Crónicas de Torsos Huérfanos

Crónicas de Torsos Huérfanos
Haga CLIC en la arena y verá online "Amor a toda Costa: CRONICAS DE TORSOS HUERFANOS" (lea lo escrito en la arena, antes que el agua lo borre de la orilla, como a su autor)

10/01/2002

Los mensajes del francotirador de Washington DC

por Carlos Montero

Un radical islámico y un inmigrante ilegal, ambos negros, han sido acusados de ser los
brazos titereteros del denominado francotirador de Washington DC, que ha
segado injustificablemente diez vidas y herido a otras tres personas en
los últimos días.
Los sospechosos llenan plenamente los requisitos del estereotipo fílmico
del delincuente en Estados Unidos y servirán una vez más para reafirmar
esa imagen, sin que se destaque otra arista del perfil del supuesto
principal responsable.
John Allen Muhammad de 42 años fue seguridad de actos de Louis
Farrakhan, del movimiento negro musulmán estadounidense Nation of Islam,
que fuera liderado décadas antes por Malcolm X. Este jueves fue detenido
junto a su hijastro, John Lee Malvo de 17 años, un jamaiquino ilegal, en
cuya camioneta se le incautó un fusil semi-automático de tipo
Bushmaster, cuya posesión está prohibida para los civiles.
Pero la historia es más compleja. En realidad Muhammad es un veterano
sargento condecorado en la Guerra del Golfo, pero no peleó en favor de
Irak sino de Estados Unidos, al cual sirvió durante diez años hasta
1994, bajo el nombre de John Allen Williams, apellido que cambió al
convertirse luego al islamismo.
En su carrera militar, este karateka calificó como experto en
lanzamiento de granadas y tirador de élite en fusil M-16, lo que sólo es
posible al derribar 90% de cuarenta blancos en movimiento a una o dos
cuadras de distancia, destreza que habría aplicado para asesinar ahora a
víctimas inocentes.
Grupos de defensa de los derechos civiles dicen que "la comunidad
musulmano-estadounidense no debe ser responsabilizada por acciones
criminales de quienes parecen ser individuos con perturbaciones
mentales".
Y el jefe del Estado Mayor Conjunto de EEUU, Richard Myers, cree que "es
absurdo pensar que ello sea una mancha para los militares" porque hay
"entre activos y reservistas unos 2,2 millones en servicio" y "hay
decenas de millones que han servido" en las FFAA. Sin embargo, el
Pentágono se niega a difundir los antecedentes castrenses de Muhammad

Para reflexionar sobre los mensajes que nos dejan estos lamentables
sucesos, sus posibles causas y consecuencias, les invitamos a compartir
un trabajo especial de LA SINTESIS sobre los casos de ex militares,
policías y otros represores contratados legalmente por el Estado, que
metabolizan la violencia profesional hacia sus ámbitos familiares y
sociales, enseñándonos que la sociedad tiene responsabilidad en lo que
les pasa a ellos fuera de su horario o años de trabajo.

Nuestro propio Vietnam o como pagamos localmente el combate global del enemigo o el crimen
por Carlos Montero

Miró a la ciudad desde la ventana y el teleobjetivo no relevó
la selva (de cemento) que tenía delante. La otra jungla era sí cuasi
palpable. El antiguo y odiado lugar se recomponía en su mente: la
tensión medida en grados de fiebre, los peligrosos mosquitos cuyo planeo
disparador de ronchas era interrumpido apenas por el más peligroso vuelo
de las balas perdidas (y las encontradas), un enemigo lejano (ponjas
irrelevantes para las páginas internacionales) que súbitamente se
corporizaba tras un bambú para desaparecer en el pantano, y esa maldita
pregunta inconfesable/ incontestable(¿para qué?).
Estados Unidos ha financiado en muchas cuotas - realmente caras
- en carne y suelo propios, el pago de las aventuras originalmente
lejanas a su territorio. Miles de habitantes de esa nación visitan un muro de granito negro en Washington DC, apenas una
gota más del mar de millones que llegaron hasta el lugar, para leer 58.132
nombres grabados allí, a dos décadas de
este monumento en memoria de Vietnam. No puden
olvidar aquel lugar caído del mapa: fue su primer gran derrota.
Pero más allá de la lista (incompleta) de muertos y fallecidos
propios (y ajenos, que nunca se conocerá), su sangre hecha boomerang ha
salpicado las calles de anónimos rambos, francotiradores, nacidos el
cuatro de julio e (influencias mediante) contados y rozagantes clintons.
Cada pocos meses, durante años en dicho país, un nuevo ser humano
atormentado colabora con la naturaleza y borra del seguro social una
decena de congéneres con una ametralladora, como paso previo a la
ingestión de un par de cápsulas del mismo tenor que le permita
acompañarlos so pena que le sea inyectadas de manera sorpresiva por un
grupo de entrenados comandos, gorrita para atrás y SWAT impreso en el
bolsillo. La guerra estampa, sedienta de tinta, el sello de CASH. Napalm
de largo aliento.
Habrá lágrimas e innúmeras imprecaciones contra el "demente",
colegas transmitiendo en directo el thriller fuera de programa - con
actores y extra gratuitos para colmo de los beneficios - y que
seguramente reportará a la noche buenos réditos (para los canales),
procedentes de las agencias internacionales que difundirán secuencias
enteras del redramatizado drama, gastarán una buena ponchada de segundos
de satélites, se ahorrarán el trabajo de buscar noticias que importen y
el espectáculo ganará en atractivo. A la noche, mientras la familia
cene, no necesitará salsa ketchup para la insulsa fast food pues
sobrará el líquido bermellón (sobre las sábanas de urgencia) que
reproducirán las pantallas, mientras que psicólogos de pose reflexiva
especularán sobre el desvarío y ganarán crédito interpretando
hipotéticos traumas infantiles. Alguno recordará que fue marine, que
estuvo en Vietnam o Panamá, que cuidaba condenados a muerte, o alguna
otra misión que " le encomendara la sociedad".
Nadie podrá reproducir, en cambio, los ojos que le miraron y
desencadenaron la tormenta en su mente, los llantos que le hicieron
girar para encontrarse de frente con el vacío, los sigilos aniquiladores
de su paciencia tras los cuales decidió defenderse. ¿ De quién? ¿De
nadie? De aquellos que arteramente le atacaron con ese encargo y luego
asépticamente pasaron a juzgarlo a la distancia, como si estuviera en un
laboratorio, desde el privilegiado status (autoconferido) de jueces,
olvidando su complicidad. Vietnam para los estadounidenses fue como aquel
referéndum que reformó la Constitución en un país sudamericano. Una mayoría abrumadora lo apoyó en los cuartos secretos, pero
cuando vieron las consecuencias negativas que implicaba nadie aceptaba públicamente
haberlo hecho.
Esa generación de hijos no reconocidos de la sociedad
estadounidense de Norteamérica, una vez repatriada, fue objeto de la
crítica, el escarnio, del rechazo de quienes les enviaron. Culpa de
haber perdido. Acusados de masacrar (no seres humanos sino) el orgullo
de la (hasta entonces) invencible potencia.
Una contratapa de mediados de octubre de 1992 nos conmovía con
el relato aterrador de un coronel abjasio que sirvió en Afganistán.
Reconocía ser un asesino: "me corto las venas de rabia cuando no puedo
matar, veo correr mi propia sangre y me tranquilizo. ¿Ves? Yo fui
coronel en la guerra de Afganistán. Los rusos me han convertido en lo
que soy ahora ". Victimarios (sí, voluntarios o no) pero víctimas
(también, fueran o no sádicas).
Múltiples situaciones similares encontraremos en los anales
mundiales con los gurkas (cipayos) nepaleses al servicio de su majestad
británica, con los
comandos franceses en Argelia incubando su feto violento como aporte
básico
a la futura (re)diestra y (re)siniestra guerrilla francesa, con los
soldados (entonces) soviéticos invasores de tierra afgana que quedaron
anegados en un
pantano dienbienphuniano de piedra, con las experiencias cubanas en
Angola,
con las aventuras argentinas por Malvinas, como con las prácticas que in
crescendo (desde los cincuenta) nuestras fuerzas de seguridad
(policiales o militares) latinoamericanas han adoptado para "cumplir con
su deber" en casos extremos, gozando del silencio (también cómplice,
cuando no provocador) de la sociedad, de la "gente linda", de la gente
"bian" y de la bien, como usted y como uno, que se ve beneficiada cuando
se procede a "un eficaz combate del delito" cerrando (cancheramente) los
ojos a las irregularidades del proceso. Ni qué mencionar los períodos de
dictadura uruguaya (Latorre con su taller de adoquines, Santos con su
foso de leones y mazmorras del Cabildo, Terra y la gangrena que consumió
a Grauert, como el "tratamiento completo" para los detenidos políticos -
o no - en el pasado reciente) que logran la infeliz conversión de los
casos "extremos" en cuestión de todos los días.
Cuando hay quienes critican frecuentes salidas de cauce de
agentes en algunos operativos actuales y agregan que es consecuencia de
un mal acostumbramiento generado durante el último gobierno de facto (la
razón que les asiste se debilita porque), olvidan que en los años
cuarenta y cincuenta conocidos boxeadores (en actividad o ya retirados)
servían de hábil apoyo para tomar declaraciones. Eso lo saben todos los
que peinan canas (obviamente no los coiffeurs). Eran torturas, lisa y
hondamente. La modernización - como proceso técnico que acompaña los
cambios de la modernidad - influyó en la sofisticación de los métodos
que sucedieron al puñetazo limpio/sucio.
No es el objetivo de estas líneas pontificar sobre política
internacional
ni sobre la historia de la represión. Apunta a una arista mucho más
íntima,
nada humana pero humana, poco enternecedora y nada empática pues el
centro es un ser con el que nadie se compromete abiertamente en público
pero
todos se sirven: el represor (exorcizados de connotaciones), tomado
desde la
más legal hasta la más aberrante de sus acepciones. ¿O niega usted que
día a día sin recordarlo todos pagamos y nos servimos de la tarea que,
por ejemplo, el carcelero o el enfermero psiquiátrico ejecutan? Su
misión es mantener lejos de nuestra vida a los " inadaptados", cuidando
que no se escapen de ese zoológico humano de aberraciones y culpas
(familiares/sociales) que constituyen una cárcel o las colonias de
enajenados. Luego nos golpearemos el
pecho cuando alguno de sus actos no nos agrade, pero será en algún caso
extremo, cuando trascienda por el diario. En lo policial, viviremos
pacíficamente sin que las molestas noticias sobre indeseables, que nos
apuramos en recomendar detener, disturben nuestro sueño. Siempre que
algún titular no obligue a satisfacer los principios "pour le gallery"
vociferados y entonces recitaremos sobre los derechos humanos
"tradicionalmente respetados" en nuestro país.
No reclamo una autocrítica gratificante, ni considerar inocente
o justificar al represor excedido, sino apenas entender por qué sucede
lo que sucede con seres humanos surgidos del mismo polvo (o similares)
que los demás, comprobando otra vez aquello de que nunca somos nosotros
en puridad sino que el hombre se da siempre en situación, condicionado
por ésta pero nunca determinado. Siempre tendrá la opción de elegir (aun
en dictadura): el problema es saber si está dispuesto a pagar el costo
por hacerlo.
Al decir de Mario Benedetti, entre sones de Pablo Milanés, uno no
siempre hace lo que quiere pero no está obligado a hacer lo que no
quiere. Son macanas que los hombres no lloran, aquí lloramos todos.
¿Cómo pretendemos que se deba sentir alguien empleado en dichas
"tareas sucias" cuando, posteriormente, se percibe como una presencia
molesta para la misma sociedad que se las encargó?. Nunca podrá sentirse
menos que utilizado y trampeado por la sociedad cuando actuó de acuerdo
con
la ley, o engañado (quizás por sus superiores) en el caso de excesos
ordenados
(por haberle convencido que eso era lo que reclamaba el "cuerpo social"
para liberarse de "partes enfermas"). ¿Cree usted acaso que nuestros
países evitarán las consecuencias violentas que sobre la vida de estos
hombres tendrá la metabolización de tanta violencia concentrada
metódicamente en su rutina? ¿Podrán indefinidamente seguir siendo
excelentes padres y abuelos, hijos y nietos, esposos o amantes, sin que
los fantasmas se filtren a la convivencia con su familia? Una de las
escenas finales de la "La Historia Oficial" en que el ex agente de los
servicios (encarnado por Héctor Alterio) aplasta los nudillos de su
esposa en la ficción (Norma Leandro), es patética demostración de que la
violencia subyace dormida como volcán a la espera del movimiento
telúrico que provoque la eclosión. Sólo falta la oportunidad
desencadenante o la mera acumulación de desequilibrio que el tiempo
imperdonador provocará, para que aquella violencia laboral aplicada
legalmente, por exceso aprobado o por "actitud vocacional", transforme
al "defensor del orden" en "enemigo público número uno".
No se trata de una profecía. No tenemos que esperar para que
ocurra. Ello sucede cada pocas semanas, con esposas e hijos/as de los
susodichos, si siguiéramos las páginas policiales.

No hay comentarios.: