Crónicas de Torsos Huérfanos

Crónicas de Torsos Huérfanos
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6/28/2005

De ADAN al ADN

A medio año del tsunami que mató a un cuarto millón de personas

De ADAN al ADN

Por Carlos Montero, montero@SINTESIS.org

En las últimas 24 horas, se ha venido recordando en las antípodas la pérdida hace medio año de más de 250.000 vidas a causa del tsunami pos navideño que barrió el sudeste asiático. Su efecto devastador igualó al de la primera bomba atómica, que mató la mitad de seres humanos en 1945, pero sumó otro tanto –por efecto de la radiactividad- en el medio siglo siguiente.

Es que si es cierto que la realidad supera la ficción, entonces – por silogismo- la fuerza desatada de la Naturaleza puede igualar al poder de las creaciones humanas, como fue el artefacto nuclear lanzado sobre Hiroshima por el avión militar estadounidense Enola Gay.

Y aunque digan que la Historia no se repite, muchas veces las historias parecen parodiarse o potenciarse como el relato bíblico sobre dos mujeres presentadas a la fuerza ante el hombre más sabio del mundo en su tiempo, como recordábamos con motivo del Día de la Mujer. Ambas reclamaban la pertenencia de un bebé, del cual se decían su madre.

El poderoso hombre las escuchó y urdió una salida salomónica. Eso era ineludible: él era Salomón. Y ordenó a los guardias, que rodeaban el trono de David, que usaran sus espadas y partieran al niño a la mitad, dando una parte equitativamente igual a cada una de las reclamantes. Una prueba más que las soluciones igualitarias no son necesariamente justas ni equitativas.

Al oir el fallo, la reacción no tardó: la verdadera madre –alarido de por medio- retiró su demanda. Su amor era mayor que el deseo de posesión ni la defensa de su legítimo derecho. El rey no dudó en restituir al recién nacido a su verdadera progenitora.

El mismo reto que tuvo Salomón, 955 años antes de nuestra era, se multiplicó casi por cinco en este tercer milenio, tras el maremoto contra las costas asiáticas, separando a miles de mujeres -temporal o definitivamente- de sus hijos.

Pero hoy la técnica conmueve las relaciones sociales, en cada ola de descubrimientos y desarrollos, con innovaciones que amplían nuestra capacidad, acortan performances y seducen con la ilusión de menor esfuerzo, más exactitud, confort y vida. Mejor calidad de vida, obviamente, para quien pueda pagarla.

Y sin caer en un panegírico positivista –a lo Comte con su confianza ciega en progresar en base a inventos- ni tampoco un manifiesto tecnofóbico, démosle la derecha a Aldous Huxley en que, reclamarle a la ciencia por no habernos hecho más felices, es como acusar al arado porque “no nos arrulla” cada noche con canciones de cuna.

Arrullar, precisamente, era lo que Junitha anhelaba y no podía. Las riadas le habían arrebatado de cuajo a su retoño. Sus brazos reproducían la sensación sorpresiva de vacío, el momento de la pérdida de su bebé y la desesperación que no mengua. Hizo la denuncia entre el maremagnum de propios y ajenos.

La preferencia con que los turistas eran atendidos –igualados a priori por el desastre a los habitantes locales pero diferenciados a posteriori por la presión de sus embajadas- le demostraron la inutilidad de seguir caminos formales en la isla de Sri Lanka deformada por la naturaleza, con muchos padres en su situación. Por ello, salió a buscar policlínicos e improvisadas carpas de asistencia.

Ojalá hubierta tenido la suerte de ser avisada por un alerta temprano meteorológico para huir del oleaje secuestrador, se decía la mujer. Leía las listas primarias de muertos y heridos en los diarios y maldecía porque en Alaska, un centro sismológico detectó el inminente tsunami, pero del otro lado del Pacífico no se encontró con una red de boyas -la cual hubiera costado sólo treinta millones de dólares- que en el Océano Indico pudiera captar a tiempo su advertencia.

Ojalá le hubieran enseñado la semiología de estos maremotos como a Tilly, una niña británica de diez años que estaba de vacaciones, lo cual fue vital para que salvara a sus padres, a su hermana de siete años y a cien tailandeses, en la playa de Maikhao en Phuket, cuando el agua “se volvió extraña” y el mar se alejó de la orilla.

Tres meses antes, en el sur de Inglaterra, el profesor Kearnay no tuvo mejor idea que dedicar una clase a Tilly y sus compañeros, en la escuela de Surrey, para explicarles cómo reaccionar ante los terremotos y los tsunamis que éstos provocan.

Ojalá hubiera tenido la fuerza de Stephen Boulton, quien usó toallas para atar a su mujer y a sus dos hijos a una palmera, protegiéndolos por cinco horas, luego que la correntada brutal atropelló el malecón desde el cual se deleitaban con el paisaje de arrecifes de coral que rodean Islas Maldivas.

El primer peligro fue el agua que subió tres metros, cuando la máxima cima del archipiélago es esa, y luego el océano se convirtió en aspiradora de cuanto encontraba en su retorno. Cualquier sombrilla, bungalow o ser viviente a su alcance era chupado.

Ojalá tuviera la habilidad de dos jovencitos surfistas extranjeros que encontraron, en medio de la locura, justificación racional a su superficial deporte. No era momento para inquirirse a lo Hamlet si “surf o no surf”, pero esa no era la cuestión para Joe y Gary, que se tiraron atados a barrenar sobre sus tablas desde el techo de la anegada residencia, que segundos despues fue tragada.

Las divagaciones de Junitha se confundían en su mente con los rostros de niños abandonados por las aguas que recorría en travelling veloz por los refugios, en donde no se sabía si ya eran huérfanos y se los exhibía casi en oferta. El llatno de las madres, su llanto, chocaba o se fundía con el de los frágiles pacientes.

Pero, a pesar del triste espectáculo, ella debía seguir, pues se decía que de nada servía esperar a que surtieran efecto los formularios apilados ante los servicios de emergencia. Como en el viejo film Orfeo Negro, en esas oficinas es donde verdaderamente desaparecen los desaparecidos.

Mas de pronto, el berrido de un bebé en manos de su supuesta madre, le pareció el llanto de su niño de cuatro meses. La siguió corriendo para descubrir -entre heridas- las facciones de quien creía su hijo, anhelando que no fuera sólo un espejismo generado por su deseo frustrado.

Nueve madres exigían a ese mismo infante ante las castigadas enfermeras del hospital de la costera Abalisha, quienes lo habían nombrado -mejor dicho, etiquetado- como “Bebé 81” en la emergencia del 26 de diciembre. O sea que, antes queél, hubo ochenta más bebes rescatados de padres desesperados o ya muertos.

En el nosocomio no sólo que no daban abasto con tanto paciente, sino que la discusión entre las reclamantes superó todos los ribetes, al punto que el menor debió ser protegido por fusileros navales ante intentos de secuestro por las desesperadas mujeres.

Es que Sri Lanka, la vieja isla de Ceylán, tiene el orgullo histórico –o defiende el mito literario- de haber albergado -durante los primeros mil años de nuestra era- dos muelas y un mechón de pelo de Adán, pero también guarda el rencor porque le fueron robadas. Y no está dispuesta a más secuestros.

El veneciano Marco Polo cuenta en su ‘Milione’, dictado en Génova cuando estaba preso en 1298 en un palacio a orillas del mar, que pudo ver esos restos del bíblico primer hombre, regalados al emperador de Cathay (China), bajo poder mongol, y eran guardados como tesoro en Cambaluc (capital conocida luego como Pekín y ahora Beijing). Pero no disponía de examen de ADN para comprobar si eran auténticos.

El magistrado judicial, de apellido Mohideen, no tiene hoy la astucia de Salomón pero sí contó con el análisis de ADN, que le faltaba a los mongoles de Kublai Kahn, esa cédula genética que llevamos incorporada, recurso al que terminó sometiendo en enero de este año al pequeñuelo y a las pretendidas madres que aceptaron ser examinadas.

Finalmente, Junitha pudo recuperar la potestad sobre su hijo por aplicación del Derecho, pero fue gracias a la tecnología que el juez se ahorró el trabajo de usar la reflexión para tomar decisiones sabias, cuando carecía de suficiente información o tiempo de evaluar, a pesar que la aceleración histórica sea agravada por esa misma revolución técnica que nos echa en brazos del acto reflejo o como quieran llamarle.

Ese reflejo condicionado -investigado por Pavlov con perros, palos y campanas- no es más que la reacción instintiva del animal educado aunque, mientras salía del juzgado, Junitha no podía excusar a las otras mujeres –locales o extranjeras- porque eso lo hiciera otro ser humano, ya fuera como acto poco meditado o ya fuera por desesperación.

Los inventos son más que sólo instrumentos ingenuos y carecen de inocencia en la forma como alteran nuestro relacionamiento con el mundo y el prójimo. Se parecen más a neo caballos de Troya; traen más de lo que aparentan; pero no son los culpables de las bajezas de los seres humanos, reacciones instintivas, comprensibles en las situaciones límite, entre un cuarto de millón de bolsas portacadáveres, pero no por ello justificables.

Las filas de cuerpos embolsados o pudriéndose que cruzaba se impusieron a las cavilaciones que la dominaban y cambió su curso hacia un hospital de campaña donde su niño recuperado y ella misma pudieran ser inoculados contra la fiebre amarilla.

A medio mundo de distancia, un periodista no podrá olvidar el líquido espeso de la vacuna –que se traslada en forma rotativa por un sanatorio público diferente cada día de la semana- mientras era cargado en la jeringa que le dejó el brazo duro por dos días.

Todo fuera por cumplir las exigencias para viajar a Camboya y Tailandia para un informe televisivo sobre el turismo sexual durante las fiestas de fin de año. Un desacuerdo entre productora y canal de televisión postergó el proyecto, a tres días de despegar.

“¿Será posible que ya no haya respeto por los demás?” clamó el afectado, pensando en la oportunidad de un informe sensacionalista (que lo llevara al estrellato) que se estaba perdiendo, además del chapuzón en paradisíacas playas. Más calmado, se deprimió al calcular que “ya no llegaremos para Navidad y nos perderemos lo mejor de la fiesta”.

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