Crónicas de Torsos Huérfanos

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6/23/2005

EL FUTURO, segun Virilio

Un aviso de caldos Knorr resume pronósticos del filósofo Paul Virilio

EL FUTURO AL FONDO
DE UN PLATO DE SOPA

Por Carlos Montero


El filosofo frances Paul Virilio preve el rumbo humano de la tele-comunicacion, a la tele-presencia para llegar a la tele-existencia Posted by Hello

Tenía razón Mafalda, la célebre heroína de Joaquín Salvador Lavado (mejor conocido como QUINO), cuando decía que no le gustaba la sopa. Anoche ví el futuro en el fondo de un plato de sopa y no me gustó nada. No me refiero al sabor de la sopa. Digo que no me gustó nada el reflejo de ese destino –ya posible y pronosticado por un filósofo contemporáneo- de tener un ser humano comunicado globalmente real-time (en tiempo real, o sea simultáneo) pero deslocalizado (en espacio de mentira y diferido).

Sólo cuando conocí al tímido caricaturista, en la Feria del Libro de Buenos Aires -mientras los carapintadas de Aldo Rico pintaban la cara real del poder en la transición de militares a políticos en el Cono Sur- fue que entonces entendí por qué Mafalda aparecía una y otra vez en sus viñetas rondando un globo terráqueo, sobre el cual disparaba sus dardos textuales aún vigentes a más de un cuarto de siglo de desaparecida.

Reflejaba los dilemas mundiales y locales del propio autor, que mató a su gran personaje en los negros años setenta, antes que Mafalda lo matara a él, según ironizó una vez. En aquella entrevista él me contaba que dormía con una libretita en la mesa de luz para apuntar y no perder las ideas que le surgían durante la noche. A él tampoco le gustaba la sopa, me confirmó.

La verdad es que, así como Magritte en Bélgica pintaba una pipa y buscaba desconcertar en el mismo lienzo escribiendo que “esto no es una pipa”, lo que ví esta semana por TV –en la llamada caja boba, menos boba que lo usual- no era sopa propiamente, sino representación de una sopa en la pieza publicitaria grabada de caldos Knorr que se reproducía en la pantalla chica.

Pero, cumpliendo la máxima que reza “al que no quiere sopa, dos platos”: en el aviso no había un plato sino dos platos de sopa (me corrijo, la representación de dos platos con caldo), sólo que uno estaba sobre la mesa del comedor donde la protagonista –desde algún lugar de las Américas donde se habla castellano- se había citado a cenar con el otro protagonista, que estaba en Moscú.

Por eso, en la punta opuesta de la mesa, en vez de situarse sentado de cuerpo presente el otro comensal, había instalada una pantalla plana que reproducía al amigo-bio virtual ruso tamaño natural, con su otro e idéntico plato de sopa, apareciendo proporcional en la imagen del aparato de ella dentro de la imagen de mi aparato televisivo.

Se representaba así, sin necesidad de efectos especiales dignos de Matrix, los efectos espaciales de una de las profecías del filósofo Paul Virilio en “La bomba informática”: la pantalla de la computadora se transforma en la pantalla del televisor y viceversa, mientras que su formato plano tamaño natural sustituye a la ventana, para completar el corte de nuestro último cordón umbilical con la realidad exterior a la cual accedíamos por el contacto visual directo que nos permitía el vidrio enmarcado en la pared.

Como en los juegos del director italiano Federico Fellini quien, en el film “La Entrevista”, dirigía la película desde afuera de escena, mientras aparecía adentro de la escena actuando de director de otro actor (que, a su vez, interpretaba el papel de Fellini cuando era joven), ví en dicho spot publicitario el vivo retrato del futuro pronosticado por este urbanista y accidentólogo francés: la evolución de la tele-comunicación del siglo XX, a la tele-presencia por medio de teleconferencias –como esta cena virtual de sopas vía satélite (no confundir con las ‘soap operas’ anglosajonas, nombre de las telenovelas auspiciadas por jabones)- hasta llegar a la tele-existencia.

Sin apurarnos a que creamos o no en las investigaciones en curso sobre teletransportación (aún en ciernes) ni sobre hologramas (tipo Guerra de las Galaxias), Virilio nos habla de los ya existentes “trajes y cascos de datos”, que son mucho más que herramientas para introducirnos en una realidad virtual que reproduzca la ficción sensible de un vídeojuego sofisticado.

Ese traje de datos está compuesto de un haz de terminales sensoras que detectan y emiten nuestros impulsos como señales y captan las de la otra persona a distancia (incluso en forma inalámbrica), para alcanzar extremos como los del sexo virtual (no confundir con el onanismo estimulado telefónicamente que promueven los avisos clasificados de hot-lines).

Peor que el aislamiento, la pieza publicitaria representa la alienación, donde nos protegemos de los ajenos vecinos (ex prójimo) evitando así la inseguridad urbana y la solidaridad social, mientras nos acercamos a nuestros amados o pares lejanos, a causa del flujo migratorio por trabajo o turismo. En definitiva, todas compensaciones precarias a la no convivencia.

Pero de avistar o prever las consecuencias psicológicas en este ser humano aislado en forma física y reconectado interpersonalmente –en lo familiar, amistoso o laboral (tele-trabajo)- en forma virtual por medios digitales, deberíamos pasar a avistar o prever las consecuencias en la sociedad y en el flujo de las relaciones de poder que condicionan las decisiones públicas.

Un nuevo libro de Paul Virilio (“Villa Pánico”), aún no traducido del francés, trae unas primeras presunciones sobre un cuarto paso en la evolución de la democracia occidental contando desde el ‘zoon politikón’ de Aristóteles (partícipe de la Democracia aristocrática en el ágora de las ciudades-Estado griegas); al ‘ciudadano’ representado indirectamente en el Parlamento de las repúblicas o monarquías constitucionales de los Estados-Nación (posteriores a la Revolución Francesa); y el ‘homo videns’ de Giovanni Sartori, espectador-consumidor de la democracia de masas cuya relación con su representante es mediada por el debate televisivo de asuntos públicos, tan cuestionado por Pierre Bourdie (“Sobre la Televisión”).

Fue primero Le Monde Diplomatique, luego el suplemento Ñ de Clarín de Buenos Aires y finalmente el diario La República de Montevideo, los que se hicieron eco en marzo pasado de esta advertencia a la Política que llegaba desde los terrenos de la Filosofía, tan despreciados por quienes creen que reflexionar es perder tiempo y leer a los que lo hacen es una pedantería intelectual para quien le falta algo útil que hacer.

Un célebre predicador protestante del siglo XIX, inquirido sobre cómo podía encargarse de tantos asuntos al día y dedicarle una hora cada mañana a arrodillarse para rezar, contestó irónicamente que “si no le dedicara una hora cada día a orar, no sé como haría para encargarme de mis obligaciones en lo que me queda del resto de la jornada”.

Lo mismo sucede con el aprendizaje de los rastros sobre el futuro que se hallan en las huellas dejadas por los pasos, pisotones y caídas de los seres humanos. Si el periodista no dedica tiempo a quienes le pueden proveer esas pistas, de nada le valdrá un día de 48 horas ni ocho agencias de noticias ni Google entero (buscador considerado la nueva Biblioteca de Alejandría), para entender el presente.

Como en la Colina de la Deshonra, subirá y bajará hasta el cansancio, llenando y vaciando mecánicamente bolsas de arena, transmitiendo datos y noticias, sin contexto en donde ubicarlas. En mis años jóvenes, un conocido periodista del área gubernamental era conocido en su diario como el “pájaro-bobo”: no sabía lo que llevaba. No tenía contexto para evaluarlo.

En Le Monde Diplomatique, Mauro Fabi considera a “Villa Pánico” como una “suerte de reportaje de la catástrofe, donde el devenir histórico tradicional se sustituye por el eterno presente de la inmediatez” en una “era de la comunicación estática y/o histérica. Todo acontecimiento resulta descontextualizado” en el marco de una “mundialización (que) es contemporánea de la modelización, en el sentido que hace referencia directa a la estandarización de los comportamientos” y “de la sincronización de las emociones” (traducción propia de LA SINTESIS).

CLARIN hace un avance de la traducción, donde el filósofo parte de la alienación para concluir que “estamos dominados por el miedo y el pánico a la inseguridad antes que por un sentido de deber hacia nuestra nueva e insólita ciudad-Estado. Este pánico anula el lugar de la reflexión y los medios se hacen cargo, no ya de la demanda de reflexión colectiva, sino de una demanda de emoción colectiva”.

“Para no ser una democracia de balconeadores” fue la extrapolación escrita por el ex diputado Hugo Cores donde reafirma que “como dice Paul Virilio en un libro reciente (Villa Pánico), en las sociedades modernas frente a la inseguridad y el miedo, apostar a la razón, al debate y la persuasión parece un empeño casi quijotesco” (La República, 28/03/05).

Y mientras esperamos las pistas en castellano del nuevo libro de Virilio, doy fé que los acontecimientos políticos, económicos, sociales y culturales del nuevo milenio no han hecho otra cosa que confirmar los ocho libros anteriores leídos de madrugada y subrayados hasta el cansancio.

Y lo pronosticado por él, que no sucedió aún, seguramente sucederá más tarde o más temprano, si nos atenemos a sus antecedentes. La pérdida de la intimidad y las libertades en manos de ls violación de las comunicaciones, excusada en la lucha antiterrorista, le lleva a predecir que "mañana el Ministerio del Miedo dominará, desde lo alto de sus satélites y de sus antenas parabólicas, al Ministerio de Guerra ya caído en desuso, con sus ejércitos en vías de descomposición avanzada".

Los mismos satélites que sirven para tomar juntos la sopa a distancia, son los nuevos caballos de Troya que transgreden las murallas de nuestra casa/fortaleza, como regalo integrado a nuestros instrumentos de comunicación (computadora, módem, ADSL, celular, cable, teléfono, fax, Direct TV), pero que nos exponen a que extraños “metan la cuchara” en nuestra vida, aunque nos sintamos muy seguros con guardias privados, porteros eléctricos, cámaras de seguridad y rejas a control remoto.

Por eso, al ver ayer la publicidad de la cena en directo a distancia me acordé de Virilio prediciendo hace años la telepresencia y la teleexistencia, como si él estuviera observando el caldo con fideos en el fondo del plato, igual que quien predice el futuro con la borra del café al fondo de la taza.

Y coincidí con Mafalda y con Quino, que no me gusta esa sopa, que no me gusta ese futuro que ví. Que prefiero a Benedetti escribiendo y a Serrat cantando que: “una mujer desnuda y en lo oscuro, refleja una luz que nos alumbra”, sin trajes de datos, ni hot-lines, ni satélites, ni realidad virtual.

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