Crónicas de Torsos Huérfanos

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6/10/2005

Asumio en Bolivia presidente provisional

Tan pecado es abusar como no saber ejercer el poder

ANGUSTIA, DEPRESION Y OCASO -EN BOLIVIA-
DE UN SERIO PRESIDENTE DE VERDAD ¿O NO?

por Carlos Montero, montero@sintesis.org
(emitido el viernes 10 de junio de 2005)

Fue la primer canción que escuché de Sui Generis. Se titulaba “Angustia, depresión y ocaso de un tonto rey imaginario, o no”. Era 1978 –el año en que debuté en periodismo radial en plena dictadura- y ni sabía que el kilométrico título pertenecía al dúo que Charly García y Nito Mestre habían ya desarmado tres años antes con un último recital en el Luna Park.
A Nito Mestre pude entrevistarlo en el programa en que cumplía el aniversario de una década en periodismo, ya en democracia en Argentina (1983), Brasil y Uruguay (1985), mientras Paraguay y Chile (1989) realizaban sus primeras elecciones para salir de la ola de dictaduras que había cubierto América Latina durante la Guerra Fría.
Desde principios de esa década de los ochenta, Perú y el Alto Perú (Bolivia) habían iniciado su proceso de reinstitucionalización tras reiterados bloqueos militares a la asunción de los líderes partidarios populares tradicionales a quienes no dejaban asumir la Presidencia (como Víctor Raúl Haya de la Torre del APRA peruano) o los derrocaban reiteradamente (como el boliviano Hernán Siles Suazo, dos veces depuesto, a quien yo veía vivir la nostalgia de su retiro político caminando por la rambla de Montevideo).
Dos gobiernos militares desde Lima –denominados peruanistas como sinónimo de supuesto progresismo populista- terminaron con su corrupción dando paso en 1980 a gobiernos de partidos tradicionales de centro derecha, simultáneamente a que gobiernos efímeros bolivianos eran destituidos una y otra vez por rebeliones castrenses en el Altiplano, hasta dejar a esta nación el mote de “país del disco: 33 revoluciones por minuto” (metáfora ya obsoleta como los discos de vinilo que son derrocados hoy por los CDs).
Coincidente pero no casualmente, la caía del Muro de Berlín sucede en el mismo 1989 en que cae Baby Doc Duvalier en Haití, Alfredo Stroessner en Paraguay, es derrotado Augusto Pinochet en Chile, Uruguay hace las primeras elecciones sin candidatos proscriptos y Brasil adquiere luego de 30 años el derecho a elegir directamente a su presidente.
En ese 1989 en que Francis Fukuyama sale a dar la vuelta olímpica en nombre de Estados Unidos para declarar “El Fin de la Historia y el último hombre”, en best seller promovido por el Departamento de Estado, los hechos políticos en Europa y América Latina parecían respaldar su tesis de que el sistema democrático burgués occidental había derrotado (a 200 años exactos de la Modernidad inaugurada con la Revolucion Francesa en 1789) al sistema de dictadura del proletariado marxista (que se caía a pedazos desde una Moscú en plena Perestroika).
El modelo de elecciones multipartidarias para elegir un gobierno representativo se complementaba con el triunfo del modelo económico neoliberal (instrumentado de inmediato con las recetas del Consenso de Washington y la primera generación de reformas estatales y privatizaciones) por sobre el plan quinquenal comunista.
El coautor del Manifiesto Comunista decía en 1847 que el motor de la Historia era la lucha de clases. Aplicado su recetario para llegar a una sociedad sin clases, entonces la Historia se acababa y seríamos felices (e inmóviles) por siempre. Fukuyama cayó, sin quererlo, en el mismo libreto o modelo discursivo de Marx: cuando llegó al tipo de sociedad de la que era partidario, entonces consideró terminada la Historia y bajo la cortina de los cambios para que todo siga igual en el Tercer Milenio.
Pero ese mismo 1989 sucedía un pequeño hecho en el mundo, que no se percibió en su dimensión, pero que anunciaba un problema que se agravaría y demostraba una grieta en la pared sólida de la nueva construcción pseudo teórica: agobiado por la presión hiperinflacionaria de poderosos sectores económicos más fuertes que el Estado, el presidente argentino Raúl Alfonsín debía renunciar por anticipado para dejar lugar a su ya electo sucesor.
El poder corporativo, de los empresarios, militares o sindicatos, llámenles grupos de interés o de presión, emergía visible como actor en el debate y negociación de las decisiones que competen al gobierno que tiene a su cargo temporalmente la gestión de la cosa pública, desde la conducción de un Estado, que por definición es permanente, y debería trascender a los hombres concretos para organizar a la sociedad políticamente y manipular la realidad para que se parezca a sus objetivos..
De Alfonsín en adelante han caído o renunciado eufemísticamente 16 presidentes sudamericanos que yo recuerde (incluyo a Panamá como antigua parte de Colombia independizada por intereses económicos ajenos y no incluyo a Haití que aún no aclaró la caída de Jean Bertrand Aristide). Desde 1989, sumamos 16 años, por lo que promediamos un presidente caído por año.
Este quiebre en el proceso, que nos traía en un círculo virtuoso de las dictaduras de militares al recambio eleccionario por políticos profesionales, invirtió su sentido centrípeto integrador (que nos unía para superar al enemigo autoritario) por otro centrífugo dispersante (que nos fracciona mientras cada cual tira agua del presupuesto público para su molino). Entonces, los períodos gubernamentales previstos en la Constitución se fragmentan bajo la presión de sectores corporativos disgustados con el gobernante. Ya no hay tiempo para esperar a que las políticas maduren sus resultados, ni paciencia para cumplir los tiempos para los que el gobernante fue contratado por el voto popular.
Así la Historia se acelera y se sigue escribiendo (cada vez más provisionalmente), porque sigue viva aunque caótica y aunque cambien los asientos tecnológicos. Quizás ya no sólo se use el sistema textual sobre bases materiales (tradicional definición que hace coincicidir el inicio de la Historia con el del registro escrito del periplo humano en tablillas, papiros o pergaminos) sino también el sistema multimediático sobre bases virtuales, lo que lleva a algunos teóricos a referirse a la Post-Historia, convergente con una pretendida Post Modernidad, incrédula del progresismo o el positivismo de los dos siglos previos. El Progreso ya no está asegurado.
Parece raro que no tuviera claro ésto un periodista e historiador como Carlos Mesa, al aceptar ser compañero de fórmula del reelecto presidente de Bolivia, Gonzalo Sánchez de Losada, renunciante (en sólo 14 meses de gobierno) en 2004 tras las protestas de sectores campesinos, obreros, cocaleros y de los departamentos más pobres, por los beneficios que otorgó a las multinacionales para la extracción de gas e hidrocarburos.
Como periodista, en 1995 me introduje con un salvoconducto en Bermejo y pasé a la clandestinidad en Tarija, durante el estado de sitio en Bolivia, para poder entrevistar a los líderes del levantamiento y protestas contra el gobierno central, que no permite a sus nueve departamentos siquiera la elección de sus gobernadores ni revierte en beneficios a sus habitantes por la extracción de u riqueza energética subterránea. La Paz teme a las autonomías, pues su más suculento proveedor de beneficios es la noresteña Santa Cruz de la Sierra, que podría separarse del país si quisiera y sobrevivir con las ganancias de su exportación de gas a Sao Paulo (Brasil). Tarija podría hacer lo mismo con la venta de gas hacia Argentina.
Hace tres meses que Mesa quiere que acepten su renuncia. No tiene intención de abusar de su poder pero tampoco tiene voluntad de pagar los costos de ejercerlo dentro de sus potestades. Ha dicho claro que no ordenaría reprimir las manifestaciones de campesinos ni hacer correr sangre de la oposición. ¿Dónde habrán quedado sus tomos de Max Weber cuando en “El Científico y el Político” explicaba que él como ciudadano o historiador podía guiarse por la ética de sus principios pero que, si asumía como político y gobernante, sólo sería juzgado por la ética de la responsabilidad y de las consecuencias?
Weber lo dijo claro: el que se mete en Política “pacta con el diablo”. No era que demonizara a la profesión del servicio público, sino que la lucha por cargos en el Estado es la de estar en posición de tomar decisiones que se impondrán y cambiarán la vida de los demás conciudadanos. Pero esas medidas, si son legítimamente adoptadas por las autoridades y por los caminos constitucionalmente previstos, deberán aplicarse aún contra la voluntad de los particulares. De lo contrario, en vez de leyes o decretos, las normas se convertirán en exhortaciones que cada cual acatará si se le da la real gana.
Por ello el Derecho (el conjunto de las normas vigentes que rigen en una sociedad determinada) no será tal si no está respaldado en la coercibilidad (la posibilidad de aplixcar la coersión –la fuerza- al que se sale o no obedece la norma). Es entonces que la fuerza, monopolizada por los órganos respectivos del Estado, es la garantía de que la ley no quede en el papel.
En consecuencia, no hay Poder –aún el legítimo- sin fuerza que lo respalde o sin voluntad de aplicar la fuerza.
¿Y qué es la fuerza? Permítanme recurrir a Erich Fromm, que no era jurista pero sí muy lúcido, y que al referirse a la necrofilia en “El Corazón del hombre” explicaba que la fuerza es la capacidad de transformar lo vivo en muerto. No habla solamente de la amenaza de matar, sino también de la necesidad de uniformizar para quien está en el gobierno. La vida en sociedad es rica, multidimensional, caótica. “Normatizar” a las comunidades (establecerle normas de convivencia) y “normalizar” a los seres humanos (mantenerlos bajo patrones promedio de conducta) es el corazón de “la razón de Estado” que Richelieu consagrara desde las épocas absolutistas de Luis XIV, el denominado rey sol.
Por eso Mesa hoy viernes deja su cargo, tras rogarle a los presidentes del Senado y Diputados que no asumieran su derecho a sustituirle constitucionalmente, pasando al presidente de la Corte Suprema de Justicia la tarea de convocar a elecciones, pero no dentro de sus atribuciones de hacerlo en menos de medio año, sino en menos de dos meses. Un barniz legal para obedecer las presiones del ascendente líder cocalero Evo Morales, cohonestado por una reiteradamente inútil Organización de Estados Americanos, que sólo pude ver actuar de cerca con eficacia cuando salvó al presidente paraguayo en abril de 1996 de la rebelión del entonces Jefe del Ejército, Lino Oviedo, pero que no ha evitado o ha bendecido salidas dictatoriales como la de Alberto Fujimori en 1992.
Estaba haciendo la lista de presidentes caídos, removidos o renunciados y, desde 1989, cuando Noriega es depuesto por la invasión de EEUU a Panamá, Argentina tuvo a Raúl Alfonsín, Fernando de la Rúa (2 años), Rodríguez Saa (una semana) y Eduardo Duhalde (que se autofijó una fecha de salida antojadiza del gobierno), sin contar los dos presidentes del Congreso que ejercieron unas horas entre cada mandatario en diciembre de 2001.
Paraguay tuvo sólo un presidente renunciado, Raúl Cubas en marzo de 1999, pero luego de que acababa de ser asesinado el vicepresidente, y que hubiera cuatro rebeliones o intentos de golpe en 1994, 1996, 1999 y 2000. Su sucesor, González Macchi, fue juzgado en 2003 negativamente por el Parlamento pero sin el quórum especial para echarlo, como no lo alcanzó para juzgar políticamente a sus dos antecesores, Andrés Rodríguez y Juan Carlos Wasmosy.
En Brasil, renunció Fernando Collor de Mello en diciembre de 1992 para evitar que el Congreso votara un impeachment, luego que lo viéramos rozagante haciendo esquí en la reunión del Mercosur en Las Leñas, sólo seis meses antes. Le sucedió el vicepresidente Itamar Franco.
Carlos Andres Pérez sufría en febrero de 1992 un intento de golpe de Estado al palacio de Miraflores por parte del hoy presidente Hugo Chávez Frías, quien no triunfó pero logró sacarlo del gobierno. Tras ser amnistiado y elegido, Chávez asumió en 1999 y sufrió su misma pócima cuando una banda de empresarios, militares y organismos financieros internacionales, legitimaron ya en este milenio un efímero gobierno de 40 horas.
Horas después yo estaba en el Palacio Pizarro de Lima junto al primer mandatario peruano y le pregunto en dicha entrevista frente a las cámaras de mi canal sobre la intentona contra CAP (Pérez), a lo cual me contesta Fujimori: “los golpes van a quedar como una anécdota en la historia de los pueblos de América Latina”.
Vaya anécdota. Dos meses después, el 5 de abril dio un autogolpe de Estado el propio Alberto Fujimori, donde la OEA en triste desempeño sólo pudo aceptarlo, hasta una reelección donde tenía todos los hilos en la mano y otra segunda reelección amañada que obligó a su renuncia, sustitución por el vice Paniagua y la elección del hoy tambaleante Alejandro Toledo.
En Ecuador, la ecua-ción de movimientos indígenas, campesinos y militares terminó en menos de una década con los gobiernos de Abdalá Bucaram (que cantaba con los Iracundos y contrató a Domingo Cavallo de asesor), del joven Jamil Mahuad y el 25 de abril ultimo del ex militar Lucio Gutiérrez, que se asiló en Brasil y ahora dice volver a Ecuador.
Y no nos olvidemos de la confesión del saliente presidente uruguayo Jorge Batlle quien dijo, desmintió y luego volvió a confirmar, que cuando el FMI le recomendó por teléfono en 2002 que estableciera un corralito financiero como en Argentina, él contestó que en ese caso debería hacer sus valijas e irse. Mientras, sectores corporativos proponían al partido de gobierno saltear al vicepresidente y tener elecciones anticipadas no previstas en la Constitución. Hasta aquí la enumeración contextualizada del triste fin de la presidencia de un intelectual boliviano que alfombró con sus buenas intenciones el infierno social que no supo cambiar.
Esta semana, en ocasión de nuestro último informe sobre el premio Príncipe de Asturias a Giovanni Sartori, les contaba risueñamente cómo, en forma coincidente, pareciera que le he dado suerte a escritores de fuste que fueron premiados internacionalmente luego de haberlos entrevistado. En sentido inverso, sería mejor que los presidentes buscaran excusas y huyeran si hallan en sus agendas oficiales que tienen agendada una entrevista conmigo.
En las corridas por el continente y las cumbres presidenciales he podido entrevistar dos veces a Gonzalo Sánchez de Losada (“Goñi”) depuesto en Bolivia, dos veces a Alberto Fujimori (“el Chino”) renunciante en Perú, dos veces a Raúl Cubas (de efímeros siete meses) en Paraguay, una vez al ecuatoriano Jamil Mahuad (mientras cantaba en el pub de un hotel) y una vez a Fernando de la Rúa (“chupete”) de Argentina, echado en helicóptero de la casa Rosada por la misma clase media que lo llevó al gobierno.
Una década después de su polémica tesis, Francis Fukuyama admitió en Los Angeles Times que "mis críticos han exigido con regularidad que reconsidere mi opinión de que la historia ha terminado, con la esperanza de que me retracte .Para ellos expondré mi balance final: :nada de lo que ha sucedido en la política o en la economía mundiales en los últimos diez años contradice, en mi opinión, la conclusión de que la democracia liberal y la economía de mercado son las únicas alternativas viables para la sociedad actual ".
En algunos casos fue el abuso de poder, en otros casos fue la ineptitud para ejercer el gobierno o la falta de vocación para pagar los costos de tomar decisiones difíciles, los que terminaron con los gobiernos de presidentes sudamericanos electos democráticamente. Es verdad que tenemos democracias sin que haya planteadas alternativas de modelo, pero también es verdad que tenemos países sin que el modelo imperante los haga viables socioeconómicamente y estables políticamente
Por eso se repite, en líderes diferentes de países diferentes, serios o demagogos, independientes o de partidos con tradición, la misma “angustia, depresión y ocaso”, no de tontos reyes imaginarios, sino de inteligentes personas que llegaron a presidentes pero fracasan en el intento. Pero doy mi palabra de honor que no fui yo, que no les di mala suerte por entrevistarlos, que el destino que tuvieron se lo ganaron ellos solitos por acción u omisión de todos los que los votaron, por ansias de poder e incapacidad de servicio.

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