Crónicas de Torsos Huérfanos

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6/01/2005

MANIFIESTO COLUMNISTA

MANIFIESTO COLUMNISTA
por Carlos Montero, desde Bruselas

-publicado en diario ABC de Asuncion
-en VIVAPARAGUAY.COM y revista semanal
-DON DINERO de Uruguay. 31 mayo 2005.-

En la semipenumbra adoquinada de la Gran Plaza de Bruselas pude ver, calle
lateral por medio del monumental Ayuntamiento, una mansión dominada por la
figura de un cisne, en la cual Marx y Engels escribieron en 1847 el
Manifiesto Comunista, en una de sus tantas cortas estadías en camino de
Londres a Berlín o París y viceversa.

Mientras discurría distendido el paseo por la ciudad vieja de la capital
belga, en el horario franco nocturno que nos dejaban las ajetreadas
jornadas de un seminario internacional de editores y analistas económicos,
me dominó un impulso de vigilia onírica.

Sentí necesidad de soñar con un Manifiesto Columnista, que
profesionalmente nos posicione equilibrados (aunque no menos
comprometidos) entre aquel texto de un siglo y medio atrás, ante un
implícito Manifiesto Consumista mediático que vivimos y aún, sobre todo en
Bruselas, el Manifiesto Comunitarista, paradigma que se construye a la vez
en varias regiones del planeta.

No comenzaría con un muy previsible ¡Periodistas del Mundo, uníos! sino
que, menos pretencioso, opondría percepciones que la lucha de las
ideologías de la Modernidad nos dejó, útiles para el análisis de las
nuevas realidades económicas y sociales desde una profesión periodística
que bien nos envicia con la duda metódica y nos vacuna contra la ilusión.

Ante esa esperanza que nuestros pueblos renuevan, sin fundamento
suficiente pero contra toda prueba en contrario, gracias al rito de la
alternancia partidaria por la vía electoral, el Manifiesto Columnista
podría decir ante los demás manifiestos posibles:

-No creo en la sana envidia como motor de la competencia en beneficio de
la estabilidad u homeostasis automática del mercado; la envidia es siempre
insana. Lo sano (aunque anormal) es saber alegrarse hasta la emoción y
aprender lecciones de la felicidad o prosperidad ajenas, cuando fueron
honestamente granjeadas, para lograr autosuperarnos.

-No creo en las mentiras piadosas ni en la manipulación de los datos
recabados; falsear la realidad nos transforma en jueces que tienen en
menos al prójimo o al lejano, considerando que no está preparado para
soportar el monto de angustia de saber la verdad y pagar los costos de
decidir con el asesoramiento que desee.

-No creo en los milagros económicos; las historias de éxito personal o de
recuperación nacional esconden marketineramente el grueso de años de
sudor, sufrimiento, sacrificio y errores que llevaron al acierto presente,
que tampoco será eterno. Dicen que si un gran negocio llega a la primera
plana de los diarios, es porque ya no es negocio.

-No creo en la inevitabilidad del progreso; los architextos que
pretendieron guiarnos, con dogmas o recetarios, fracasaron porque
olvidaron que la Historia no está escrita de antemano, ni ha terminado y
pende de la estupidez o la ambición humanas. El ansia de poder o una mujer
pueden a veces más que la Economía.

-No creo que la moda posibilista, con discurso supuestamente
“antiideológico”, lleve alguna vez a concretar utopías de cambio
cualitativo y ni siquiera logre metas cuantitativas de consideración; pero
es necesario un pragmatismo no voluntarista que evite relegar necesidades
urgentes bajo promesas de perfección futura

-No creo que exista ninguno de los grandes sistemas practicados que, en su
diseño teórico de laboratorio, no tenga una persuasiva coherencia
estructural; pero los modelos perfectos de capitalismo y comunismo,
anarquismo y estatismo, librecambio y proteccionismo, olvidaron que debían
aplicarse a seres humanos y ser aplicados por seres humanos..

-No creo en revoluciones aceleradoras de cambios estructurales que lleguen
antes y duren más que los de reformas procesuales; la Revolución Francesa
de 1789 trocó su Asamblea por el Imperio de Napoléon en una década y la
Revolución Rusa de 1917 cambió la dictadura del proletariado por la de
Stalin en menos.

-No creo en la ortodoxia aplicable a una realidad rica e impredecible en
todos sus términos; lo comprobaron los seguidores de Adam Smith y Karl
Marx, al adoptar como credo su Riqueza de las Naciones simultánea a la
revolución de EEUU en 1776 y su Manifiesto Comunista base de las
revoluciones europeas de 1848.

-Pero creo, -más como profesión de fé que profecía, más como esperanza que
convicción irrefutable- que la heterodoxia nos podría llevar hacia el
radicalismo democrático, que asume las reglas político culturales de los
grupos hegemónicos a cambio de exigirles las máximas concesiones económico
sociales que sus mismas constituciones permiten alcanzar a favor de los
grupos menos favorecidos.

Saludos de vuestro amigo,
Carlos Montero

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