Crónicas de Torsos Huérfanos

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6/11/2005

El fracaso de la revolucion como base de la evolucion

El fracaso de la revolucion como base de la evolucion

DOS PASITOS PA’DELANTE.
OTRO PASITO PARA ATRAS

Por Carlos Montero

El era decano de la Facultad de Ciencias Económicas y en la campaña electoral de 1989 me aseguraba que la coalición de izquierdas a la que pertenecía (y pertenece) -como candidato independiente parlamentario- iba a hacer “una revolución”, aunque aclaraba que sería una “revolución pacífica”.
Yo le contestaba en esa entrevista que no veía ninguna medida en su programa de gobierno que fuera revolucionaria, sino apenas reformista. No porque la revolución no pudiera ser pacífica, sino porque implica un proceso acelerado de cambios que transforma cualitativamente la infraestructura del sistema social y político.
Hoy, Danilo Astori, es ministro de Economía y Finanzas de Uruguay, acaba de cerrar exitosamente un acuerdo stand by con el Fondo Monetario Internacional, defiende el Tratado de Inversiones con los Estados Unidos y, según el diario inglés Financial Times, “las palabras de Astori animan a los mercados e impresionan a Wall Street” (Búsqueda, 09/06/05).

El fue un guerrillero urbano que rozó las aristas míticas de un Robin Hood en los sesenta, luego preso y rehén de la dictadura en los setenta, reintegrado a la vida político partidaria en los ochenta, llega al Parlamento en los noventa y, ahora, de primer senador de su lema de izquierdas pasa a ministro de Agricultura y Ganadería.
El Congreso de la Federación Rural del Uruguay le aplaudió y ovacionó cuando José Mujica admitió que tiene compañeros en el Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros (MLN-T) y del Movimiento de Participación Popular que reclaman “la reforma agraria” y, sin embargo, no saben siquiera hacer “un almacigo”.
Hasta el propio gobierno de Estados Unidos viene de alabar al ministro y su equipo por la transparencia con la que manejaron e investigaron las denuncias de supuestos casos de aftosa que, felizmente, fueron descartados.
Sin embargo, su compañero de utopías y lucha, Julio Marenales del MLN-T, viene de hacer una distinción entre ambos ministros y entre los miembros del lema de gobierno: habló de progresistas (entre los que incluyó no sólo a Astori sino al propio presidente Tabaré Vázquez) e izquierdistas (como Mujica y él) cuya meta es la liberación nacional y el socialismo.
En definitiva, volvemos a la distinción entre quienes aceptan un cambio de grado (cuantitativo) en las condiciones socioeconómicas aunque mantengan el sistema político actual y los que apuntan a un cambio (cualitativo) del sistema; entre los que aceptan la evolución hacia un radicalismo democrático (extensivo de los derechos) y los que prefieren crear las condiciones para la revolución (intensiva en cambios), aún pacífica.
Sorprendido por las reacciones que los análisis especiales de LA SINTESIS motivan a veces de calificados lectores y colegas, no me surge mejor comparación de nuestra tarea diaria, de reflexión políticamente incorrecta, que la del rollo de alambre de púa.
La idea es que a ritmo regular podamos aguijonear, pinchar, molestar la comodidad de convicciones aceptadas sin beneficio de inventario o por comodidad, aportando otros ángulos que -más que desarrollarse ortodoxamente con el arma de la deducción silogística- sean razonamientos heterodoxos que se “desenrollen”.
Mantengamos la imagen del rollo de alambre de púa, dibujando círculos que no cierran, sino que en el punto opuesto se abren –por asociación de ideas o analogía- a continuar con un nuevo círculo. Así sucesivamente, no pretendemos una conclusión terminante sino abrir en la cabeza opciones que, una vez vislumbradas, promuevan alternativas propias en el lector: cercar espacios minados del camino, separar áreas de siembra de la maleza, preservar manantiales del acceso de factores contaminantes.
Nunca mejor que el cineasta italiano Bernardo Bertolucci, en la película Noveccento (1900), podremos sintetizar en una metáfora la evolución de su sociedad en el último siglo. Al principio (como niños jugando) y al final del film (como viejos cascarrabias), el director simboliza la evolución de Italia, sobre una vía de tren, en la que los avances por empujones del hijo del obrero, son trabados o enlentecidos por la resistencia y tendencia a retroceder del hijo del potentado.
Como en la vieja cumbia: “dos pasitos pa’delante, un pasito para atrás”, los cambios (no solamente los políticos, sino los sociales y culturales) no se alcanzan finalmente ni a la velocidad que quieren unos ni se evitan como quieren otros. Los cambios, finalmente llegan, no por arte de magia ni espontáneamente, pero al ritmo que deviene de la interacción y la paciencia de quien empuja y quien se resiste.
¿No tuvieron que esperar Astori y Mujica 15 años más para ser protagonistas de este cambio de gobierno, luego que el FA ganó la Intendencia de Montevideo? ¿Acaso no evolucionaron cada uno durante ese lapso, metabolizando las derrotas electorales en aprendizaje? ¿No son ellos dos hoy, dentro del gobierno, una reproducción a escala partidaria del clivaje empuje/resistencia a una determinada política económica, que gradúa el ritmo de los cambios de la Administración Vázquez?
En tono intimista, Mujica confesó en el sofá del programa Zona Urbana que “toda revolucion termina fracasando, pues todas prometen más que lo que cumplen”, pero “sobre esa base va evolucionando la sociedad” porque, aunque sólo logren parte de lo prometido, “no es el ultimo escalón de la Humanidad”. Coincide con Max Planck, el padre de la Física quántica, para quien los procesos no son lineales –como aparentan a priori- sino son productos de pequeños saltos constantes, cuya expresión mínima son esos quantos.
Y en una sociedad amortiguadora como la uruguaya, tal cual bien nos recuerdan los historiadores Caetano y Rilla, Mujica mira a los que buscan revolucionar y a los que se contentan con reformar, para concluir en Canal 10 que “los conservadores se deforman cuando se hacen reaccionarios y los partidarios del cambio se deforman cuando se hacen infantiles”.
Nadie pudo parecer más revolucionario en la sociedad occidental del último medio siglo que ‘Dany, el Rojo’. Ese estudiante maoista, que lideró la revuelta universitaria del mayo francés de 1968 e hizo tambalear al gobierno de Charles de Gaulle, terminó expulsado del país por el mandatario. Convertido hoy en eurodiputado verde, Daniel Cohn-Bendit –quien escribiera en 1988 “La Revolución y Nosotros, que la quisimos tanto”- asegura que ya no cree más en la revolución.
“Aquellos que acarician proyectos de revolución se equivocan. Yo he dejado de creer en la revolución. Estoy íntimamente convencido de que los procesos revolucionarios son los signos del fracaso de una sociedad que no supo reformarse. Es más: las mismas revoluciones son las que impiden las reformas necesarias. Inevitablemente, terminan en la nada” (El País, 29/05/05).
Sin embargo, aunque los viejos revolucionarios sean parricidas o revisionistas, ello no evita que surjan generaciones que no les crean, o que piensen que están equivocados, o que aún consideren que el fracaso fue consecuencia de errores subjetivos o de la coyuntura, pero no de la herramienta. Por lo que la revolución, que unos abandonan u otros consideran muerta, goza de tan buena salud como la ansiedad histórica por reformas que no ha muerto.

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