca abandone la realidad (...). La relación del hombre con la naturaleza, con la vida, con el amor, con el sexo, todo es realidad y todo es vida. Sólo de la mente no sale el arte, sólo del corazón tampoco, de la materia sola tampoco, todo eso junto da arte” porque “no hay arte sin unidad” (Búsqueda, 9/6/05).

CONSTRUCTIVO O DESTRUCTIVO

Primer dilema: ¿el patrimonio artístico uruguayo se ve deprimido o realzado, sustraído o enriquecido, devaluado o valorizado, con la difusión de Torres en la Gran Manzana ante millones de turistas por año? ¿Alcanza con que se autoricen retrospectivas cada tantos años y se envíen las obras oficialmente a museos del resto del mundo?

¿Cuántos gustadores de arte de alto poder adquisitivo podrían terminar viniendo a Uruguay para ver el Museo Torres García, frente a la Puerta de la Ciudadela, y de allí seguir el circuito de galerías y ateliers de alumnos de su escuela u otras corrientes, adquiriendo sus trabajos o “descubriéndolos” para ofrecerles exponer en el exterior?

El comprador anónimo de “Constructivo en Gris y Negro”, representado apenas por un funcionario que seguía por teléfono en la sede de Castells & Castells las instrucciones recibidas, no se sabe si es nacional o extranjero, ni si vive en Uruguay. Lo que se sabe es que la Comisión del Patrimonio declaró a la obra como “patrimonio nacional” y eso impide la salida legal del país de dicha obra.

Los rematadores amenazan con acciones legales reparatorias contra el Estado pues consideran que ello deprimió el valor que se hubiera pagado por otros interesados o museos del exterior, que hubieran pujado si sabían que podían llevarse luego la obra.

Segundo dilema: ¿está actuando la comisión oficial como preservadora y constructora de un acervo cultural uruguayo o, parafraseando el título del óleo, estamos actuando ante los cambios globales en el arte mostrando un Uruguay “destructivo en gris y negro”, colores que dominaron por años nuestra capital, dominada por el Cerro de Montevideo y de frente a la bahía, tan presentes en la obra de Torres?

ENTRE DOS LUCES

El rematador Horacio Castells opinó que las autoridades “no calibran que en el Uruguay este tipo de cosas debe crecer hacia afuera" y trató de "mediocre y retrógada" a la Comisión del Patrimonio, por el dictamen de noviembre pasado que no fue cambiado por el ministro de Educación, Jorge Brovetto, quien respetó la posición expresada en el gobierno anterior, lo que se parece bastante a una política de Estado en materia artística.

Jorge De Arteaga, director de la Comisión, dijo al diario EL PAIS que
"quizá le de dinero a los dueños, pero en este caso se trata de un bien que nos pertenece a todos como patrimonio nacional. Queremos defender lo nuestro, lo cual es más digno que tener cuatro pesos más". Aclaró que si se tratase de un museo internacional "estaríamos obligados a dejar salir la obra” pero “si se trata de un comprador extranjero y particular, quizá jamás la volvamos a ver".

Como en el nombre del anterior récord de Blanes, la Comisión del Patrimonio está “entre dos luces”: la que nos prende el mercantilizado ámbito de los remates internacionales y la que nos reclama preservar la memoria con las obras que identifican nuestra propia evolución cultural como sociedad, representada en parte por sus artistas, en parte por sus artesanos y cultura popular (folklore), costumbres y tradiciones; fusión de todas las influencias que hemos inmigrado y nos conectan con el patrimonio de la Humanidad.

Irónicamente, el maestro Torres García ocupa, en las prioridades de los directores del Banco Central -no muy cultivados en pintura- la variante más barata entre las personalidades que identifican las diversas nominaciones de nuestros billetes, donde la poetisa Juan de Ibarbourou representa la más cara (el billete de mil pesos). Conformémonos entonces, por ahora, pues en Uruguay podemos comprarnos un Torres por cinco pesos. La fotografía de Washington, aunque sigue devaluándose, está cuatro veces más cara.

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