Crónicas de Torsos Huérfanos

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4/20/2005

EL NUEVO PAPA y LA VIEJA CENSURA

EL NUEVO PAPA y LA VIEJA CENSURA
por Carlos Montero, desde Montevideo
(actualizado el 1 de junio de 2005)

Al que no quiera ‘Código Da Vinci’ dos platos. Su autor, Dan Brown, anunció en estas Pascuas la aparición en 2006 de la segunda parte de dicha multivendida novela, luego que fuera condenada su lectura por el cardenal de Génova, Tarcisio Bertone, posible sucesor de Juan Pablo II que luego fue relegado por el cardenal Ratzinger, hoy papa Benedicto XVI..

El viernes santo del año pasado les escribíamos nuestro especial pascual (”La Pasión de Fallaci”), combinando el estreno del film “La Pasión de Cristo” de Mel Gibson con el lanzamiento en italiano del segundo libro de Oriana Fallaci (“El Poder de la Razón”) contra la inmigración musulmana a Occidente.

Allí ella condenaba las políticas de admisión de refugiados de la Unión Europea (a la que llamaba “Eurabia”) y de la Iglesia Católica (acusándola de promover una nueva Inquisición contra los intelectuales políticamente incorrectos, que intrerpretan esta corriente migratoria como “invasión”).

Coincidente pero no casual resulta que Bertone fuera un prominente funcionario y Ratzinger el titular de la congregación vaticana para la Doctrina de la Fe, eufemismo que esconde su antigua denominación: la Inquisición, a la que fray Tomás de Torquemada ayudara a dejar comprobada mala fama.

El viernes santo de 2005 no fue más distendido para el Vaticano y sus mil millones de acólitos en el mundo. No sólo por la preocupación sobre la salud de Juan Pablo II –que falleció una semana más tarde- sino porque las Pascuas han servido para que la editorial Doubleday anunciara la extensión de su best seller.

“Doubleday respeta ciertamente al cardenal Bertone, al Vaticano y su deseo de aclarar cualquier error de hecho que piensen (se) cometió en el Código Da Vinci” señala el comunicado de los editores, que en dos años vendieron 25 millones de ejemplares en 44 idiomas.

La primicia refiere a la segunda parte de dicha novela (léase bien, una novela -y no un libro de investigación- pese a que tenga referencia a protagonistas históricos), aunque el dicho asegure que “segundas partes nunca fueron buenas”. Seguramente la máxima sea comprobable para el lector de libros o espectador de cine o televisión, pero para la industria cultural (editorial o fílmica) generalmente ha dejado suculentos dividendos.

'El Código Da Vinci', extenso libro de ficción basado en otras dos obras publicadas dos décadas antes (ahora refritadas o recicladas con mejor cadencia narrativa y márketing), también fue condenado por el arzobispo de Barcelona, Lluís Martínez, por desorientar a los lectores y, en Moscú por el padre Vsévolod Chaplin, vicecanciller del Patriarcado de la Iglesia Ortodoxa Rusa, por tergiversar la historia cristiana.

Pero la anticampaña partió del alto prelado genovés, quien declaró a Radio Vaticano que la novela le recuerda “desmesurados panfletos anticlericales del siglo XIX”, por lo que condena airadamente su compra, sin que el mismo desmentido le haya motivado otra reciente obra histórica (no novela). Debería apelar a otro Chaplin: Charles, el de “El Gran Dictador” que parodiaba a Hitler, en cuyas juventudes revistó el nuevo papa..

Lo de Ratzinger no es una coincidencia, pues la monumental investigación a la que me referiré demuestra cómo el Vaticano enviaba con papeles falsos, para refugiarse en Sudamérica, a ex jerarcas nazis tras la II Guerra Mundial, con la implicación del cardenal Giovanni Battista Montini -que luego llegaría a ser el papa Paulo VI- y la bendición de su jefe Pío XII.

Pero la aludida no se trata de la famosa novela “Odessa” (1972), con la que Frederick Forsyth –utilizando información proveniente de entrevistas reales con ex agentes SS- ficticiamente bautizó (disculpen la metáfora) la logia que reubicó a nazis en Argentina, Chile, Paraguay, Brasil y Uruguay.

Me refiero, sin embargo, a “La real Odessa” (2002) presentada en Londres por el corresponsal Uki Goñi (del Time y The Guardian) quien accedió a informes de inteligencia del Departamento de Estado desclasificados por el gobierrno de EEUU e hizo 200 entrevistas para un reporte de 400 hojas.

No puedo olvidar cuando estaba sentado en el muelle del Porto Antico de Génova en 2003, frente a la futurista bola blanca gigantesca erigida para la reunión del G-8, con el amarillento Banco de San Giorgio a mis espaldas –que solventó la conquista de América- y el acuario a mi derecha.

Pensaba entonces allí que a metros míos habían embarcado algunos de los más reprobables sujetos del siglo XX: el ‘angel de la muerte’ Joseph Mengele zarpó de allí en el barco North King el 25 de mayo de 1949; Erich Priebke en octubre de 1948 en el San Giorgio y también Adolf Eichmann. Todos con papeles tramitados con intervención pontificia, según Goñi.

Reflexionaba sobre lo incomparable de la gravedad entre lo que se desmiente (una novela histórica que como toda media verdad, es por definición una mentira entera) y lo que se elude enfrentar (una investigación periodística basada en pruebas oficiales irrefutables).

‘El Código Da Vinci’ -un texto de ficción que no oculta su pretensión de tal- ofende más que un texto factual, que como tal expone hechos repletos de comprobantes. Más vale desmentir lo que jamás reclamó ser verdad y restarle trascendencia -para que muera sin difusión- a lo que sí lo es.

Hace 12 años, en un artículo en el que me planteaba la contradicción entre la censura en EEUU a vídeos musicales de Madonna y la falta de reacción ante revelaciones sobre experimentos que exponían soldados de su país a armas radiactivas, terminaba concluyendo en la doble moral para medir las “obscenidades” desde el poder y desde el llano.

Y no sólo importa comparar qué es más “obsceno”, sino el proceso de censura en el que nos introduce, recordando al argentino Pacho O’Donnell –secretario de Cultura al retorno de la democracia a su país-, quien decía que se comienza por “censurar tetas y se termina por censurar ideas”.

Es así que las pasadas Pascuas nos volvieron al Via Crucis de las verdades que se ocultan o no se enfrentan, mientras nos dejan irredentos ante el temor que se venga la resurrección de la vieja Censura, en una semana donde la Pasión –de quienes pugnaban por llegar a las máximas jerarquías- estaba puesta en preocuparse en lo lateral y no en lo nodal.

Efectivamente sería Santa esa Semana, si diéramos pasos para alcanzar una sociedad global en la que se diga y se sepa claro qué es mentira y qué es cierto.

Una novela dice en alta voz desde su tapa que es ficción. Por el contrario, no toda la información de los medios y declaraciones de los protagonistas nos garantizan, aunque lo griten, que sean verdad. Allí está nuestra cruz.

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